2011-05-20

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Vicisitudes de chiquilín, parte II: Los miedos de Beto

Esta es la segunda parte de la serie “Vicisitudes de chiquilín”. En la primera parte (“El mundo de Beto”), Beto se presenta y nos describe su entorno con su particular forma de ver las cosas.

Antes, cuando era chiquito, le tenía miedo a los truenos. Y a la oscuridad. Pero ahora no les tengo más miedo. Ahora, cuando hay tormenta a la noche, me quedo en mi cama. No me voy más a la cama de Mami y Papi. Es que me tengo que quedar a cuidarlo a Tongui. Él sí es chiquito, entonces le tiene miedo a los truenos.

El otro día hubo una tormenta con muchos truenos. Y relámpagos. Yo me levanté y miré la cuna de Tonguis, y estaba re-dormido. Entonces, como Tonguis no estaba asustado, me fui a la cama de Mami. Pero fui por que a ella le dan miedo los truenos, entonces yo tenía que cuidarla. Papi estaba dormido igual que Tongui, así que el único que quedaba para cuidarla era yo.

Me acosté en el medio de Papi y Mami, y enseguida terminaron los truenos y nos quedamos dormidos. Al rato hubo un ruido terrible, y yo me desperté con un susto bárbaro. Mami también se despertó y encendió la luz. Papi no estaba. Bah, estaba, pero no estaba en la cama. Estaba durmiendo en el suelo. No sé por qué.


2011-05-05

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“Leer les agrandará, chicos, el deseo, y el horizonte de la vida” (Ernesto Sábato, 1911-2011)

Si buscamos en Internet la biografía de Ernesto Sábato, encontraremos miles de páginas llenas de información acerca de dónde nació, qué estudió, dónde vivió, qué hizo, de qué trabajó, etc. Con esta información podremos hacer prolijos resúmenes de no más de una página que seguramente serán bien calificados por la profe de literatura. Pero si nos contagiamos un poco del espíritu inquieto de este científico/artista, quizás nos animemos a intentar algo diferente y trataremos de descubrir quién fue realmente Ernesto Sábato.

Quién diría que una persona que obtiene un doctorado en física y consigue una beca para investigar sobre radiaciones atómicas (nada menos que en el Laboratorio Curie de París), sería capaz de abandonar por completo las ciencias para dedicarse enteramente a la literatura y a la pintura. Y no fue en el ocaso de su vida cuando hizo este cambio tan drástico; tenía poco más de treinta años. Quién sabe, tal vez sintió que las verdades científicas poco ofrecían ya para descubrir, mientras que en el irracional mundo de las artes, la aventura del descubrimiento no terminaría jamás. “Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más”, dijo en una ocasión.