31/3/2014

La lechera, fábula de Samaniego

Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte:
¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!

Por que no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento.
Marchaba sola la feliz lechera,
y decía entre sí de esta manera:

"Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
merodeen cantando el pío, pío"

"Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino;
tanto que puede ser que yo consiga
ver como se le arrastra la barriga"

"Llevarélo al mercado:
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña".

Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.

¡Oh loca fantasía!,
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría;
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre tu cantarilla la esperanza.

No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna;
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro:
mira que ni el presente está seguro.



Para los interesados, también hay una presunta versión de Esopo de esta fábula, aunque dado que la obra de Esopo llega a nosotros a través de otros autores que recopilaron su obra (entre ellos el propio Samaniego), no hay certeza que el relato original de la lechera haya sido obra del fabulista griego.

29/3/2014

El pequeño rey zaparrastroso, de Eduardo Galeano

Eduardo Galeano
Tarde a tarde, lo veían. Lejos de los demás, el gurí se sentaba a la sombra de la enramada, con la espalda contra el tronco de un árbol y la cabeza gacha. Los dedos de su mano derecha le bailaban bajo el mentón, baila que te baila como si él estuviera rascándose el pecho con alevosa alegría, y al mismo tiempo su mano izquierda, suspendida en el aire, se abría y se cerraba en pulsaciones rápidas. Los demás le habían aceptado, sin preguntas, la costumbre.

El  perro se sentaba, sobre las patas de atrás, a su lado. Ahí se quedaban hasta que caía la noche. El perro paraba las orejas y el guri, con el ceño fruncido por detrás de la cortina del pelo sin color, les daba libertad a sus dedos para que se movieran en el aire. Los dedos estaban libres y vivos, vibrándole a la altura del pecho, y de las puntas de los dedos nacía el rumor del viento entre las ramas de los eucaliptos y el repiqueteo de la lluvia sobre los techos, nacían las voces de las lavanderas en el río y el aleteo estrepitoso de los pájaros que se abalanzaban, al mediodía, con los picos abiertos por la sed. A veces a los dedos les brotaba, de puro entusiasmo, un galope de caballos: los caballos venían galopando por la tierra, el trueno de los cascos sobre las colinas, y los dedos se enloquecían para celebrarlo. El aire oía a hinojos y a cedrones.

Un día le regalaron, los demás, una guitarra. El gurí acarició la madera de la caja, lustrosa y linda de tocar, y las seis cuerdas a lo largo del diapasón.

La probó, la guitarra sonaba bien. Y él pensó: qué suerte. Pensó: ahora, tengo dos.

- Eduardo Galeano

26/3/2014

Por que sí

La otra vez le pregunté a mi mamá por qué el cielo es negro de noche.
Ella, que sabe de todo, me explicó que la Tierra le da la espalda al Sol durante la noche para taparlo y que no ilumine al cielo. Entonces el cielo se queda negro, así podemos dormir mejor y ver a las estrellas.
Le entendí perfecto. Pero me surgió otro par de preguntas: ¿no es mala educación darle la espalda a alguien? ¿Acaso la Tierra es una maleducada por que le da la espalda al Sol?
Mamá me explicó que la tierra baila alrededor del Sol, girando siempre. Y cuando uno baila, ocasionalmente le da la espalda a su pareja, para después darse vuelta y mirarla a los ojos. Y eso no es mala educación.
Me quedé pensando… además de la Tierra, me enseñaron que hay otros planetas que dan vueltas al Sol. ¿Todos esos planetas bailan con el Sol igual que la Tierra?
Mamá me dijo que sí, que todos bailan. Igual que en el jardín, cuando los nenes bailamos en ronda alrededor de la Seño.

El otro día en el jardín me puse a dar vueltas alrededor de la Seño y le dije: “soy un planeta y vos sos el sol. Te doy la espalda un ratito, pero no es por mala educación”.
La seño me preguntó que si soy un planeta, ¿por qué doy vueltas tan rápido?
Yo le contesté: “por que sí”.
¿Para qué andar dando tanta explicación?

14/3/2014

Manuel, el contador de estrellas

No, no se confundan, Manuel no es el que le lleva los libros contables a las estrellas de cine. Es un chico como todos, que tiene el deseo de saber cuántas estrellas hay en el cielo.

Las noches tranquilas, fresquitas, sin nubes, Manuel sale al balcón de su casa en quinto piso por ascensor (después de lavarse los dientes) y mira al cielo. Bueno, al pedacito de cielo que le dejan ver los edificios vecinos. Y cuenta las estrellas.

“Una, dos, tres, cuatro… cincuenta y siete. Sí señor, las estrellas del cielo siguen siendo cincuenta y siete”.

Manuel las tiene dibujadas en un mapa del cielo que hizo él solito. Algunas son más grandes, más brillantes, y otras más apagadas. Y siempre están en el mismo lugar. Las cincuenta y siete.

Las vacaciones pasadas Manuel fue a acampar con su mamá, su papá y sus hermanos. A la noche, antes de irse a dormir a la carpa, Manuel miró al cielo. Era un cielo distinto del que veía desde su balcón, parecía blanco de tantas estrellas que había. “Uy, cuánto trabajo que voy a tener”, pensó. Ni lerdo ni perezoso, agarró linterna, lápiz y bloc de notas, buscó un lugar cómodo donde sentarse y comenzó a contar las estrellas y a dibujarlas en un nuevo mapa estelar.


“Una, dos, tres, cuatro… cincuenta y ocho… setenta y cuatro… ¡epa, si se mueven tanto no las voy a poder contar!” Esas estrellas sabandijas habían comenzado a bailar y a agruparse para formar dibujos en el cielo. Cabras, toros, leones, peces… los dibujos bajaron del cielo y se sentaron al lado de Manuel, y le contaron historias de dioses y pueblos antiguos. Manuel no entendió ni jota, pero le gustaban esas historias, y esos animales raros que hablaban, dibujados por estrellas… lástima, todos se fueron de vuelta al cielo cuando la mamá de Manuel llegó para abrigarlo con una manta y llevarlo a la carpa a dormir.

Después de las vacaciones, de vuelta en su casa en quinto piso por ascensor, Manuel salió al balcón a mirar el cielo (después de lavarse los dientes). Ahí estaban las cincuenta y siete estrellas de siempre. “Mamá, ¿por qué estas estrellas no bailan ni cuentan historias?”. “¿Qué, Manu?” se escuchó desde la cocina. “Nada, Ma”. Manuel se encogió de hombros y se fue a dormir.

Con el tiempo, Manu aprendió que había unos aparatos que se usaban para ver las estrellas más de cerca, llamados telescopios. Y le pidió uno a Papá Noel y a los reyes magos. También aprendió que hay unos señores que están todo el tiempo mirando a las estrellas y contándolas y haciendo mapas del cielo, que se llaman astrónomos. Y decidió que ya sabía lo que quería ser cuando fuera grande.