14 nov. 2010

¡No quiero ir más a la escuela!

Miguelito sufría cada mañana cuando tenía que levantarse para ir al colegio. No le gustaba ni un poquito salir de la cama para ponerse el guardapolvo, agarrar la mochila, ir a tomar el colectivo... ¡qué tortura! Y su pobre madre renegaba...

–Miguelito, ¿por qué no querés ir al cole?
–No me gusta, Ma. Me aburro, me duermo, no les entiendo a las maestras... ¿por qué tengo que seguir yendo?
–¡Por que si no vas al colegio y estudiás, vas a ser un burro toda tu vida!

Tras esa frase, Miguelito no tenía más remedio que lavarse la cara, cambiarse de ropa y salir, una vez más, rumbo a la escuela.

Y así todos los santos días. Hasta que un día, la mamá de Miguelito se cansó.

–Está bien, Miguelito. No querés ir al cole, no vayas. Y chau.

Miguelito se quedó entre sorprendido, contento y preocupado. No ir más al colegio era lo que él más quería, y su mamá le había dicho que hiciera justamente eso. Tenía que haber alguna trampa por algún lado...

Pero decidió arriesgarse. Era muy atractiva la oferta de su mamá como para no aceptarla.

Miguelito empezó entonces a faltar al colegio. El despertador ya no sonaba por las mañanas interrumpiéndole sus sueños. Su mamá ya no renegaba para que se vista, se arregle y se vaya al cole con esa pesadísima mochila.

Al principio, su nueva vida de no-colegio le pareció fascinante. Eran unas eternas vacaciones. Pero con el correr de los días, se dio cuenta de que algo le faltaba. Claro, sus amigos. Todos iban al colegio menos él, entonces no tenía con quién jugar, ni siquiera tenía a quién llamar para charlar. Pero no le importó. Al fin y al cabo podía seguir viéndolos después de clases.

Y así fue. Miguelito comenzó a encontrarse con sus amigos en la plaza o en la casa de de alguno todos los días después del colegio. Y se reía viendo cómo los demás estaban cansados de tanto estudiar, mientras él, simplemente, no hacía nada.

Pero los encuentros con sus amigos no eran como antes. Ahora todos hablaban de cosas que habían aprendido en el cole y que él no sabía. Países de los que nunca había oído hablar, planetas con nombres extraños, palabras raras... y lo más grave fue que, cuando jugaban a las cartas, siempre perdía por que los otros chicos eran más rápidos haciendo cuentas.

Así fue como Miguelito se dio cuenta de que no estaba tan bueno faltar al colegio. No sólo por que se estaba volviendo un burro (tal como le había dicho su mamá), sino por que se estaba apartando inevitablemente de sus amigos.

–Ma, ¿puedo empezar a ir otra vez al cole? –dijo, afligido, a su madre.

La mamá le sonrió con ternura y empezó a prepararle la mochila para el día siguiente.

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