2018-11-23

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Cuentos infantiles para formar niñas poderosas y seguras

Hoy en día las niñas son capaces de valerse por sí mismas. Lejos han quedado los tiempos en que necesitaban que viniera un príncipe azul a protegerlas de los peligros del mundo. Por eso, los cuentos infantiles están cambiando. Para sumarnos a ese cambio, ofrecemos una selección de tres cuentos cortos para niños en donde las niñas demuestran que son valientes, poderosas y seguras de sí mismas.

Esmeralda, la princesa caballerosa
Esmeralda, la princesa caballerosa

Cuento n° 1: La princesa caballerosa y el caballero princesoso

Este es un cuento de príncesas y caballeros poco convencionales. La princesa Esmeralda estaba ansiosa por vivir aventuras y combatir dragones, mientras que el caballero Sebastián, cansado de las luchas, bregaba por resolver los conflictos recurriendo puramente al diálogo.

Erase que se era, hace no mucho tiempo y en un lugar no muy lejano, una princesa no muy alta y no muy tímida.

La princesa Esmeralda siempre estaba sonriendo, contando chistes e historias de aventuras de caballeros y dragones. Su papá, el rey, le contaba esas historias desde que ella era bebé. Y desde hacía un tiempo, a la princesa le habían entrado ganas de vivir cosas emocionantes como en esos cuentos.



Los reyes y la princesa tenían muchos caballeros en su castillo para pelear por ellos. Peleaban contra los dragones que atacaban sin parar a la ciudad para llevarse toda la comida. El más valiente de los caballeros se llamaba Sebastián. y había derrotado a muchos dragones, echándolos para siempre del reino.

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La familia de ratones
La familia de ratones

Cuento n° 2: Una feliz catástrofe


Una familia de ratones es salvada de una catástrofe por la hacendosa mamá Flora, mientras el papá Ratón se da aires de mucha autoridad pero no hace mucho por su familia.

Antes de la catástrofe, la familia Ratón vivía en una modesta madriguera, entre la cocina y la alacena, en una lujosa casa de un barrio elegante.

El señor Ratón estaba orgulloso de sus bigotes y de su buena voz. La señora Flora Ratón, dócil y obediente, mantenía la madriguera ordenada, y a sus niños –Teddy y Toby– y a sus niñas –Nancy, Nora, Nelly, Nuri, Nanette, y Nina– limpios y aseados.

Antes de la catástrofe, los días eran aburridos en Casa Ratón, y terminaban siempre con una cena suculenta, que había tenido a la señora Ratón atareada durante toda la tarde. El señor Ratón era amante de la buena mesa.

Los niños admiraban sus bigotes y lo inteligente que era, cuando, con aires de importancia, probaba la sopa y decía: “Flora, aquí falta un poco de perejil picado, añadido en el último momento y un chorrito de aceite de nuez”.

Después de la cena, el señor Ratón les contaba a los niños sus aventuras de juventud. Las pirámides en las que nunca había entrado el hombre pero que eran visitadas a diario por el señor Ratón. Las bodegas de los barcos piratas, en las que el señor Ratón había dado varias veces la vuelta al mundo. Y aquella vez en la mezquita de Estambul. Y los primeros pasos por la luna, escondido en la bota del astronauta Armstrong. Y aquella historia con el gato atigrado en la Opera de París.

No era que la señora Flora se aburriese. Ni mucho menos que conociera ya todas las historias del señor Ratón (¡si cada noche había una nueva!). Pero cuando se hacía tarde, tenía que levantarse de puntillas y empezar a recoger la mesa. Y si se caía la tapa de un puchero, el señor Ratón se interrumpía con aire resignado, y los niños decían: “¡Mamá, ten cuidado! ¡Está hablando papá!”

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Rosa caramelo
Rosa caramelo

Cuento n° 3: Rosa caramelo

Margarita, la elefanta, no se volvía rosa y aterciopelada como las demás elefantas de su manada. Con el tiempo, Margarita logró sentirse segura y demostró que eso no la afectaba.

Había una vez en el país de los elefantes... una manada en que las elefantas eran suaves como el terciopelo, tenían los ojos grandes y brillantes, y la piel de color rosa caramelo. Todo esto se debía a que, desde el mismo día de su nacimiento, las elefantas sólo comían anémonas y peonias. Y no era que les gustaran estas flores: las anémonas -y todavía peor las peonias- tienen un sabor malísimo. Pero eso sí, dan una piel suave y rosada y unos ojos grandes y brillantes.

Las anémonas y las peonias crecían en un jardincillo vallado. Las elefantitas vivían allí y se pasaban el día jugando entre ellas y comiendo flores.

“Pequeñas”, decían sus papás, “deben comer todas las peonias y no dejar ni sola anémona, o no estarán tan suaves como sus mamás, ni tendrán los ojos grandes y brillantes, y, cuando sean mayores, ningún guapo elefante querrá casarse con ustedes”.

Para volverse más rosas, las elefantitas llevaban zapatitos color de rosa, cuellos color de rosa y grandes lazos color de rosa en la punta del rabo.

Desde su jardincito vallado, las elefantitas veían a sus hermanos y a sus primos, todos de un hermoso color gris elefante, que jugaban por la sabana, comían hierba verde, se duchaban en el río, se revolcaban en el lodo y hacían la siesta debajo de los árboles.

Sólo Margarita, entre todas las pequeñas elefantas, no se volvía ni un poquito rosa, por más anémonas y peonias que comiera. Esto ponía muy triste a su mamá elefanta y hacía enfadar a papá elefante.

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