2018-01-10

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¿Pueden los robots escribir cuentos?

Por supuesto que pueden. Pueden pensar una trama, desarrollarla, inventar los personajes, crear conflictos entre ellos y ver que éstos se resuelvan en el desenlace. Todas esas tareas se pueden automatizar para que las haga una máquina. Pero nada garantiza que el resultado sea algo digno de leerse, o que en ese proceso haya verdadera creatividad.

Shelley_ai, la imitadora artifical de Mary Shelley
La imitadora artificial de Mary Shelley
Hace poco se divulgó el caso de Shelley, el robot que escribe cuentos de terror. Shelley aprendió leyendo 140.000 cuentos de un foro de historias de terror. De esta forma supo cómo hacer un relato coherente y cómo echar mano de los elementos que causan terror en el lector. Pero Shelley no actúa por si sola; ella (asumimos es “ella” por que el nombre está tomado de Mary Shelley, la autora de Frankenstein) va sugiriendo ideas por Twitter y depende de que los humanos la ayudemos aportando continuaciones.

Shelley es un producto de los laboratorios de inteligencia artificial del MIT (Massachussets Institute of Technology). Veamos las declaraciones de sus creadores al anunciar a Shelley en octubre del año pasado:

“Para esta noche de brujas presentamos a Shelley: la primera escritora de horror colaborativa de inteligencia artificial (IA). Shelley es una IA basada en aprendizaje profundo que creció leyendo historias escalofriantes recogidas de r/nosleep. Ya como adulta, y a semejanza de Mery Shelley (su ídola victoriana) toma su inspiración de una semilla aleatoria, o un pequeño fragmento de texto, y en base a eso comienza a crear historias que emanan de su tenebrosa mente creativa. Pero lo que Shelley realmente disfruta es trabajar colaborativamente con humanos, aprendiendo de sus ideas de pesadilla, creando las historias más aterradoras. Cualquiera que desee trabajar con ella sólo tiene que responder a las historias que inicia cada hora en su cuenta de Twitter, y ella colaborará en la primera antología de horror IA-humana jamás ensamblada”.

En lo que dicen estos individuos hay varios errores de concepto. Veamos:

1. “Mary Shelley, su ídola victoriana”. Una inteligencia artificial no puede tener ídolos, puesto que es incapaz de idolatrar. Recordemos que se trata de una máquina.

2. “...historias que emanan de su tenebrosa mente creativa”. Su mente no es creativa. Solamente hace combinaciones aleatorias de textos coherentes y les asigna una suerte de “valor de tenebrosidad”. Las combinaciones que superan cierto valor son elegidas para formar parte de una historia. Eso no es creatividad.

3. “...lo que Shelley realmente disfruta…”. Shelley no disfruta. Repito: ES UNA MÁQUINA.

Estos errores de concepto son los que nos hacen tener miedo de los robots y de la inteligencia artificial. Los robots no idolatran, no crean y no disfrutan. Están creados para un propósito y lo cumplen mecánicamente, sin quejarse, sin emitir juicios, sin enorgullecerse. Sólo lo hacen.

En fin, para ilustrar todo esto vamos a traducir una de las “creaciones colaborativas” de Shelley, elegida al azar:

Silueta huesuda

Pude ver la tenue luz de la luna brillando en nuestro techo. Estaba allí, a la luz, y pude ver el contorno de su figura en la parte superior de las escaleras del sótano. No tenía cara, pero ésta hubiera estado en una larga silueta huesuda. No tenía rostro, ni nariz, nada más que un agujero negro donde debían estar los ojos.

Silueta huesudaMe volví para apartar mis ojos del horror, pero al volver a mirar a la criatura, había avanzado la mitad de la distancia entre nosotros. Estaba sentado en la esquina y podía oírlo respirar. Estaba atrapado. Sabía que no era un sueño. Sabía que era un monstruo. Sabía que era una criatura.

En ese momento, por razones que todavía no he comprendido del todo, la melodía del tema de los Cazafantasmas comenzó a sonar en estéreo en mi mente. Podía sentir el cambio del mundo. Sabía que algo estaba detrás de mí.

Giré cantando Ghostbusters en voz alta. ¡La criatura se quedó allí! inmóvil ... así que comencé a bailar y tocar una guitarra de aire. Comencé a sentir que algo me hacía cosquillas en la espalda. Giré mi cabeza ligeramente, y se detuvo.

Escuché un suave gemido y algo descendió por las escaleras. Me di la vuelta. Un gran perro salió del dormitorio principal y entró a la sala de estar. Miro hacia arriba y allí está. En un instante, la escena cambia y estoy solo en el sótano oscuro. En mis manos tengo una manzana. Como la manzana y convoco al Kraken. Ya terminé aquí. El monstruo se enrosca en una bola y luego vuelve a fundirse en el papel tapiz.

OK… Tengamos en cuenta que en este cuento hay párrafos escritos por Shelley y párrafos escritos por humanos. Así que la culpa no es toda de la pobre Shelley. Se ve que en este caso los humanos no fueron de mucha ayuda para escribir algo que valiera la pena leer.

Conversación con Eliza
Pero el caso es: no estamos ante un hecho histórico, en el que los robots aprenden literatura y se vuelven escritores. Shelley no es mucho más inteligente que el programa Eliza que hace más de cincuenta años simulaba ser una psicóloga y podía mantener conversaciones con humanos y realmente parecía entender sus problemas y tener la voluntad de ayudar a resolverlos. A partir de este programa se descubrió el "efecto Eliza", que es la tendencia a asumir que ciertos comportamientos de las máquinas son análogos a los comportamientos humanos, a pesar de saber con seguridad que son completamente artificiales. Cuando un cajero automático nos da las gracias por usar sus servicios, podemos realmente creer que tiene la capacidad de sentirse agradecido.

En conclusión: por más que avance la inteligencia artificial, todavía le falta un muy largo camino por recorrer para que pueda equiparar a la creatividad humana.


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