26 jun. 2014

Tratado sobre los viajes en colectivo

Para muchos argentinos, el colectivo -también llamado "bondi" por influencia del "bondinho" usado en Brasil- es el medio de transporte que nos lleva desde nuestras casas al trabajo, o a la escuela, al club, o a la casa de un amigo. A continuación, una serie de reflexiones filosóficas sobre la fascinante experiencia de viajar en colectivo.

Para lectoras y lectores de 12 años en adelante.

Dibujo de un colectivoViajar en colectivo es una experiencia fascinante. Obviamente, no cuando esto lleva a pensar en uno mismo como una sardina envasada al natural, sino cuando, ya desde antes de subir, se ve que hay espacio suficiente para sentarse y pensar en las cuadras que pasan como si fueran años de la propia vida: algunas fugaces, otras lentas y llenas de baches, y aun otras, en las que uno cree haber tomado el ramal equivocado.

Ya desde el comienzo, la travesía se anuncia como una experiencia metafísica. La máquina de boletos ordena: “indique su destino al chofer”. Es la perfecta oportunidad para meditar sobre la predestinación y el libre albedrío: “le puedo decir al chofer cuál deseo yo que sea mi destino, pero, ¿y si estoy predestinado a algo diferente?” Claro que no todos los choferes están dispuestos a escuchar estas disquisiciones, o a esperar a que uno encuentre la respuesta en un tratado de filosofía. En mi caso personal, suelo confesarle al chofer que mi destino es llegar hasta Independencia y Lima.

Cumplida esta formalidad, viene la mejor parte: elegir en qué rincón de ese mundo de veinte asientos se desea esperar el arribo al inefable destino. Hay quienes eligen asientos delanteros, dispuestos a afrontar lo que sea; otros, enfilan seguros hacia atrás, para poder observar (sin participar) lo que ocurre en otros distritos del vehículo.

Curiosamente, siempre que podemos, elegimos sentarnos solos. Sin embargo, lo más emocionante de la experiencia de viajar en colectivo consiste en elegir un acompañante, cuando sólo quedan asientos dobles ocupados a medias. En ese momento, damos una fugaz mirada a cada rostro expectante. Igual que cuando, en la infancia, hacíamos pan y queso para elegir quién jugaría al fútbol en nuestro equipo, vemos gestos que parecen decir “elegime a mí”, y otros que más bien expresan “ni se te ocurra”. También hay gestos aparentemente indiferentes. Pero lo cierto es que cada una de esas expresiones la fabricamos nosotros, según nuestra preferencia por una u otra persona. Nos preguntamos: “¿a quién honraré con el placer de mi compañía?”

Colectivo_60
El 60, el "bondi" por excelencia.
Como ocurre en la vida, cada quien tiene su escala de prioridades para elegir a quién acompañar durante ese breve viaje. No temo dar a conocer la mía: en primer lugar, mujeres de edad inferior a la mía, preferiblemente de buen aspecto; en último lugar, dormilones babeantes y madres con bebés en brazos. Entre esos dos extremos, casi no hago distinciones.

Muchas veces, uno se encuentra formando parte del conjunto de rostros que esperan sentados la decisión de quien busca un asiento. Cuando sube nuestro acompañante ideal, ponemos nuestro mejor semblante; cuando no, tratamos de parecernos a quien (según nuestros propios parámetros) estaría al pie de la lista; por ejemplo, un dormilón babeante.

Muy de vez en cuando, ocurre el milagro: sube nuestro acompañante ideal, se deja convencer por la cara amistosa que mostramos y ocupa el lugar que le estuvimos guardando. Nuestro corazón salta de alegría, y comienza una conversación mental entre uno y su imaginación.

“Hola.”

“Hola” -contesta la voz imaginaria de la otra persona.

“Estuve guardando este asiento especialmente para vos” -pensamos con voz seductora.

Una expresión accidental (quizás) de la otra persona puede cambiar el tono del diálogo.

“¿Por qué me esquivás la mirada? ¿Acaso hice algo malo?” -reprocha uno, siempre mentalmente.

Ocasionalmente se libera un asiento que, vaya uno a saber por qué, es preferido por nuestro acompañante. En un gesto de total desprecio, la persona en cuestión se levanta y cambia de asiento, dejándonos sin otra compañía que la de un recuerdo.


También puede ocurrir que, aún ante la tentación de pasar a ocupar el asiento más cómodo y con mejor vista, esta persona sigue a nuestro lado, soportando quizás el haberse sentado encima de la rueda. Entonces, ocurre lo inevitable: alguno de los dos, en algún momento, debe bajarse.

De nuevo, puede ocurrir un milagro. Tal vez el destino nos toque el hombro a los dos en la misma esquina y, quizás, caminando hacia la puerta de atrás, nuestras manos se crucen queriendo tocar el timbre para descender.