13 nov. 2011

El camaleón, de Antón Chéjov


espués de haber visto la obra de Pitucones basada en este cuento del dramaturgo ruso Antón Chéjov, se me dio por conseguir el texto completo de “El camaleón” y de aprender un poco más sobre este escritor, quien hasta hace poco me era completamente desconocido.

Resulta curioso el hecho de que Chéjov se haya iniciado en la escritura por razones económicas (para ayudar a su familia, ya que el negocio de su padre había quebrado). Y con la idea de ganar dinero escribiendo, se dedicó a publicar cuentos cortos y a hacer caricaturas de la vida en Rusia, mientras estudiaba medicina. Cómo han cambiado las cosas... hoy, alguien que necesite una fuente rápida de recursos económicos, probablemente lo último que se le ocurriría es ganar dinero escribiendo cuentos cortos. Pero en fin, aquí va el cuento “El camaleón” (con el texto un poco aggiornado para que no suene tan a castellano antiguo):

Por la plaza del mercado pasaba el inspector de Policía Ochumelof, vistiendo su gabán nuevo. Detrás de él venía el alguacil, de pelo rojo e hirsuto.

Reinaba un silencio completo. En la plaza no había un alma. Las puertas abiertas de las tiendas y las tabernas parecían bocas de lobos hambrientos. Junto a ellas no se veían ni siquiera mendigos.

–¡Me muerdes, maldito! ¡Chicos, agárrenlo! ¡Está prohibido morder! ¡Agárralo! ¡Por aquí!

Se oyeron los aullidos de un perro. Ochumelof miró a su alrededor y vio que del depósito de maderas del comerciante Pickaguin se escapaba un perro, con una pata encogida.

Lo perseguía un hombre en mangas de camisa y chaleco desabrochado. El hombre corría a todo correr hasta que cayó al suelo, pero logró agarrar al perro por las patas traseras. Resonó un segundo aullido y varios gritos de: “¡No lo sueltes!”. Por las puertas asomaron caras somnolientas, y al cabo de unos minutos, una gran cantidad de gente se aglomeró delante del almacén.

–Seguro es un desorden, su excelencia –exclamó el alguacil.

Ochumelof dio una vuelta y se acercó al gentío. En el umbral de la puerta estaba un hombre en mangas de camisa, el cual, levantando el brazo, mostró su dedo ensangrentado a la muchedumbre. Su voz y su gesto aparecían triunfantes. Su dedo asemejaba una enseña victoriosa. Podía decirse que todo su rostro, y aun él mismo, querían expresar “Ya me las pagarás todas”.

Ochumelof reconoció al hombre. Era el joyero Hrinkin. En medio del círculo, temblando con todo su cuerpo, estaba sentado el culpable: un cachorro de galgo blanco, con el hocico en punta y una mancha amarilla en el lomo. Sus ojos expresaban terror.

–¿Qué ocurre? –interrogó Ochumelof, introduciéndose entre la gente–. ¿Qué pasa? ¿Quién grita? ¿Qué ocurre con el dedo?

–Verá usted –explicó Hrinkin–. Yo pasaba tranquilamente, sin meterme con nadie. Iba por el asunto de las maderas, y de repente salió este maldito animal y me mordió el dedo, sin que yo le diera motivo alguno. Dispénseme, excelencia, pero yo no soy más que un trabajador. Ejecuto trabajos minuciosos. Corresponde que se me indemnice. A buen seguro, yo no podré servirme de mi dedo en una semana entera. Ninguna ley puede obligarme a soportar los ataques de los animales. Como a todos les dé por morder, la vida será imposible.

–Hum... Está bien –dijo Ochumelof con severidad, tosiendo y frunciendo las cejas–. ¿De quién es este perro? Esto no quedará así. ¡Ya verán ustedes lo que resulta de dejar sueltos a los animales por las calles! Hora es de imponer una corrección a esos caballeros que no hacen caso de los reglamentos. Yo sabré clavar una buena multa al granuja que permitió que su perro anduviera errante. ¡Yo sabré arreglarlo! ¡Andirin –añadió volviéndose hacia el alguacil–, averigua de quién es el perro! ¡Habrá que matarlo inmediatamente! Este perro debe estar rabioso. ¿Me oyes? ¿De quién es el perro?

–Creo que es del general Gigalof –replicó una voz.

–¡Del general! Hum... Andirin, ayúdame a quitarme el abrigo. ¡Qué calor! ¡Habrá tormenta! No comprendo. ¿Cómo este cuadrúpedo ha podido morderte? Ni siquiera puede alcanzar a la altura del dedo. ¡Es chiquito y tú eres un hombretón! Te habrás arañado el dedo tú mismo con un clavo, y luego le echas la culpa al perro. ¡Te conozco, demonios, eres gentuza!

–Es que –dijo otra voz–, para divertirse él puso un cigarrillo encendido en el hocico del perro, el cual incurrió en la cólera de pegarle un mordisco. Este hombre es un buscapleitos. ¡Quítate de nuestra presencia!

–¡Mientes, jorobado! –reaccionó Hrinkin– ¿No lo viste por tus propios ojos? En tal caso, ¿a qué mentir? Su excelencia es un hombre de entendimiento y dilucidará quién es el embustero y quién dice la verdad, como si la dijera ante Dios. Y si le parece que soy un farsante, vayamos al Tribunal. Las leyes lo dicen: “Ahora todos son iguales”. Además, si quieres saberlo, tengo un hermano que es gendarme.

–¡Cállate!

–No, este perro no es del general –dijo con aire convencido el alguacil–. Los del general son diferentes; todos los suyos son de caza.

–¿Estás seguro?

–¡Completamente!

–¡Si yo mismo lo sé! El general tiene perros de valor, perros de raza, y éste no significa nada; carece de aspecto y de cualidades... ¡una porquería! Hay que ser muy idiota para poseer animales como éste. ¡Hace falta ser bruto! Si en Petersburgo o Moscú encontraran perro semejante, no andarían con contemplaciones. Lo matarían sin tardanza. Y tú, Hrinkin, que eres la víctima, no dejes las cosas así. ¡Lo verán! Es tiempo...

–Aunque tal vez sí sea del general –siguió pensando en voz alta el alguacil–. El otro día, en su jardín, vi uno como éste...

–Naturalmente que es del general –confirmó la voz del gentío.

–Hum... trae mi abrigo, amigo Andirin, hay viento. Siento como escalofríos. Llevarás el perro a la casa del general. Dirás que yo lo encontré y se lo mando. Aconsejarás que no lo dejen salir a la calle. Puede ser un animal costoso, y si cada imbécil le metiera cigarros en la nariz pudiera desgraciarse. ¡Los perros son delicados! ¡Y tú, bruto, baja tu mano! ¡No tienes nada que mostrar en tu dedo! Tú solo tienes la culpa...

–Aquí viene el cocinero del general. Podemos interrogarle. ¡Protor, oye, amigo! Ven por aquí, mira este perro: ¿es de ustedes?

–¿Quién te lo dijo? No tenemos semejantes animales.

–No continúes –interrumpió Ochumelof–. ¡Es vagabundo! ¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Ya dije yo que es vagabundo, y así es! ¡Matadlo inmediatamente!

–No es nuestro –prosigue el cocinero–, es del hermano de nuestro general, que llegó anteayer. Nuestro general no es aficionado a los galgos, pero su hermano, sí.

–¿Cómo? ¿El hermano del general ha llegado? –exclamó Ochumelof, mientras que toda su cara se inundaba de una sonrisa de felicidad–. ¡Dios mío! ¡Yo no lo sabía! ¿Habrá venido tal vez por una temporada?

–Sí...

–¡Dios mío! ¿Habrá echado de menos a su hermanito? ¿Cómo es que no me enteré antes de ello? ¿De modo que el perro es suyo? Me alegro mucho. Llévatelo. Un perrito hermoso, y vivo. ¡Ah, ah, ah! ¡Lo agarró a aquél del dedo! ¿Por qué tiemblas? ¡Estará enfadado! ¡Animalito!

Protor llamó al perro y se marchó. La multitud rió y se burló de Hrikin.

–¡Otra vez no te irás de rosas como ahora! –lo amenazó Ochumelof con la mano, mientras se abrochaba el abrigo y seguía su camino por la plaza del mercado.