9 dic. 2013

El rey envidioso

Había una vez un rey muy apegado a sus bienes, a su castillo y a sus joyas. Vivía todo el tiempo preocupado y con miedo de que se los quitaran. Mientras hacía todo lo posible por mantener sus pertenencias a buen resguardo, veía que los pobres de su reino eran felices, y se preguntaba cómo ellos, que apenas tenían algo para comer, podían disfrutar de la vida. Entonces decidió disfrazarse de mendigo y mezclarse con los pobres para develar el misterio.

Salió de su castillo por unos túneles secretos que sólo él conocía, llevando su disfraz de mendigo bajo el brazo. Una vez que estuvo fuera, se puso el disfraz y dejó su vestimenta real escondida en unos arbustos. Comenzó a recorrer el pueblo y a mezclarse tímidamente entre los aldeanos, hasta que se sintió seguro de que nadie lo reconocía. Entonces llegó hasta una casa que le pareció de las más pobres del pueblo. Tocó la puerta y ésta enseguida se abrió. “Pasa, buen hombre”, dijo amablemente el dueño de casa. “No es mucho lo que tengo pero con gusto lo compartiré contigo”.

El dueño de casa era Enoch, el zapatero del pueblo, que hacía lo imposible por mantener en condiciones los desgastados zapatos de la gente, y la mayoría de las veces no cobraba nada a cambio, ya que sus clientes no tenían con qué pagarle.

El rey, después de aceptar las dádivas de su anfitrión, volvió presuroso a su castillo, pasando por sus túneles secretos y volviendo a ponerse el traje de rey. Enojado por la alegría con que vivían los pueblerinos –y, en particular, el pobre Enoch– decidió prohibir el oficio de zapatero en todo el reino.

Dejó pasar unos días y emprendió una nueva recorrida por sus dominios, otra vez disfrazado de mendigo. Al golpear la puerta de Enoch, este lo recibió aún más feliz que la primera vez. Lo invitó a pasar y compartió con él un vino y unos quesos que recién había comprado.

“¿Cómo es que has podido comprar estos manjares?”, preguntó el atónito rey. “Es que cuando se me prohibió ejercer el oficio de zapatero –explicó Enoch– tuve que salir a buscar otro empleo. Observé que mucha gente del pueblo, especialmente la gente mayor, debía hacer agotadores viajes hasta el arroyo, acarreando sus cubos y barriles, para proveerse de agua. Me ofrecí a ayudar, y mi ayuda fue tan bien recibida que me convertí en aguatero. Y la gente me lo agradece y me recompensa más que cuando simplemente arreglaba sus zapatos”.

Furioso, el rey volvió apresurado a su castillo a emitir un dictamen prohibiendo el trabajo de aguatero, confiando en que, con esta acción, le quitaría a Enoch esa felicidad que tanto le envidiaba.
Pasados unos días, hizo otra incursión al pueblo, para descubrir que Enoch estaba aún más feliz que antes. En el interior de su casa había una alegre congregación de personas con quienes el ex-zapatero compartía exquisitos manjares. Mientras el rey disfrazado de mendigo observaba atónito la celebración por la ventana, una pueblerina llamó su atención. “Señor, déjeme pasar que necesito dejarle al sastre unas prendas para que me arregle”. “¿Cuál sastre?”, preguntó el rey. “¡Enoch! –contestó la señora, sorprendida de que no lo conociera–. ¿No se ha enterado? Desde que le prohibieron trabajar de aguatero, se ha dedicado a la sastrería, y lo hace tan bien que el pueblo entero le encarga trabajos”.

Echando chispas, el rey volvió al castillo, con tanta prisa que olvidó cambiarse el disfraz de mendigo por el ropaje real. Los guardias, al verlo, lo confundieron con un pobre pueblerino, y sin escuchar sus protestas, lo echaron inmediatamente fuera del castillo. Tan mala era la suerte del rey, que cuando fue a buscar su vestimenta en los arbustos donde la había escondido, ésta había desaparecido.

Desconsolado, el rey comenzó a deambular por el pueblo sin rumbo fijo. Al pasar por la casa de Enoch, vio por la ventana cómo el ahora sastre confeccionaba unas prendas usando unas finísimas telas que reconocía bien: eran las que antes habían formado parte de su propia vestimenta.

Se sentó a lamentarse junto a la ventana de Enoch. Lo había perdido todo: su trono, su castillo, sus joyas… incluso sus ropas. Comprendió que el mismo miedo de perder sus pertenencias lo había llevado a que, efectivamente, las perdiera.



Enoch vio al pobre rey sentado junto a su ventana e inmediatamente lo invitó a pasar. Le ofreció, sin pedirle nada a cambio, confeccionarle unas prendas “que lo harían ver como un rey”, según sus propias palabras. Y no mintió: con sus nuevas prendas, el rey se veía mejor que nunca.

El monarca volvió al castillo luciendo gallardo su nueva ropa, y esta vez, los guardias sí lo reconocieron. Es más, le preguntaron qué le había ocurrido que se veía tan bien. “Es que he ido al pueblo en busca de un sastre que renovara mi vestimenta, y he encontrado al mejor del reino. Quiero que toda la corte contrate sus servicios para renovar su guardarropa, y que se lo recompense con total generosidad”.

Desde ese día, el rey no tuvo más miedo de perder sus pertenencias, por que comprendió que sus joyas, su castillo y todos sus bienes no valían nada en comparación con una riqueza mucho mayor, que nadie podría quitarle: la felicidad de dar.