21 mar. 2016

El cuadro que pintó el Sol

El sábado pasado, paseando sin rumbo por un shopping de Maschwitz, entramos casi sin querer en la galería del artista plástico Daniel Diotti. Después de mirar un rato largo sus luminosas obras, nos quedamos un rato aún más largo hablando de bueyes perdidos. Durante la charla se fue gestando la idea para este cuento, inspirado en el cuadro que lo ilustra (cuyo nombre fallamos en registrar).

Para todas las edades.

Era una tarde de sol otoñal. Sentado cerca de la orilla del río, Daniel preparaba sus elementos para pintar otro cuadro de un paisaje del Delta. Armó su caballete, colocó el bastidor con la tela bien tirante y se ubicó de cara al oeste. Miró al sol de la tarde. Dibujó el bosquejo del paisaje, las líneas del río, los árboles, la vegetación, el sol y algunos trazos de nubes. No había mucho más.

Cuadro de Daniel Diotti
(click en el cuadro para agrandar)
Comenzó a mezclar los colores. Miró nuevamente el paisaje para ver cuáles necesitaba. Celestes para el cielo, diversos tonos de verdes para los árboles y arbustos, marrones y celestes para el río. Pero algo no estaba bien con el color del Sol. Se lo notaba extraño. Era el modelo vivo del cuadro, y se lo veía incómodo, como si tuviera reparos en posar desnudo para el artista.

Daniel se detuvo a mirarlo unos momentos. Parecía querer decir algo.

-Dame unos minutos por favor -le pidió el Sol al artista.

Daniel soltó los pinceles, se acomodó en la silla, se cruzó de brazos y esperó.

Pasaba el tiempo, y el Sol avanzaba en su descenso hacia el poniente con extrema lentitud.

-Vos decime cuándo -dijo el pintor.

-Sólo unos minutos más.

Habrá pasado una media hora hasta que el Sol se escondió tímidamente tras las hojas de un árbol. Pero se ocultó sólo un poco; lo suficiente como para atenuar sus rayos, pero no tanto como para mitigar su majestuosidad y belleza. Se lo notaba más seguro, más cómodo, más a gusto.

-Ahora sí -dijo.

Daniel miró nuevamente el paisaje y no le importó que ninguna de las mezclas que había preparado antes sirvieran en ese momento. Todos los colores habían cambiado. El cielo ya no era celeste; se había vestido con una combinación de rosados y grises, como el tapizado de un sillón antiguo bien conservado. Los árboles tenían sólo un poco de verde, habiéndose vuelto mayormente oscuros, y los rayos del Sol se filtraban entre ellos como si un incendio los fuese devorando desde el oeste. El río... ya no era el río. Era un espejo con infinitas facetas, que transformaba el reflejo del sol en un enjambre de luciérnagas que destellaban sobre la superficie del agua. Los típicos tonos celestes y marrones del río habían cambiado por un degradé de ocres, negros, azules y grises que parecían tender una alfombra persa para cruzar de una orilla a la otra.

Cuando el cuadro estuvo terminado, Daniel lo volvió al oeste para que el Sol pudiera verlo.

-Te felicito, está precioso -dijo el Astro Rey.

-El mérito es tuyo, vos lo pintaste -respondió Daniel.


Con una sonrisa tímida y cómplice, el Sol encendió las primeras estrellas en un cielo cada vez más oscuro y, contento, se fue a dormir.

Para contemplar otras obras de Daniel Diotti, te sugerimos visitar su blog o ir personalmente a su galería en el Maschwitz Mall.