6 jul. 2014

La pulga y el fideo (un cuento de fútbol)

La vida es eso que pasa mientras miramos la pantalla del celular. Ese aparatito endemoniado roba nuestra atención, impidiéndonos mirar a otras personas a los ojos y haciéndonos pasar por alto las cosas más importantes. Eso es justo lo que le pasó a Jose, el protagonista de esta historia.

Para chicas y chicos de 6 años en adelante.

Usando el celular en la escuelaJose (en realidad se llamaba José María, pero todos le decían Jose, sin el acento en la e) vivía pendiente de lo que ocurría en la pantallita de su celular. Desde que le regalaron ese smartphone lo llevaba con él a todos lados. Las charlas con sus amigos se llevaban a cabo por Whatsapp, aunque estuvieran a medio metro de distancia uno de otro. Se habían vuelto inseparables, Jose y su celu. Pero, cuando entraba a clases, estaba obligado a apagarlo y a guardarlo. Si no, la profe se lo quitaba y no se lo devolvía hasta la hora de salida (ya le había ocurrido unas cuantas veces).

Un día, saliendo del colegio, Jose iba caminando a su casa como todos los días. Y, también como todos los días, su vista no estaba fija en el camino como debía ser, si no que estaba fija en la pantalla de su celu, por la que pasaban videos, fotos de sus amigos, publicaciones de Facebook y demás. En cada calle que cruzaba, algún ciclista, motociclista o automovilista le gritaba alguna grosería como para llamarle la atención y que mirara por dónde camina, "que te van a levantar por el aire, abombado", le gritaban.

Pero a Jose no le importaba nada y seguía con su vicio. Hasta esa ocasión en que se perdió de vivir algo que podría haber sido la anécdota de su vida, de esas que las contás y nadie te las cree, pero que vos tenés la satisfacción de saber que son pura verdad.

Resulta que había unos chicos jugando un picado en la misma calle por la que iba Jose. Los equipos estaban desparejos, así que, al verlo pasar caminando, le dijeron si no quería jugar. Pero Jose, aunque le gustaba jugar a la pelota, casi que ni contestó, y en cambio siguió mirando un video en su celu. De pronto un auto dobló la esquina. Era un auto lujoso, con los vidrios oscuros, impecable, último modelo. Todos los chicos gritaron "auto", menos uno, que tenía la pelota picando delante suyo y no podía esperar para clavarla en el ángulo imaginario de ese arco también imaginario. Le pegó una patada memorable, con tan mala suerte que la pelota salió dirigida como un misil contra el espejito lateral del auto, que se desencajó de su soporte y quedó colgando como un cuerpo sin vida.

El auto se detuvo en seco. Los chicos esperaron lo peor. Jose seguía mirando su celu sin enterarse de nada. Los chicos se preparaban para emprender una huída desesperada, cuando del auto bajaron dos caras conocidas. Muy conocidas, sólo que estaban con ropa "sport", en lugar de llevar la camiseta de la Selección. Eran Messi y Di María, La Pulga y El Fideo.

Messi y Di MaríaNo podía ser. Los chicos se acercaron despacio, con miedo de que la rotura del espejito redundara en una reprimenda general, pero con la necesidad de corroborar si esos dos eran realmente quienes parecían ser. Eran. No podía ser, pero eran. Angel se acercó al espejito y lo calzó de vuelta en su lugar. Después lo miró a Lionel y le dijo que estaba bien, que no se había roto. Iban a entrar de nuevo en el auto pero los chicos ya los habían rodeado, sin salir de su asombro. Uno de ellos le acercó la pelota tímidamente a Messi. Los dos cracks se miraron sonriendo, y se pusieron a jugar. Uno para cada equipo, obviamente, como si fuera un encuentro entre Barcelona y Real Madrid. Desplegaron toda su magia, poniendo pases a los pies como sólo ellos saben hacerlo, para que los autores de los goles fueran los chicos. Terminaron atajando y se comieron algunos goles, para demostrar que también son humanos.

Jose seguía caminando hacia su casa, la vista fija en su celular. No había terminado de cerrar la puerta de entrada a su casa, cuando vio en el Facebook de Edu, uno de sus amigos, una foto de Messi y Di María jugando un picado en una de las calles de su barrio. Jose sonrió. "Este Edu", pensó, "es un genio del Photoshop".