14 may. 2010

La amistad es para siempre

Esta es la historia de Fernando, Lionel y Germán, tres amigos que un día juraron que su amistad duraría para siempre.

Para amigas y amigos de 6 años o más

Hace como treinta años, Fernando, Lionel y Germán eran compañeros de clase. Todos los días, a la salida del colegio, pasaban rápidamente por sus casas para cambiarse e inmediatamente después se encontraban en la plaza del barrio para jugar.

Al llegar a la plaza, comenzaba el ritual de todas las tardes:
–¿A qué jugamos? –preguntaba Lionel, quien era el mayor de los tres, y por eso asumía el rol de líder del grupo.
–¡Al metegolentra! –sugería invariablemente Fernando, el dueño de la pelota y, por lejos, el más futbolero.
–No, mejor a las escondidas –proponía Germán, quien a veces optaba por la mancha o un simple partido de payana.
–Juguemos un rato a la pelota y después a las escondidas –decidía finalmente Lionel.

Así pasaban las tardes, alternando entre distintos juegos en la plaza, hasta que venía la mamá de Fernando a buscarlo para tomar la leche; señal de que cada uno debía ir a su casa.


Una tarde, los tres estaban medio cansados como para jugar, entonces simplemente se sentaron en un banco de la plaza y se pusieron a charlar.

–Saben –tomó la posta Lionel–, ayer le pregunté a mi papá si él, cuando era chico, tenía un grupo de amigos como nosotros.
–¿Y qué te dijo? –preguntó Fernando.
–Me dijo que sí, que tenía muchos amigos, pero con el tiempo, cuando fueron creciendo, se dejaron de ver, por “las cosas de la vida”.
–¿Qué son “las cosas de la vida”?
–¡Qué sé yo! Son cosas que le pasan a la gente.

Los tres se quedaron un rato callados, preocupados, pensando.

–¡A nosotros no nos va a pasar eso! –dijo Germán, cortando el silencio– Tenemos que jurar que vamos a ser amigos para siempre.
–¡Dale! –se entusiasmó Fernando.
–Sí, pero mejor que jurar, escribámoslo en un papel y firmémoslo –ordenó Lionel–. Eso es lo que hacen los grandes.

Entonces entre los tres redactaron un contrato de amistad perpetua, lo escribieron en tres hojas igualitas y las firmaron. Cada uno se guardó una copia, atesorándola como símbolo de esa amistad perdurable.

Pero a pesar del entusiasmo inicial, esa amistad no pudo contra “las cosas de la vida” y Fernando, Lionel y Germán dejaron de verse. Hoy ya son hombres grandes, con sus trabajos, sus casas y sus familias.

El otro día, Lionel estaba poniendo orden en su casa, revolviendo cosas viejas, y por casualidad (aunque las casualidades no existen) encontró, todo arrugado y amarillento, el papel que, treinta años atrás, había firmado junto con Fernando y Germán. Él no es de los que se emocionan fácilmente, pero no pudo evitar que unas lágrimas cayeran de sus ojos. Resolvió inmediatamente que debía retomar el contacto con sus dos amigos de la infancia.

No tuvo que hacer mucho esfuerzo para encontrarlos; gracias a Internet y a las tecnologías modernas, un par de días después ya habían logrado ponerse en contacto. Y resolvieron hacer una cita para encontrarse después del trabajo en la plaza del barrio; la misma a la que solían ir después del colegio, hace como treinta años.


Claro que la plaza ya no es la misma. Antes estaba rodeada de árboles frondosos, y el sol se veía prácticamente desde el alba hasta el atardecer. Ahora está rodeada de edificios, y el sol sólo la ilumina entre las once y las tres de la tarde, más o menos. Antes había hamacas, calesita, tobogán, arenero y un pequeño potrero con un arco de fútbol. Hoy los juegos para chicos han sido reemplazados por los monumentos de un par de próceres, y el potrero cedió su lugar a una serie de canteros con delicados arreglos florales.

Sin dar importancia a todos esos cambios, Fernando, Lionel y Germán acudieron a la cita.

–¿A qué jugamos? –preguntó Lionel, con su voz gruesa de hombre grande.
–¡Al metegolentra! –sugirió Fernando.
–No, mejor a la mancha –propuso Germán.
–Empecemos por jugar a la pelota y después a la mancha –decidó Lionel.

Al terminar el ritual, los tres amigos se quedaron ahí, de pie, mirándose, observando cómo las canas prolijamente peinadas se transformaban en pelos alborotados y de colores intensos; cómo las arrugas desaparecían, al igual que las barbas y los bigotes; cómo los pantalones largos se volvían cortos, las camisas se transformaban en remeras algo sucias y arrugadas, y el maletín de Fernando, en pelota de fútbol.

Los edificios desaparecieron, viéndose reemplazados por árboles frondosos. El sol iluminó la plaza en todo su esplendor, y volvieron las hamacas, el tobogán, el arenero, la calesita y el potrero. Los tres amigos jugaron a todo lo que quisieron, hasta quedar completamente agotados.

De pronto se escuchó sonar un celular.

–Es Marisa –dijo Fernando–. Creo que ya me voy a tener que ir.

Sentados en el banco de la plaza, justo frente a los canteros con los arreglos florales, los tres hombres se quedaron un rato en silencio, contemplando los edificios de alrededor de la plaza.

–¿Mañana a la misma hora? –preguntó Lionel.
–¡Dale! –contestaron a coro sus dos eternos amigos.