21 de feb. de 2015

Las monedas en la piscina, una enseñanza espiritual


Este cuento nos enseña que las mejores soluciones a los problemas se encuentran cuando se los contempla con serenidad.


Para niñas y niños de 9 años o más.

El maestro y sus cinco alumnos se encontraban disfrutando de un rato de esparcimiento en una piscina. De pronto, el maestro dijo a sus alumnos: “acérquense que quiero aprovechar la ocasión para enseñarles algo”. Los alumnos rodearon a su maestro, atentos a lo que estaba por decirles.

Algunos, con una expresión de contrariedad, se preguntaron por qué se disponía a darles lecciones, si se encontraban simplemente disfrutando de un rato de diversión. Pero sus objeciones se disiparon cuando el maestro les dijo que en realidad estaba por proponerles un juego.

“Consíganme cinco monedas iguales, preferiblemente grandes”, les dijo. Los alumnos
no tardaron en completar el encargo. Luego, con las cinco monedas en un puño, el maestro dio las instrucciones del juego:

“Dejaré caer estas monedas en el agua, y ustedes deberán recogerlas a todas, sin dejar escapar a ninguna, en el menor tiempo posible, para luego devolvérmelas”.

Una vez que los cinco estuvieron preparados, el maestro abrió su puño y dejó caer las monedas todas juntas. Mientras iban cayendo por su propio peso, los alumnos se abalanzaron sobre ellas, desparramándolas, chocándose entre ellos, haciendo olas y causando un gran alboroto. Finalmente, después de unos cuantos minutos, recuperaron las monedas; algunos habían recogido más de una, mientras que otros, ignorando que ya todas habían sido encontradas, seguían buceando en busca de monedas perdidas.

Con las cinco monedas de nuevo en su mano, el maestro preguntó a sus alumnos: “¿Qué les ha parecido? ¿Disfrutaron del juego?”. “Sí”, contestó uno, “aunque nos ha costado un poco de trabajo, incluso nos hemos lastimado un poco entre nosotros, en el esfuerzo por realizar nuestra tarea lo más rápido posible”.

“Bien”, continuó el maestro, “ahora me toca a mí jugar”. Dicho esto, entregó las cinco monedas a uno de sus discípulos. Luego esperó a que se aquietara el agua y le pidió: “Deja caer las monedas”.

El alumno hizo lo pedido, tras lo cual el maestro se quedó inmóvil, observando cómo las monedas se precipitaban hasta el fondo de la piscina. En cuanto todas tocaron el fondo, el maestro se sumergió suavemente, buceó hasta el fondo, recogió las monedas y volvió a la superficie. Entregando las monedas a su discípulo, le preguntó: “¿He tardado más o menos que ustedes?”. “Bastante menos”, contestó. “¿Por qué?”, preguntó. “Por que en lugar de esforzarse por alcanzar las monedas lo antes posible, simplemente las dejó que cayeran, y cuando éstas estuvieron quietas en el fondo, las recogió a todas juntas”, respondió nuevamente el discípulo.

“Tú lo has dicho”, señaló el maestro, y continuó: “Estas monedas representan sus problemas, sus metas, sus anhelos. Suelen presentarse todos juntos y confundirlos. Dominados por la ansiedad, quieren alcanzarlos o resolverlos cuanto antes, pero no hacen más que dificultar la obtención de resultados. Además, la consigna era grupal, no hacía falta que compitieran o pelearan entre ustedes para conseguir el objetivo”.

“El agua de la piscina representa el entorno en el que se desarrollan sus vidas. Al permanecer expectantes, en total quietud, atentos y a distancia, el agua se mantiene calma y pueden ver claramente cómo las monedas se juntan en el fondo de la piscina, para luego ir tranquilamente a recogerlas todas de una vez. Pero si se desesperan por recuperar las monedas rápidamente, el agua se vuelve turbulenta y les impide ver con claridad”.

“De la misma forma, cuando sus problemas se presentan todos juntos, en lugar de dejarse abrumar, desesperarse y tratar de resolver las cosas con urgencia, deben tomar distancia y esperar a que se aquieten las aguas para poder ver con claridad. Recién entonces podrán tomar decisiones acertadas y actuar en consecuencia”.

“Por último, el aire que toman antes de sumergirse al agua también tiene un significado: es la respiración consciente que deben hacer siempre antes de actuar, para conectarse con el universo y asegurar que sus acciones estén en armonía con éste”.

Concluida la lección, el maestro devolvió las monedas a sus discípulos y los dejó disfrutar libremente de la estadía en la piscina.

18 de feb. de 2015

Mi abuelita tiene ruedas, de Silvia Molina

La premiada escritora mexicana Silvia Molina es la autora de este cuento en el que una niña expresa el gran cariño que le tiene a su abuelita Nina, con todo y su silla de ruedas.

Para niñas y niños de 5 años o más

Mi abuelita tiene ruedas, pero no es bicicleta, ni patineta, ni patín.

Es mi abuelita, ya lo dije. Se llama Dorotea, aunque sus nietos le digamos Nina, no sé por qué.

Cuando nací mis hermanos ya le decían Nina, y la gente que no es de la familia, Doña Doro.

Me gusta el nombre de mi Nina, Dorotea. Yo te adoro, mi Doro, Dorotea.

Me mira y le brillan los ojos. Y sé que está feliz porque se ríe.

–Yo conozco a una Doro–, dice. Y busca en su memoria, trata de recordar. Y es que a veces se le olvida que Doro es ella.

Es simápitica, mi Nina. Se le olvidan las cosas aunque se las acabe de recordar.

–Doña Doro eres tú, Nina.

–Vaya–, se acuerda, aunque al rato se le olvide.

La verdad, también quiero a mi abuelita por traviesa, por distinta a las abuelas que conozco y que son tres:



La primera es la de Rosa; gruñe como ogro y se llama Ramona.

Así dicen en casa de Rosa: “Gruñe como ogro”. Mi mamá dice que un ogro es un gigante enojón. ¿Será porque siempre está de mal humor?

¡Qué bueno que no sea mi abuela! Por que habría tenido que cantarle algo así: “Qué gruñona Doña Ramona. Qué haremos con una regañona tan gruñona como usted. Sea más mona Doña Ramona por favor”.

La segunda es la abuelita de Luis. Teje todo el tiempo frente a la televisión; y cuando él le habla, ella lo calla:

–¡Shhhh, niño, que ni te oigo ni me dejas ver!

No sé qué le ve a la televisión porque es sorda como una tapia. Así dicen en casa de Luis: “Sorda como una tapia”.

Dice mi mamá que tapia quiere decir pared. ¿Será porque no contesta?

La tercera es la Nina de Tere. Parece muda. No le sacan una palabra ni con tirabuzón. Así dicen en casa de Tere: "Ni con tirabuzón". Mi mamá dice que tirabuzón quiere decir sacacorchos. ¿Será porque aprieta la boca?

La abuela de Tere se llama Agapita.

Mi abuelita no es como ninguna de las tres. Es alegre, ya lo dije, y cariñosa.

A mi abuelita la adoptó mi mamá aunque parezca mentira porque, normalmente, una hija no adopta a sus papás.

Pues mi mamá especificó cuando la iba a traer con nosotros:

–Voy a adoptar a mi mamá. ¿Qué les parece? Ya no puede vivir sola.

Cuando mi mamá se desespera me manda llamar:

–A ver, María, si tú sabes qué quiere tu Nina.

Y si no le entiendo, la distraigo o le cambio la conversación, y se le olvida lo que quería.

–¿Qué quieres, Nina? –le pregunto.

–El papelito que se me perdió –contesta muy afligida.

–Voy por él, no me tardo.

Y regreso con un papel. No cualquiera. Le hago uno especial, con un dibujo. Cuando se lo doy, le explico:

–Mira Nina, aquí está un pajarito que vino a verte.

Y es que los pájaros, el helado de fresa y andar en coche es lo que más le gusta. Bueno también las flores.

Mi abuelita tiene ruedas porque no puede caminar. Le da miedo caerse.

–¿A dónde vas?

–A la escuela, Nina –le recuerdo y doy un beso.

Me voy contenta porque sé que me estará esperando. Cuando regrese y haga mi tarea, vamos a divertirnos otra vez.

Las personas cuando ya son muy grandes de edad, pueden tener problemas para recordar muchas cosas o personas, pero eso no significa que no nos quieran.

25 de dic. de 2014

¡Feliz navidad!


De parte de los Cuenteretes.

30 de nov. de 2014

¡Puf, qué día! (un cuento con onomatopeyas)

Seguimos con la onda de las onomatopeyas. En este caso en un cuento muy sonoro, en el que se mezclan el timbre del colegio, el golpeteo de los tacos de una profesora desconocida y las bocinas de los autos. Las onomatopeyas aparecen resaltadas para que las puedas detectar más fácilmente.

Para niñas y niños de 8 años en adelante.

Era un día común de semana... de los más comunes. Iba caminando al colegio cuando, de repente, escuché un tic-tac y, al mirar mi muñeca, supe que tenía que apurarme para no llegar tarde. Un pip-pip al cruzar la esquina me dejó un poco sordo. Pero, al menos, me despertó del todo. ¡Glup!, ya casi daban las ocho. Riiiing, creo que llegué justito.


Entré al salón y alrededor de mí sólo habían ¡atchííís! ¿Qué les pasó a todos? Debe ser que no toman jugo de naranja como yo y se resfrían de nada. Yo seguía pensando en eso, cuando la puerta hizo ¡plaf! Era la directora, que había venido a contarnos que nuestra seño estaba enferma y que vendría una suplente por varios días.


El toc-toc de unos zapatos contra el piso de madera llegando desde el pasillo hizo que mi corazón empezara a hacer pum-pum muy fuerte, hasta que ¡atchííís, atchííís! todos empezaron a estornudar y, me distraje tanto, que no escuché cuando la seño nueva entró.

-¡Shshsh!- empecé a exigirles a mis compañeros-. ¡Esto es realmente importante!

El pum-pum era muy rápido, hasta que escuché:

-¡Salud a todos! Parece que se sienten mal... así que vamos a tener un día tranquilo para conocernos. ¿Les parece bien?

Pum... pum... pum... (ahhh.. sí me parece bien). Mi corazón se fue calmando. La seño nueva fue muy buena conmigo también, aunque no estuviera enfermo. El día terminó y volví a casa como siempre, encontrándome con muchos guau-guaus, miau-miaus, pío-píos y muuuus. ¿Qué? ¿Por qué muuus? Si en mi casa no hay vacas. ¡Ah! pero sí hay señores que escuchan las noticias por la radio a todo volumen. ¡Uf, qué susto!

El talán-talán de la iglesia sí lo conozco, y quiere decir que llego a tiempo para tomar la leche y mirar mis dibujitos favoritos.

Y, como dije al principio, ¡un día común! Chan, chan.