22 may. 2014

La resurrección de Clementina

En este cuento se mezcla la ficción con un hecho real de la historia argentina, que fue el desmantelamiento de la computadora Clementina, la primera que se instaló en Argentina con fines científicos.

Para lectores y lectoras de 13 años en adelante

Computadora Clementina
Computadora Clementina.
La lluvia anegaba el playón de estacionamiento del pabellón I de Ciudad Universitaria. Aunque eran apenas las nueve de la mañana, la oscuridad del cielo hacía pensar que estaba anocheciendo. De pie junto a la ventana del laboratorio de meteorología, Eugenia miraba la lluvia, preguntándose si el agua los dejaría salir de allí ese día.

–El Niño está más enojado que nunca –dijo a Rolando, quien se encontraba muy concentrado revisando datos en una resma interminable de hojas de impresora y trazando gráficos en una planilla milimetrada.

–Muy enojado –contestó Rolando, medio distraído–. Más de lo que pensábamos.

Eugenia se sentó frente al escritorio en el que Rolando desplegaba la resma.

–¿Y? ¿Descubriste algo? –le preguntó.

–Algo descubrí, pero no me gusta nada. Creo que se está subestimando el impacto hidrológico de las tormentas que se vienen.

Los dos meteorólogos se quedaron mirando los datos y los gráficos durante un par de minutos, al cabo de los cuales Eugenia rompió el silencio.

–¿Eso quiere decir... inundaciones?

–Sí. Muchas, y muy grandes.

–¿Qué tan grandes?

–Es difícil de decir a simple vista. Necesitaríamos procesar toda esta información –Rolando extendía las hojas de la resma como para hacer más evidente el gran volumen de datos que contenía– y generar simulaciones. Y no creo que tengamos suficiente tiempo para esto... a menos que...

Un violento trueno interrumpió la frase y el pensamiento de Rolando, sacudiendo los muros del pabellón, seguido por el bramido de las turbinas de un Boeing 737 que a duras penas lograba acertarle a la pista del Aeroparque.


Manuel maldecía mentalmente a los alumnos que parecían empeñados en romper las disqueteras que él debía reparar una y otra vez. “Yo no estoy para estas cosas”, decía para sus adentros, mientras tosía por causa del polvo que se levantaba al abrir los gabinetes de las PCs averiadas del laboratorio de computación. “Debería estar haciendo investigación, en lugar de estar acá metido, arreglando disqueteras”.

Una voz amistosa lo sacó de sus cavilaciones. Era Eugenia García, una de sus ex alumnas de Cálculo Numérico y profesora de meteorología, acompañada por Rolando Kant, titular de la cátedra de climatología.

–¡Manuel, te necesitamos! –dijo a viva voz Eugenia.

–Ante todo, buenos días, ¿no? –bromeó el computador científico, saludando a su ex alumna y a su jefe –. Díganme, ¿qué puedo hacer por ustedes? No me digas que otra vez se te trabó la impresora –Manuel miró con cara de pocos amigos a Rolando.

–No, Manuel, para nada –se apresuró a decir el climatólogo–. Esta vez no te venimos a molestar con nimiedades. Te necesitamos para algo mucho más serio.

–No me gusta cómo suena eso... afuera llueve a baldazos y dos meteorólogos vienen a verme por algo serio... ¿Qué tan grave es la cosa?

–Bastante –sentenció Eugenia, con una expresión sombría.

Los meteorólogos explicaron a Manuel la apremiante necesidad de procesar cuanto antes la información que habían reunido sobre las inminentes tormentas, para poder determinar el impacto de las inundaciones que sobrevendrían.

Manuel se sintió embargado por un repentino entusiasmo. Sintió que finalmente tenía una misión digna, y que estaba ante la posibilidad de revivir las antiguas glorias del Instituto de Cálculo. Pero, lamentablemente, debió reconocer que lo que le pedían era poco menos que imposible.

El computador les explicó a Rolando y a Eugenia que, para hacer lo que le estaban pidiendo, sería necesario empezar a escribir programas de alta complejidad desde el principio, puesto que después de los bastones largos y de la intervención de Zardini, era poco lo que había quedado en pie. Además de que sería necesario apurar la repatriación de cerebros para reunir a la gente que desarrolle y computarice los modelos matemáticos que debían aplicarse para lo que ellos necesitaban.

–Me temo que vamos a tener que dejar que las inundaciones nos tomen por sorpresa –dijo con tristeza Manuel–. Es una lástima; si hoy Clementina estuviera funcionando, seguramente nos sacaría de este aprieto.

–¿Clementina? –preguntó Eugenia, extrañada.

–Sí, la primera computadora que hubo acá en la facultad. Uno de sus principales usos fue la simulación de cuencas fluviales, que si entendí bien, es justo lo que necesitan ustedes. El problema es que la máquina fue desmantelada hace más de diez años.

Los tres se quedaron mirando el suelo del departamento de computación, como si las baldosas de goma antiestática pudieran contener alguna solución al dilema.

–Esperen, esperen –cortó repentinamente el silencio Manuel, levantando una mano–. Hay una leyenda, acá en el departamento, que es casi un mito urbano. Pero estas cosas a veces tienen algo de verdad, y quién sabe...

–Al grano, Manuel –apuró Eugenia. Manuel acató la orden.

–Miren, cuando Clementina estaba en funcionamiento, acá trabajaban un montón de técnicos que se ocupaban del mantenimiento de la máquina. Ya saben, cambiar válvulas de vacío quemadas, y esas cosas. Bueno, lo que se dice por ahí es que uno de estos técnicos estaba “enamorado” de la máquina.

–¿Cómo? –preguntaron los dos meteorólogos al unísono.

–Sí. Bueno, eso es lo que dice la historia, hay que ver cuánto hay de verdad. Pero lo importante es que se cree que este tipo, cuando supo que se venía la toma de las universidades, quiso “salvar” a su amada, y se tomó el trabajo de resguardar, quién sabe cómo, toda su estructura lógica, su memoria, sus programas y sus datos.

Rolando y Eugenia se limitaron a mirar a Manuel con expresión de asombro.

–Si hubiera algo de cierto en esa historia –continuó el computador– tal vez habría una esperanza de rescatar sus programas. Pero qué se yo...

–¿Y no habrá forma de localizar a este tipo? –preguntó Rolando, ansioso.

–No, olvidate. Desapareció. O lo desaparecieron, no sé. Además era una persona muy particular. Washington Durante, se llamaba. Fijate que tenía que trabajar a la noche, por su carácter tan especial... o más bien intratable, diría. Aunque quizás era una excusa para poder pasar las noches a solas con su querida Clementina.

Los meteorólogos intercambiaron miradas de suspicacia.

–Si, ya sé, no me digan nada –continuó Manuel, entendiendo el significado de esas miradas–. Todos los computadores somos bastante particulares. Pero a éste le faltaban un par de piezas en el rompecabezas. Les voy a mostrar una foto, a ver si la encuentro...

Manuel empezó a revisar unos cajones escondidos debajo de un escritorio. Después de pasar un largo rato revolviendo papeles y carpetas polvorientas, con un gesto triunfal sacó una antigua foto en blanco y negro.
–Miren, es éste –dijo, señalando en la foto a un hombre de camisa y corbata que colocaba un carrete de cinta en una enorme computadora, mientras exhibía un extraño gesto de sorpresa en su rostro–. Fíjense la cara de loco que le puso al fotógrafo cuando vio que le iba a sacar una foto.

Los tres se quedaron mirando la antigua foto durante un rato, al cabo del cual Eugenia detectó algo que llamó su atención más que la expresión del hombre fotografiado.

–¿Qué es eso que tiene en su bolsillo? –preguntó.

Manuel se calzó unos gruesos anteojos para examinar mejor la foto.

–Es una regla de cálculo –dijo.

–¿Como esa? –Eugenia señaló un objeto colgado en la pared.

Hasta ese momento, Manuel no se había percatado de que ese objeto que había estado desde siempre colgado en la pared era una regla de cálculo. Para él siempre había sido un objeto decorativo totalmente intrascendente. Se acercó a la pared y lo descolgó, para examinarlo con cuidado. Al acercarlo más a sus ojos, notó que, en el anverso de la regla, había unas anotaciones hechas con tinta indeleble. Podía leerse lo siguiente: “aula magna (5,4) desde puerta principal izquierda”.

Miró fijamente a los meteorólogos, aunque en realidad su mirada apuntaba al infinito, mientras su mente intentaba resolver lo que parecía ser un acertijo. Permaneció callado unos breves instantes, luego de los cuales dijo en tono grave “vengan conmigo” y salió del departamento de computación con paso acelerado.
Afuera arreciaba la lluvia, decidida a no dar tregua.

. . .

El aula magna estaba ocupada por una teórica de Álgebra I, pero no había tiempo para esperar a su finalización. Manuel pidió disculpas al profesor y, sin esperar respuesta, ordenó a Rolando y a Eugenia que entrasen. Se dirigió al cuarto asiento de la fila cinco y lo revisó minuciosamente, pero sin encontrar nada. Los meteorólogos se sumaron a la búsqueda, verificando también el quinto asiento de la fila cuatro; también sin éxito.

Los tres quedaron pensativos, hasta que Eugenia miró al cielorraso.

–Los paneles –dijo señalando al techo, con el rostro iluminado–. Fíjense en el cuarto desde la derecha, en la quinta hilera. Pareciera que tiene una inscripción.

–¡Espérenme acá! –gritó Manuel mientras salía corriendo del aula.

Al rato volvió en compañía del encargado de mantenimiento del pabellón, quien portaba una gran escalera. Luego de pedir disculpas una vez más al profesor –a quien le aseguró que se trataba de una cuestión de vida o muerte–, Manuel señaló al encargado el panel del cielorraso que necesitaban examinar. El hombre colocó la escalera y subió por ella hasta que pudo ver la inscripción.

–Son unos números –explicó.

–¿Qué números? –quiso saber Manuel.

–Todos unos y ceros. Están como en dos grupos. Se los leo. El primero es: uno, cero, uno, cero, uno, uno, uno. El segundo: uno, cero, cero, cero, uno, cero, cero.

Manuel usó su calculadora científica para convertir a decimal los dos números binarios.

–Ochenta y siete y sesenta y ocho –dijo pensando en voz alta. De pronto su rostro adoptó una expresión de incontenible asombro–. ¡Ochenta y siete y sesenta y ocho! En código ASCII equivale a... “WD”, ¡Washington Durante, sos un genio! ¡Armando, fíjese si puede abrir ese panel! –gritó al encargado.

Los gritos de Manuel habían atraído la atención tanto de los alumnos como del profesor de Álgebra, quienes aguardaban intrigados el desenlace de aquella extraña operación.

Armando logró quitar el panel del cielorraso y metió la mano por el agujero, topándose con lo que parecía una gran caja que se sostenía sobre el panel contiguo.

–Es una caja –explicó.

–¡Bájela, por favor! –pidieron al unísono Rolando, Eugenia y Manuel.

Minutos después se encontraban de vuelta en el departamento de computación, examinando el contenido de la caja como si fuera un tesoro rescatado de un galeón hundido. Varios carretes de cintas magnéticas, viejas válvulas de vacío, gran cantidad de carpetas y manuales, todos envueltos herméticamente en plástico para protegerlos de la humedad, el polvo y las alimañas. Además había un bulto de importantes dimensiones, cuyo contenido no podía verse, ya que el plástico que lo envolvía, además de ser hermético, era de color oscuro.

Manuel lo extrajo de la caja con la delicadeza con la que un obstetra toma a un bebé recién nacido. Al retirar el plástico, apareció ante la mirada del computador una antigua disquetera de 8 pulgadas y varios disquetes del mismo formato; uno de ellos, con una gran etiqueta que decía: “Clemen”.

Lo que tanto habían buscado parecía estar finalmente ante sus ojos; sin embargo, había un problema que oscurecía la expresión de Manuel con una sombra de preocupación.

–¿Se puede conectar eso a una computadora? –preguntó Rolando, adivinando la duda en la mente de Manuel.

–Tengo que intentarlo –respondió el computador–. Denme un par de horas y les digo.

Los dos meteorólogos fueron a esperar al comedor, mientras que Manuel se encerró en su laboratorio para tratar de adaptar una controladora que permitiera utilizar la antigua disquetera en una computadora actual. Al cabo de dos horas, el computador apareció en el comedor con expresión triunfal.
–Lo logré –dijo sonriente.

. . .

Rolando y Eugenia observaban el contenido del disquete, desplegado en la pantalla de fósforo ámbar de la máquina que Manuel había preparado especialmente para leer disquetes de ocho pulgadas. Entre los archivos que contenía el disquete, había varios nombres significativos, como CLEMEN.EXE, LEEME.TXT, TARJETAS.TXT, ALMACEN.DAT, etc. Manuel envió el archivo LEEME.TXT a la impresora, para leerlo desde el papel. Tal como lo supuso, eran las instrucciones escritas por Washington Durante para quien intentara revivir a Clementina, pero con una introducción particularmente conmovedora:

En este disquete descansa el alma de Clementina, la cual alcancé a poner a salvo antes de que las fuerzas del mal mancillaran y finalmente destruyeran su cuerpo. Logré copiar con total exactitud sus estructuras lógicas, plasmándolas en el programa que contiene este disquete. Además resguardé su memoria en los archivos de éste y los otros disquetes que aquí he guardado.
Si estás leyendo estas líneas, tenés en tus manos la posibilidad de volverla a la vida en un nuevo cuerpo, con el cual pueda volver a servir a la comunidad científica, como lo hizo en sus épocas de gloria. Espero que tengas éxito, y que le asignes tareas dignas.
Quisiera verla otra vez en acción, escuchar sus tonadas compuestas por sonidos artificiales, pero no sé dónde estaré cuando ocurra su resurrección.
Para volver a Clementina a la vida, leé las instrucciones a continuación. Luego, sólo debés escribir el nombre con el que yo la llamaba, y presionar Enter.

Manuel leyó cuidadosamente las instrucciones escritas por Durante. Luego, con manos temblorosas, escribió “CLEMEN” y presionó “Enter”. Por el parlante de la computadora se escuchó la melodía de la canción Oh my darling Clementine.

Afuera, la tormenta cedió paso a algunos rayos de luz vespertina, que penetraron las ventanas del Departamento de Computación, tiñéndolo de un color sepia igual al de las antiguas fotos en donde aparecía Clementina en todo su esplendor.