2018-06-19

Imagen principal de la nota

El hombre de jengibre

La historia del Hombre de Jengibre (The gingerbread man) es un cuento perteneciente a la literatura infantil americana. Apareció por primera vez en la edición de mayo de 1875 del St. Nicholas Magazine (una popular revista mensual para niños) en la forma de un cuento acumulativo, formado por escenas repetitivas en las que interviene un conjunto creciente de personajes (al igual que ocurre en "La gallinita roja"). Existen muchas versiones de este cuento. La que reproducimos a continuación fue traducida y resumida de la publicada en el sitio American Literature. Las ilustraciones datan del año 1910 y pertenecen a Robert Gastón Herbert.

Para niñas y niños de todas las edades.

La cocinera moldea al hombre de jengibreHabía una vez una vieja cocinera que vivía en una pequeña cabaña junto al río. Un día, la cocinera entró en la cocina para hacer pan de jengibre. Tomó harina, agua, melaza y jengibre, los mezcló bien, luego agregó un poco de sal y algunas especias, y amasó una masa hermosa, lisa, de color amarillo oscuro.

Luego tomó unas latas cuadradas y las usó para cortar pasteles cuadrados para los niños pequeños. Con unas latas redondas, cortó pasteles redondos para las niñas, y luego dijo: “Haré un pequeño hombre de jengibre para el pequeño Bobby”. Entonces tomó un buen pedazo redondo de masa para hacer el cuerpo y uno pequeño para la cabeza. Estiró una parte del pedazo pequeño para hacer el cuello. Otros dos trozos formaron las piernas, con los pies y los dedos de los pies completos, y dos piezas aún más pequeñas se convirtieron en brazos, con pequeñas manos y pequeños dedos.

Pero el mayor empeño lo puso en la cabeza, porque la parte superior estaba cubierta por un sombrero azucarado; a cada lado había una pequeña oreja, y al frente, después moldear cuidadosamente la nariz, hizo una hermosa boca con pasas y dos ojillos brillantes con almendras tostadas y semillas de alcaravea.


Luego, el hombre de jengibre quedó listo para hornear, y era un hombrecillo muy alegre. De hecho, se veía tan astuto que la cocinera temía que tramara alguna travesura. Cuando la masa estuvo lista para el horno, puso al frente los pasteles cuadrados y los pasteles redondos, y luego colocó al pequeño hombre de jengibre en un rincón lejano, donde no pudiera escapar.

Mientras se cocinaba el pan, la cocinera fue a barrer el salón. Barrió y barrió hasta que el reloj dio las doce. Entonces dejó caer la escoba y a toda prisa corrió hacia la cocina y abrió la puerta del horno. Las tortas cuadradas estaban listas, duras y marrones, y los pasteles redondos estaban listos, duros y marrones, y el hombre de jengibre también estaba listo, duro y marrón. Estaba de pie en su rincón, con sus pequeños ojos chispeantes de semillas de comino, y su boca de pasas riendo con malicia, mientras esperaba que se abriera la puerta del horno. En el instante en que se abrió la puerta, con un salto, pasó directamente sobre los pasteles cuadrados y los pasteles redondos, y sobre el brazo de la cocinera, y corrió por la cocina tan rápido como podía con sus pequeñas piernas, hacia la puerta de atrás, que estaba abierta de par en par, y a través de la cual podía ver el sendero del jardín.

“Corran, corran tan rápidamente como puedan. ¡No podrán atraparme, soy el hombre de jengibre!”.

La vieja cocinera se dio la vuelta lo más rápido que pudo (lo que no fue muy rápido, porque era una mujer bastante grande) y vio que justo al otro lado de la puerta estaba el viejo gato Mouser, profundamente dormido bajo el sol.

Mouser y la cocinera persiguen al hombre de jengibre“¡Mouser, Mouser!”, gritó, “¡detén al hombre de jengibre! Lo necesito para el pequeño Bobby”. Cuando la cocinera llamó por primera vez, Mouser pensó que era sólo alguien llamando en sus sueños, y simplemente se dio la vuelta perezosamente. La cocinera volvió a llamar, “¡Mouser, Mouser!”. El viejo gato dio un salto, pero justo cuando se volvía para preguntarle a la cocinera de qué se trataba todo ese ruido, el pequeño hombre de jengibre saltó hábilmente bajo su cola, y en un instante estaba trotando por el jardín. Mouser se dio prisa y corrió tras él, aunque todavía estaba demasiado adormilado para saber qué era lo que intentaba atrapar. Después del gato apareció la cocinera, que caminaba con paso firme.

Al final del camino, acostado al sol contra las cálidas piedras de la pared del jardín, estaba Towser, el perro. Y la cocinera gritó: “¡Towser, Towser, detén al hombre de jengibre! Lo necesito para el pequeño Bobby”. Cuando Towser escuchó por primera vez su llamada pensó que era alguien que hablaba en sus sueños, y sólo se dio vuelta de lado, con otro ronquido. Luego la cocinera volvió a llamar: “¡Towser, Towser, detenlo, detenlo!”.

Entonces el perro se despertó con seriedad y se levantó de un salto para ver qué era lo que debía detener. Pero justo cuando el perro saltó, el pequeño hombre de jengibre, que había estado esperando la oportunidad, se deslizó silenciosamente entre sus piernas, y trepó a la parte superior de la pared de piedra. Towser no vio nada más que el gato corriendo hacia él por el camino, y detrás del gato, la cocinera, ya sin aliento.

“Corran, corran tan rápidamente como puedan. ¡No podrán atraparme, soy el hombre de jengibre!”.

Pensó de inmediato que el gato debía haber robado algo, y que era el gato lo que la cocinera quería que detuviera. Si había algo que le gustaba a Towser, era ir tras el gato, así que saltó por el camino tan ferozmente que el pobre gato no tuvo tiempo para detenerse o apartarse de su camino, y se trenzaron en una maraña de ladridos, maullidos, aullidos, rasguños y mordiscos.

La vieja cocinera venía corriendo tan fuertemente que no pudo detenerse, y cayó justo encima del perro y el gato, de modo que los tres quedaron apilados sobre el camino. Y el gato arañó lo que tuvo más cerca, ya fuera la piel del perro o de la cocinera, y el perro mordió lo que tuvo más próximo, ya fuera la piel del gato o de la cocinera, de modo que la pobre cocinera estaba lastimada en todos lados.



Mientras tanto, el hombre de jengibre se había subido a la pared del jardín y se paraba en la parte superior con las manos en los bolsillos, mirando la escaramuza y riendo, hasta que las lágrimas corrieron por sus pequeños ojos de semilla de alcaravea, y su boca de pasas sonreía con toda diversión.

“Corran, corran tan rápidamente como puedan. ¡No podrán atraparme, soy el hombre de jengibre!”.

Después de un rato, el gato logró salir de debajo de la cocinera y del perro; se encontraba muy abatido y arrugado. Se había hartado de cazar hombres de jengibre, por lo que regresó a la cocina para reparar los daños.

El perro, que estaba muy enojado porque tenía la cara muy rayada, soltó a la cocinera, y por fin, al ver al hombre de jengibre, corrió hacia la pared del jardín. La cocinera se levantó, y aunque su cara también estaba muy rayada y su vestido se encontraba roto, estaba decidida a ver el final de la persecución, por lo que siguió al perro, aunque esta vez más lentamente.


Cuando el hombre de jengibre vio que venía el perro, saltó al otro lado de la pared y comenzó a correr por el campo. Ahora en el medio del campo había un árbol, y al pie del árbol yacía Jocko, el mono. No estaba dormido (los monos nunca lo están) y cuando vio al hombrecillo corriendo por el campo y oyó a la cocinera gritar: “¡Jocko, Jocko, detén al hombre de jengibre!”, de inmediato dio un gran salto. Pero saltó tan rápido y tan lejos que pasó directamente sobre el hombre de jengibre y, por pura suerte, bajó sobre la espalda de Towser, el perro, que acababa de trepar por la pared, y al que no había visto antes. Towser naturalmente fue tomado por sorpresa, pero giró su cabeza y rápidamente mordió el extremo de la cola del mono, y Jocko rápidamente saltó de nuevo, parloteando de indignación.

Jocko intenta atrapar al hombre de jengibreMientras tanto, el hombre de jengibre había llegado al fondo del árbol, y se decía a sí mismo: “Sé que el perro no puede trepar a un árbol, y no creo que la vieja cocinera pueda trepar a un árbol; en cuanto al mono, no estoy seguro, porque nunca había visto uno, así que seguiré subiendo”. Entonces trepó mano sobre mano hasta que llegó a la rama más alta.

“Trepen, trepen tan alto como puedan. ¡No podrán atraparme, soy el hombre de jengibre!”.

Pero el mono había saltado como un resorte a la rama más baja, y en un instante también estaba en la cima del árbol. El hombre de jengibre se arrastró hasta el extremo más alejado de la rama y se colgó de una mano, pero el mono se balanceó bajo la rama y, estirando su largo brazo, atrapó al hombre de jengibre y lo sostuvo en alto. El mono se veía tan hambriento que la pequeña boca de pasas comenzó a arrugarse en las esquinas, y los ojos de semillas de alcaravea se llenaron de lágrimas.

Y entonces, ¿qué crees que pasó? El pequeño Bobby llegó corriendo. Había estado tomando su siesta de mediodía, y en sus sueños parecía como si siguiera escuchando a la gente llamar “¡Pequeño Bobby, pequeño Bobby!”. Hasta que finalmente se levantó de un brinco y estaba tan seguro de que alguien llamaba que corrió escaleras abajo, sin siquiera esperar para ponerse los zapatos.

Cuando bajó, pudo ver a través de la ventana, en el campo más allá del jardín, a la cocinera, al perro y al mono, y hasta pudo oír los ladridos de Towser y el parloteo de Jocko. Corrió por el camino, con sus pequeños pies descalzos golpeando la cálida gravilla. Trepó por la pared y en unos pocos segundos llegó hasta debajo del árbol, justo cuando Jocko sostenía al pobre hombrecillo de jengibre.

“¡Suéltalo, Jocko!”, exclamó Bobby, y Jocko así lo hizo, porque siempre tenía que hacerle caso a Bobby. Lo dejó caer tan derecho que el hombre de jengibre cayó directamente en el delantal levantado de Bobby. Entonces Bobby lo levantó y lo miró, y la pequeña boca de pasas se arrugó más que nunca, y las lágrimas corrieron directamente por los ojos de semillas de alcaravea.



Pero Bobby estaba demasiado hambriento como para pensar en las lágrimas de pan de jengibre. Dio un gran mordisco y se tragó las dos piernas y una parte del cuerpo.
El pequeño Bobby se comió al hombre de jengibre
“¡Oh!”, dijo el hombre de jengibre, “¡sólo quedan dos tercios de mí!”.

Bobby dio un segundo mordisco y se tragó el resto del cuerpo y los brazos.

“¡Oh!”, dijo el hombre de pan de jengibre, “¡sólo queda un tercio de mí!”.

Bobby le dio un tercer mordisco y se tragó la cabeza.

“¡Oh!”, dijo el hombre de pan de jengibre, “¡he desaparecido!”.

Así fue, y ése es el final de la historia.




También te puede interesar: