8 may. 2010

Pedrito, el prestigioso prestidigitador

La historia de un aprendiz de mago que, al descubrir que puede hacer magia de verdad, aprende que los poderes deben usarse en forma responsable.

Recomendado para chicas y chicos de 5 años o más.

Pedrito soñaba con ser mago. Si hasta se había inventado un nombre artístico: “El gran Chow-fan” (él no sabía que chow-fan, en chino, significa arroz saltado, o algo así). En cada fiesta, cumpleaños o reunión familiar, Pedrito se aparecía con su galera de cotillón, su capa negra, un mantel también negro con el texto “El Gran Chow-fan” bordado por su mamá en letras blancas y doradas, y su caja de trucos, con la intención de deleitar a familiares y amigos con su acto de magia. El problema era que los familiares y amigos ya conocían de memoria los trucos del Gran Chow-fan; los cuales eran, por cierto, bastante fáciles de adivinar. El repertorio de trucos incluía a la copa con la bolita que desaparece, la varita mágica que se hace de goma, las cartas mágicas, y un par más de esos trucos que vienen en todos los juegos de magia para chicos.

Un día, en el cumpleaños de uno de sus compañeros de colegio, en medio del show de magia de Pedrito, uno de los chicos gritó: “¿No te sabés algún truco nuevo? ¡Ese ya sabemos cómo lo hacés!”. ¡Para qué! El pobre Pedrito se puso mal. Realmente se entristeció.

Esa noche estaba tirado en su cama, mirando el cielo estrellado, cuando de pronto vio pasar una estrella fugaz. “¿Y si pido un deseo?”, pensó. Él no creía en esas cosas, pero se dijo: “Total, ¿qué podría perder?”. Entonces le pidió a la estrella su máximo deseo: convertirse en un mago de verdad.

Unos días después, en una reunión familiar, le pidieron a Pedrito que hiciera algún truco, como para animarlo un poco, ya que seguía algo tristón. Y Pedrito empezó a hacer el ya conocido truco de la copa y la bolita que desaparece. El asunto fue que, esta vez, la bolita desapareció de verdad. Y no hubo forma de encontrarla.


Pedrito se sintió muy emocionado y (para qué negarlo) un poquito asustado también. Decidió probar con su otro truco: la varita que se hace de goma. Y la varita se hizo de goma de verdad, doblándose entre sus dedos como una cáscara de banana. “¡Epa! ¡Esa no me la esperaba!”, dijo Pedrito, realmente emocionado. Se entusiasmó y empezó a hacer toda clase de trucos: hizo salir conejos y palomas de adentro de una galera, adivinó cuanta carta sacaban del mazo los voluntarios del público, y mucho más. Sus familiares estaban admirados de la destreza del Gran Chow-fan; hasta que hizo desaparecer a su propia hermana y no hubo forma de hacerla aparecer.

Al terminar el truco, todos aplaudieron, pero al ver que Camila (la hermanita de Pedrito) no aparecía, empezaron a preocuparse. Y ni hablar de la angustia que le agarró a Pedro... Empezó a buscar por todos lados, y ni rastro había de su hermanita. Estaba sudando la gota gorda, cuando se le ocurrió agarrar la galera y la varita mágica, e intentar un truco para que Camila apareciese dentro del sombrero.

El truco le salió bien a Pedrito y su hermana apareció, pero el aprendiz de mago entendió que la magia de verdad no era para andar jugando. Por eso fue que, las noches siguientes, esperó hasta ver una estrella fugaz, y le pidió que le quitara los poderes mágicos. Así fue: Pedrito perdió su magia, pero no las ganas de ser mago. Entonces estudió para ser un verdadero prestidigitador y aprendió (e inventó) nuevos y geniales trucos con los que asombró no sólo a su familia y sus amigos, sino a miles de espectadores.