14 mar. 2014

Manuel, el contador de estrellas

No, no se confundan, Manuel no es el que le lleva los libros contables a las estrellas de cine. Es un chico como todos, que tiene el deseo de saber cuántas estrellas hay en el cielo.

Las noches tranquilas, fresquitas, sin nubes, Manuel sale al balcón de su casa en quinto piso por ascensor (después de lavarse los dientes) y mira al cielo. Bueno, al pedacito de cielo que le dejan ver los edificios vecinos. Y cuenta las estrellas.

“Una, dos, tres, cuatro… cincuenta y siete. Sí señor, las estrellas del cielo siguen siendo cincuenta y siete”.

Manuel las tiene dibujadas en un mapa del cielo que hizo él solito. Algunas son más grandes, más brillantes, y otras más apagadas. Y siempre están en el mismo lugar. Las cincuenta y siete.

Las vacaciones pasadas Manuel fue a acampar con su mamá, su papá y sus hermanos. A la noche, antes de irse a dormir a la carpa, Manuel miró al cielo. Era un cielo distinto del que veía desde su balcón, parecía blanco de tantas estrellas que había. “Uy, cuánto trabajo que voy a tener”, pensó. Ni lerdo ni perezoso, agarró linterna, lápiz y bloc de notas, buscó un lugar cómodo donde sentarse y comenzó a contar las estrellas y a dibujarlas en un nuevo mapa estelar.


“Una, dos, tres, cuatro… cincuenta y ocho… setenta y cuatro… ¡epa, si se mueven tanto no las voy a poder contar!” Esas estrellas sabandijas habían comenzado a bailar y a agruparse para formar dibujos en el cielo. Cabras, toros, leones, peces… los dibujos bajaron del cielo y se sentaron al lado de Manuel, y le contaron historias de dioses y pueblos antiguos. Manuel no entendió ni jota, pero le gustaban esas historias, y esos animales raros que hablaban, dibujados por estrellas… lástima, todos se fueron de vuelta al cielo cuando la mamá de Manuel llegó para abrigarlo con una manta y llevarlo a la carpa a dormir.

Después de las vacaciones, de vuelta en su casa en quinto piso por ascensor, Manuel salió al balcón a mirar el cielo (después de lavarse los dientes). Ahí estaban las cincuenta y siete estrellas de siempre. “Mamá, ¿por qué estas estrellas no bailan ni cuentan historias?”. “¿Qué, Manu?” se escuchó desde la cocina. “Nada, Ma”. Manuel se encogió de hombros y se fue a dormir.

Con el tiempo, Manu aprendió que había unos aparatos que se usaban para ver las estrellas más de cerca, llamados telescopios. Y le pidió uno a Papá Noel y a los reyes magos. También aprendió que hay unos señores que están todo el tiempo mirando a las estrellas y contándolas y haciendo mapas del cielo, que se llaman astrónomos. Y decidió que ya sabía lo que quería ser cuando fuera grande.