22 feb. 2014

Creer para ver

Cerré los ojos.
Pensé en un pollo al horno con papas.
Abrí los ojos y lo vi.
Estaba en una penumbra total (todavía no había salido el sol), pero lo vi.
Vi la asadera saliendo del horno, despidiendo volutas de humo que buscaban raudas el cielorraso. Vi la piel del pollo dorada y brillante, salpicada aquí y allá de orégano, perejil y ajo. Vi las papas con su interior blando y su corteza crocante.
Se me hizo agua la boca, y eso que no tenía hambre (o tal vez un poco). Pero al menos ya tenía resuelto el almuerzo.
Cerré los ojos de nuevo.
Pensé en un mundo feliz. Lo pensé un buen rato.
Abrí los ojos.
Vi al sol comenzando a asomar desde atrás de la casa de enfrente.
Escuché el ruido de una ducha y de alguien que cantaba, viniendo desde la casa de al lado. Vi a las palomas picoteando concienzudamente entre el pasto. Un fuerte y musical silbido llegó desde la calle. Era un vecino, pedaleando su camino al trabajo al son de un tango imposible de identificar. Pronto tendría que enfilar yo también hacia mi trabajo, pero después de una ducha, un café y una tostada.
Cerré los ojos una vez más.
Pensé... Pensé que más vale pensar algo bueno, sabiendo lo fácil que es que se haga realidad.

8 feb. 2014

¡A ponernos cursis, que se viene San Valentín!

Se acerca esa época del año en la que se nos perdonan las cursilerías tendientes a demostrar a nuestro ser amado, a nuestra otra mitad, a nuestra media naranja, cuánto la/lo queremos.

Por eso cambiamos nuestro banner por uno lleno de corazoncitos, ¡para expresar cuánto queremos a nuestros lectores!

Tomemos el ejemplo y hagamos algo bien cursi... colguemos un pasacalle en la entrada de su casa, cantemos su canción favorita desafinando con ganas y mandemos la grabación a la radio para que la transmitan (con dedicatoria, obviamente), mandémosle cartas perfumadas, flores y bombones a su trabajo... o lo que se nos ocurra. Total, en esta época, toda cursilería es perdonada.

Notas y cuentos anteriores de San Valentín:

Otra vez, la papa de San Valentín

San Valentín: el origen del día de los enamorados

La papa de San Valentín

El arcoiris de San Valentín

4 feb. 2014

Todos somos héroes

Esta es la historia de un nene de siete años que se llamaba Pablo. A él le gustaban todos los súper héroes. Por eso sus papás, sus abuelos y sus tíos le regalaban siempre disfraces para su cumpleaños, el día del niño o navidad.

Así fue como llegó a tener los disfraces del Hombre Araña, de Batman y de Robin, de Superman, de Iron Man, el Capitán América, Thor, Flash, Aquaman, Linterna Verde, Hulk, Mister Increible… ¡Puf! ¡Eran muchos! Y él se pasaba casi todo el día disfrazado, excepto cuando iba al colegio.

Pablo volvía del cole todos los días caminando con su hermano Nacho, que era más grande que él y ya estaba en la secundaria. Un día, regresando a casa, Pablo y Nacho vieron a Bobby, el perrito de su vecina, enganchado de su correa en la reja de otra casa. Bobby solía escaparse para ir a pasear por el barrio y, a veces, le pasaban estas cosas.

Los chicos llamaron golpeando las manos y gritando, pero nadie salió, así que tuvieron que actuar por su cuenta. Primero Nacho intentó liberar a Bobby, pero su mano era muy grande, entonces Pablo, sin pensarlo dos veces, metió su manita por entre las rejas y lo destrabó.

Lo revisaron para ver si podía caminar y lo llevaron hasta su casa, donde sus dueños les agradecieron muchísimo.

Cuando llegaron a su casa, los chicos le contaron la historia a su mamá, que estaba muy asombrada y orgullosa y, abrazándolos, les dijo: “¡mis héroes!”.

Al día siguiente, Pablo les contó a todos sus compañeros lo que había hecho y ellos lo felicitaron durante toda la mañana.


A partir de ese momento, Pablo fue dejando de usar los trajes de súper héroe cada vez más, por que entendió que, aunque seas pequeño, podés hacer grandes cosas, sin disfraces, siendo vos mismo.

Y cuando creció llegó a ser el héroe de mucha gente, curando mascotas que llegaban a diario a su consultorio.

También te puede interesar: