19 oct. 2010

Un cuento sobre la amistad, de Paulo Coelho

or una vez (que quizás no sea la primera ni la última) haremos una excepción a las dos premisas básicas de este blog: publicar cuentos infantiles originales. El cuento transcripto a continuación no es de nuestra autoría (pertenece a Paulo Coelho) y no es necesariamente un cuento infantil. Pero ésa es justamente la razón por la que hemos decidido incluirlo aquí, es decir, para que su mensaje enaltecedor de la amistad llegue a los más pequeños. Sin mas preámbulos, aquí va:

Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera. Al pasar cerca de un árbol enorme, cayó un rayo y los tres murieron fulminados. Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales.

La carretera era muy larga y colina arriba. El sol era muy intenso, y ellos estaban sudados y sedientos. En una curva del camino vieron un magnífico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló el siguiente diálogo:

–Buenos días.
–Buenos días –respondió el guardián.
–¿Cómo se llama este lugar tan bonito?
–Esto es el Cielo.
–Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos…
–Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera –y el guardián señaló la fuente.
–Pero mi caballo y mi perro también tienen sed…
–Lo siento mucho –dijo el guardián –pero aquí no se permite la entrada a los animales.

El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima sed, pero no pensaba beber solo. Dio las gracias al guardián y siguió adelante. Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puerta vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles. A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero. Posiblemente dormía.

–Buenos días –dijo el caminante.

El hombre respondió con un gesto de la cabeza.

–Tenemos mucha sed, mi caballo, mi perro y yo.
–Hay una fuente entre aquellas rocas –dijo el hombre, indicando el lugar. –Pueden beber toda el agua que quieran.

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed. El caminante volvió atrás para dar gracias al hombre.

–Pueden volver siempre que lo deseen –le respondió éste.
–A propósito ¿cómo se llama este lugar? –preguntó el hombre.
–Cielo.
–¿El Cielo? Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo…
–Aquello no era el Cielo, era el Infierno –contestó el guardián.

El caminante quedó perplejo.

–Deberían prohibir que utilicen su nombre. Esta información falsa debe provocar grandes confusiones –advirtió el caminante.
–De ninguna manera –respondió el hombre. –En realidad, nos hacen un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.