2014-05-23

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La tentación de la musa

Una historia sobre un escritor atormentado por la falta de inspiración. No es para chicos (principalmente por que se aburrirían).



Para lectoras y lectores de 13 años en adelante

Me pregunto qué puede ser peor que una historia que termina mal, con un final triste o trágico. Y me respondo con una simple verdad: peor es una historia inconclusa, a la que no se le ha encontrado un final. La historia trágica o triste al menos tiene un fin, una conclusión, un cierre. Ese fin puede ser el principio de otras historias, puede permitir el surgimiento de nuevas expectativas y esperanzas.

En cambio, la historia inconclusa sigue ahí. Siempre. Como una condena o un tormento, como una herida que no sana, como una espina que no se quita. Como una hoja escrita a medias. Así está la hoja que tengo en este momento delante de mí. No es una hoja de papel, es una hoja virtual, en la pantalla de la computadora, con un cursor titilante que espera incansable a que yo use mis palabras para darle a ese rectángulo blanco una razón de ser. Pero mis dedos descansan sobre el teclado sin animarse a articular el más mínimo conjunto coherente de letras.


¿Dónde están las musas cuando se las necesita? ¿Por qué no vienen a asistirme con ideas sorprendentes, como han hecho en otras ocasiones? ¿Acaso se han enojado conmigo y decidieron dejarme a la deriva, para disfrutar sádicamente viéndome imposibilitado de terminar una historia?

Mientras deliro con mis elucubraciones, escucho cómo la noche va de a poco apagando el frenesí de la ciudad. El aire denso de la cálida oscuridad veraniega se abre paso entre las cortinas de la única ventana de la habitación, dándome de lleno en la cara y arrancando de mi frente unas pesadas gotas de sudor que bailan ante la luz mortecina de un tubo fluorescente.

Me tapo la cara con las manos, como si en la oscuridad de mis palmas pudiera encontrar la inspiración que me está faltando. Mientras, veo por entre mis dedos que algo se mueve en la pantalla. Unas letras comienzan a escribirse solas en la hoja de papel virtual. “¿Qué te ocurre?”, preguntan las letras surgidas espontáneamente, sin que yo haya siquiera soplado sobre el teclado.

Lo leo y lo releo. “¿Qué te ocurre?”

Reviso el módem, pero todas sus luces están apagadas. No estoy conectado a internet, lo cual hace imposible que algún hacker se haya metido en mi máquina y me esté jugando una broma. Tal vez enloquecí o estoy alucinando, o ambas cosas. Como sea, decido seguir el juego, y utilizo el siguiente renglón en blanco para escribir mi respuesta, como si estuviera en una sala de chat.

–Nada, sólo estoy falto de inspiración –tipeo.

Mi interlocutor inexistente formula otra pregunta, escribiéndola en la línea que sigue a mi respuesta.

–¿Y nos culpas a nosotras, las musas?

Espero unos instantes antes de emitir mi nueva respuesta, ya que quiero pensar bien lo que voy a escribir.

–OK... ¿o sea que estoy hablando con una musa? ¿Con cuál de las nueve, si se puede saber? Ya que estamos, ¿me puedes explicar por qué me han abandonado, por qué no me traen más ideas?

Es evidente que con ese comentario la hice enojar, por que la presunta musa comienza a escribir y no se detiene por un largo rato. No me sorprende que las musas sean mujeres...

–Mira, tesoro –no sé quién le dio tanta confianza a esta musa, pero en fin, la dejo que siga–, no estamos enojadas. Simplemente estamos cansadas. Ya te hemos traído montones de ideas, susurrándotelas al oído, introduciéndolas en tus sueños. Hemos tomado forma humana para poder influir más en tu vida. Te enseñamos cosas que no sabías, te llevamos a lugares a los que jamás hubieses ido por tu cuenta. ¿Y tú qué has hecho? Con cada idea o experiencia que te traíamos, empezabas una historia. Nos encantaba ver cómo te entusiasmabas con nuestros obsequios, y nos fascinaban las historias que iniciabas. Así que imagínate nuestra decepción cuando veíamos que esas historias quedaban truncas. Al primer obstáculo, ¡paf! descartabas la historia y te olvidabas del tema. Y mira que la gente te decía: “oye, ¿qué pasa con tal personaje? ¿cuándo seguirás ese cuento?” Pero tú, ¡nada! Inmutable. No le agregabas ni una línea. Y lo peor es que querías más, más ideas, nuevas ideas.

–Pero, ¿y qué se supone que debía hacer?

–¿De verdad me lo estás preguntando? ¿Qué debías hacer? ¡Trabajar, hombre! ¿Qué piensas, que esto es un juego? ¿Quieres ser escritor? ¡Escribe, haragán! ¡Transpira! Nosotras no te vamos a estar dictando todo para que tú lo escribas. Eso lo hace cualquiera. Lo que no hace cualquiera, y que se supone que tú sabes hacer, es transformar. Transformar las ideas en hechos, los nudos en desenlaces. Si no, las ideas se desperdician. Es como todo, la energía se tiene que transformar en acciones; el deseo, en satisfacciones; las promesas, en cumplimientos; los sueños, en realidades. Todo se tiene que transformar, si no se pudre, se deteriora, desaparece.

Las letras aparecen en la pantalla con una rapidez que avergonzaría al tipista más veloz. Y su velocidad sigue en aumento, reflejando un creciente ímpetu en las expresiones.

–Te has hecho adicto a las emociones que te fuimos trayendo –sigue escribiendo la musa–, a nuestras visitas, a los entusiasmos fugaces. Te visitamos en sueños para que al despertar tuvieras en tu mente ideas geniales. ¿Recuerdas cómo tuviste la idea para esa novela sobre las brujas? Menudo trabajo tuvimos que hacer para recrear un verdadero aquelarre en tus espacios oníricos. ¿Y qué pasó? ¡La dejaste inconclusa! ¡Sigue ahí, avejentándose, pudriéndose en lo más profundo de tu mente!

Comienzan a brotar lágrimas de mis ojos. Esta musa impertinente me está haciendo ver algo que no quería ver. Luego de secarme las lágrimas, como si me avergonzara que la supuesta diosa inspiradora pueda ver mi llanto, intento explicar mi situación. Casi enojado, justifico mi conducta.

–Me hice adicto por que las ideas que me trajeron me permitieron huir de la realidad, de una realidad que no me agradaba. Me abrieron la puerta a un mundo nuevo, desconocido, en donde podía dar rienda suelta a mis fantasías. Es como dijo Artaud: “Cualquiera que haya pintado, escrito, esculpido o construido lo ha hecho sólo para escapar del infierno”. Sus ideas me permitieron escapar del infierno de la monotonía, de una vida chata y vacía. Cuando comencé a escribir esas historias, comencé a soñar. Me sentí libre. Y si no las termino es por que, inconscientemente, no quiero que terminen. Soy como el alcohólico que le echa agua al poco vino que le queda en el vaso, para hacerlo durar un poco más.

Transcurre un rato antes de que mi interlocutora retome la conversación. Es evidente que logré conmoverla.

–Te comprendo –escribe al rato la musa–. Parte de la culpa es nuestra. Al fin y al cabo, nosotras te dimos la droga a la que te has hecho adicto. Pero si me lo permites, puedo dar alivio a tu tormento.

–¿Cómo es eso?

–Permíteme terminar una de tus historias.

Instintivamente hago un gesto de desconcierto, como si la musa pudiera verme. Quizás pueda.

–¿Y cómo eso podría aliviarme? –le escribo.

–Cuando veas tu historia terminada, te sentirás feliz. Feliz de haber concretado algo importante. Y lo principal es que las ideas que te daré serán sólo tuyas y de nadie más.

–Muy bien. ¿Qué tengo que hacer?

–Casi nada –contesta la musa, y apenas termina de aparecer su respuesta, una página se abre en la pantalla. Es una de esas molestas páginas emergentes que habitualmente bloquean los navegadores de internet. Es curioso que ésta no haya sido bloqueada... pero, ¿por qué habría de sorprenderme? Al fin y al cabo, estoy chateando con una diosa griega, un ser mitológico, a través de una computadora desconectada de toda red.

Miro la página desplegada en la pantalla. Parece ser un contrato. Al pie, dos botones: “Aceptar” y “Rechazar”.

Leo las claúsulas del contrato sin prestarles demasiada atención, al igual que cuando acepto las condiciones de uso de algún software que acabo de instalar. De todos modos, con leer unas pocas líneas del contrato electrónico me alcanza para saber de qué se trata. Debería haberlo imaginado. En algún momento, cuando me propuse triunfar como escritor, estuve dispuesto a darlo todo a cambio. Incluso mi alma. Y aquí está la respuesta a mi pedido: mi alma a cambio de una novela exitosa. Quién lo hubiera dicho... terminar como un mediocre Fausto capaz de entregar su alma para obtener un poco de inspiración. Ni me molesto en pensarlo dos veces. Al fin y al cabo, muchas veces estuve dispuesto a vender mi alma por mucho menos, y a estas alturas no creo que valga demasaido. Hago clic en “Aceptar” y la transacción queda finalizada. El contrato desaparece y mi diálogo con la musa vuelve al primer plano.

–¿Estás listo para recibir lo que acabas de comprar? –pregunta ella.

–Absolutamente.

–Entonces abre la novela que quieras terminar, que entre los dos le daremos fin.

No lo dudo. La elegida es “La séptima bruja”. Abro el archivo, la releo rápidamente hasta llegar al último punto y aparte, y dejo descansar mis dedos sobre el teclado. En cuestión de segundos, éstos comienzan a teclear desenfrenadamente, plasmando en el texto ideas que salen de mi mente y que siempre estuvieron allí, pero yo no supe acceder a ellas, o no hurgué en el rincón adecuado para encontrarlas.


La trama cobra un giro inesperado y magistral. Los personajes evolucionan, se vuelven complejos, cobran múltiples dimensiones. La historia se torna diabólicamente atrapante, hasta llegar a un final terrible y grandioso. Propio de las máximas tragedias de la literatura universal.

Luego de tipear durante horas, mis dedos vuelven a descansar sobre el teclado. Las luces del alba comienzan a reemplazar a la semipenumbra de la habitación. Estoy exhausto, llorando a mares por la emoción de haber concluido la que sin dudas será una obra maestra.

–¿Y? ¿Te sientes feliz o no? –pregunta la musa–. Te garantizo que muchas editoriales renombradas están en este mismo momento peleándose por contratarte, por publicar tu obra.

–Siento una especie de satisfacción, pero no sé si describirla como felicidad.

–Felicidad, satisfacción... es sólo cuestión de puntos de vista.

–No lo sé, pero presiento que esta satisfacción, o felicidad si prefieres, será efímera. Presiento que pronto se disipará, y otra vez te estaré llamando para que me traigas más ideas. Sólo que sé que no vendrás, por que no tendré nada para ofrecerte a cambio.

–Tal vez. Tal vez tu amigo Artaud se equivocó, y escribir, pintar, esculpir o construir no es la forma de escapar del infierno, sino el camino para llegar a él. Tal vez...

Un furioso rodillazo en el botón “Reset” de la computadora pone fin a la cháchara de ese demonio disfrazado de musa, o esa musa disfrazada de demonio. En este momento siento desprecio por él o ella, pero sé que en el futuro estaré pidiendo a gritos que vuelva. Caeré en las súplicas más humillantes para rogarle que me traiga una idea, cualquier idea.

Pero sé que mis súplicas serán inútiles. Ya obtuvo mi alma, ¿qué más podría querer de mí?

Puedo ver mi futuro como si estuviera filmado en una película. Me espera el éxito. La fama. Mi novela será un best-seller y pasará al cine. Recorreré el mundo. Mi nombre estará junto al de los grandes. Pero querrán más. Las editoriales me harán firmar contratos redactados por los mismísimos abogados del diablo. Y no lograré dar forma a una idea, ni la más elemental y trillada idea, así que mi obra será un total desperdicio de papel. Caeré en desgracia, me volveré adicto al alcohol o a algún otro vicio, y seguramente moriré en la miseria. Ya está escrito, ¿cómo luchar contra ese destino?

Quién sabe cuántos autores han adquirido genialidad, han inmortalizado sus obras, a cambio de entregar sus almas. Pero es comprensible. Al fin y al cabo, no sé qué es más triste: vivir una vida común, llena de historias inconclusas, o pagar con la condenación eterna para inmortalizar una única y genial novela.


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