24 dic. 2013

Recomendaciones de Los Abuelos de Cuento para esta Navidad

Los Abuelos de Cuento de San Isidro no sólo regalan sus narraciones a todo niño o niña que quiera escucharlos, sino que también recomiendan libros para leer en la época de fiestas y en las vacaciones. Aquí van algunas de sus recomendaciones y, de regalo (al final), un fragmento de "Unidos contra Drácula".
Llegan las fiestas y tras ellas se anuncian las vacaciones, un tiempo ideal para distenderse y compartir momentos de juego y ocio junto a los chicos. Los buenos libros siempre serán una opción muy apropiada para formar parte de los regalos que entregamos en navidad. Felizmente, las propuestas de literatura infantil son cada vez más variadas e interesantes, sólo se trata de no dejarnos atrapar , según dice la especialista francesa de literatura infantil, Genevieve Patte, por "libros que no son nada"; es decir por aquellos materiales que están despojados de toda poética, que no dejan huella en el lector y circulan en el mercado gracias a la publicidad; pero en su esencia son productos de consumo descartables.
Para ayudarlos a elegir los mejores libros, les enviamos algunas sugerencias que,a nuestro criterio, podrían formar parte de un menú de deliciosas lecturas navideñas y de "yapa", para comenzar el año con una sonrisa una ¡novedad imperdible! del autor Luis María Pescetti.

¡¡¡Qué los disfruten!!!.
Un clásico navideño...
Cartas de Papá Noel
R.R. Tolkien
Sugerido a partir de 7 años

R.R. Tolkien, creador de obras de alta fantasía, como ”El hobbit”, o la trilogía ”El Señor de los anillos”; también se divertía jugando con los personajes navideños. Cada mes de diciembre sus hijos, recibían una carta firmada por Papá Noel. Este personaje , inventado por el autor, tenía un ayudante, el Oso del Polo Norte, y su secretario personal el elfo Ilbereth. Los dos escribían a los niños para contarles las aventuras y peripecias padecidas por Papá Noel en su afán por viajar y llegar a tiempo con los regalos .
Cartas de Papá Noel es un compendio de preciosos y divertidos textos epistolares, al igual que las ilustraciones también creadas por J.R.R Tolkien.
Desde 1920 a 1939 no hubo ninguna navidad en que los hijos de R.R.Tolkien, no recibieran estas cartas llenas de ternura y de una inagotable fuente de imágenes, desplegadas con el inconfundible estilo de este maestro del género fantástico.

Uno de humor... bien argentino
Papanuel
Graciela B.Cabal /lustraciones: Horacio Gatto
Colección Los Caminadores. Ed.Sudamericana
Sugerido a partir de 8 años


Una historia familiar, que transcurre en el barrio de San Cristóbal. Los vecinos envidian y critican el pesebre maravilloso que todas las navidades arman la familia Cardoso. Un pesebre original y divertido, porque allí conviven el niño Jesús, los reyes magos, un gauchito de la pampa , un par de indios Siux y hasta un San Martin a caballo y por supuesto papá Cardoso.... convertido en “Papanuel “. Un cuento de navidad que nos permitirá evocar junto a los niños, nuestros recuerdos , costumbres y creencias a través del humor y la complicidad entre la ficción y la realidad cotidiana.

Una Novedad 2013
Unidos contra Drácula
Luis María Pescetti. Ilustraciones Poly Bernatene.
Editorial Alfaguara
Sugerido a partir de 9 años

Luis María Pescetti ya nos tiene acostumbrados a través de sus relatos y canciones a su mirada hiperabsurda, crítica e inteligente sobre las relaciones entre los niños y el mundo de los adultos.
"Unidos contra Drácula", es su último libro y está concebido en la misma línea que aquel otro libro imperdible "Nadie te creería". Este material , ideal para compartir entre niños y adultos es casi una antología de cuentos breves, poesías, diálogos y relatos que privilegian el juego con el lenguaje y el humor. Un ramillete de palabras inteligentes con pinceladas de de la mejor poesía del autor. No se lo pierdan !!!

Un regalo para compartir ...
Te mando
Luis María Pescetti
( Unidos contra Drácula )
Te mando un gran abrazo, dos estornudos, cuatro toses (...)
Te mando un te quiero.
Un siempre estaré
cuatro aquí estoy
cinco palmadas en tu hombro
un avión a ras del piso, un barco envuelto
un amor, un amor, un amor
que no te falte, ni que se deje atar.
No sé si coinciden las dos listas.
¿Anotaste?
No importa.

15 dic. 2013

Cómo captar la atención de los más pequeños

Todo buen cuentero debe superar un nada fácil desafío: captar la atención de su público. Y cuando el público está íntegramente compuesto por "esos locos bajitos" de atención dispersa, el desafío es doble. Por suerte, en el canal de YouTube Estrella Ratón Pérez nos enseñan técnicas para captar y mantener la atención de los más pequeños, como puede verse en el siguiente video:

14 dic. 2013

El ingrediente secreto

Llegada la hora del postre, Natalia se vino de la cocina trayendo orgullosa una gran fuente de vidrio repleta de un mar de crema blanca, ondulante, semi-sólida, bordeada por una línea de caramelo color cobre, y precedida por un característico aroma de ramitas de vainilla. Mi boca se hizo agua, como siempre ocurría a la llegada del sublime postre, sin importar lo abundante que hubiera sido el plato principal. Se trataba del famoso postre de crema de la tía Mercedes –Mecha, para la familia– del que yo era un fanático consumado. Ese fanatismo me había hecho acreedor vitalicio a una de las esquinas de la fuente, esas porciones privilegiadas con doble borde acaramelado.

“Te quedó casi tan rico como a mí”, le dijo Mecha a mi hermana mitad en broma, mitad en serio. Y Nati lo tomó como un cumplido, como un reconocimiento al esfuerzo que había puesto en copiar al dedillo la receta legendaria de la tía. Pero ese “casi” era innegable. Había algo que le faltaba. Algo sutil, indescriptible, pero que a los realmente fanáticos del legendario postre de crema nos permitía detectar cuándo la preparación había estado en manos de Mecha y cuándo en manos de alguna imitadora.

Al igual que Nati, otras cocineras de la familia intentaban imitar la creación culinaria de la tía Mecha, pero a pesar de que su inventora les detallaba con lujo de detalles los ingredientes y el procedimiento, a ninguna le quedaba igual. “No puede ser, tiene que haber algo que no nos estás diciendo”, se quejaban las imitadoras ante la diferencia en las versiones de unas y de otra. Pero Mecha insistía en que no, que no había secretos.

Siendo ya adulto y estando el recuerdo de ese postre cuidadosamente guardado entre las dulces memorias de mi infancia, confieso que tuve el privilegio de descubrir la verdad. Como suele ocurrir con estos descubrimientos, ocurrió por casualidad. Yo tendría unos cinco, seis años. Lo suficientemente poco como para pasar desapercibido mientras jugaba tranquilo con mis autos y mis muñequitos. En eso estaba yo, abocado a mis juegos en el piso de la cocina, mientras Mecha preparaba su famoso postre, asistida por la infaltable ayuda de Nati, quien, con apenas un par de años más que yo, ya demostraba su interés por la cocina.

A mitad de la preparación, Mecha mandó a su voluntariosa asistente al almacén a comprar algo que supuestamente se había olvidado. Al ausentarse Nati, y sin saber que yo la observaba, Mecha se subió a una silla y, estirándose todo lo que pudo, tomó de encima de una alacena una lata con más manchas de óxido que inscripciones legibles. Después de bajar de la silla, abrió la lata y sacó de ella una botellita pequeña, como de perfume, tapada con un corcho. Destapándola sólo un poco, roció apenas unas gotas del transparente contenido sobre el postre. Luego tapó la botella y la volvió a poner en la lata, para esconder ésta de nuevo encima de la alacena.

No le di ninguna trascendencia al hecho, ya que era muy poco lo que me importaba en comparación con el andar suave y veloz de los nuevos Matchbox que me habían regalado. Sin embargo, después de muchas mañanas de ocio lúdico transcurridas en el piso de la cocina, observé un patrón en el accionar de la tía cuando preparaba el postre de crema: siempre buscaba la forma de quedarse sola en la cocina por un rato, para utilizar el misterioso ingrediente contenido en la botella oculta dentro de la lata. Incluso, cuando fui un poco más grande y mi presencia no pasaba tan desapercibida, también buscó la forma de alejarme de la cocina durante los momentos clave de la preparación.

Un buen día cedí a la tentación de averiguar qué era el contenido de la misteriosa botella. Una tarde en que la totalidad de la familia dormía la siesta, me subí a la misma silla que usaba Mecha, extraje la botella de la lata y la examiné al trasluz. Su líquido contenido era completamente incoloro. Quité el corcho y acerqué el pico a mi nariz. Ningún olor emanaba de la botella. Finalmente me animé a probar el líquido, para descubrir con sorpresa que era también completamente insípido. No podía ser otra cosa que agua. Decepcionado por lo intrascendente de mi descubrimiento, guardé la botella y dejé todo como estaba, para que Mecha no supiera que había profanado su secreto.

Con el tiempo olvidé el asunto del ingrediente misterioso, hasta que un domingo, a la hora en que las religiosas de la familia –grupo que incluía a Mecha como líder y a mi mamá y a mi hermana como fieles acompañantes– volvían de la misa, se develó el misterio. Cuando Mecha estuvo sola en la cocina, y sin reparar en que yo la observaba desde el comedor a la vez que miraba la tele, sacó de su bolsillo una botellita llena de agua tapada por un corcho; era, sin lugar a dudas, la misma botella del ingrediente secreto. Se subió a la silla y la guardó en la latita escondida sobre la alacena. En sucesivos domingos pude observar que la tía siempre sacaba la botella semivacía de su escondite antes de la misa y la volvía a guardar después, llena hasta el tope. Tiempo después logré atar cabos y finalmente entendí el misterio del postre de crema.

Nunca lo divulgué, ya que respetaba el derecho de Mecha a mantener el secreto sobre la receta de su invención. Sin embargo, a partir de la revelación del misterio, pude disfrutar del exquisito postre de otra manera. Comprendí que ese ingrediente secreto no afectaba en forma alguna el sabor que se percibía con el paladar; sin embargo, ese mínimo aporte convertía al disfrute del postre en una experiencia religiosa, al darle un sabor que no se detectaba en la boca, sino que se saboreaba con el alma.

La respuesta al misterio del ingrediente secreto, en esta canción:



9 dic. 2013

El rey envidioso

Había una vez un rey muy apegado a sus bienes, a su castillo y a sus joyas. Vivía todo el tiempo preocupado y con miedo de que se los quitaran. Mientras hacía todo lo posible por mantener sus pertenencias a buen resguardo, veía que los pobres de su reino eran felices, y se preguntaba cómo ellos, que apenas tenían algo para comer, podían disfrutar de la vida. Entonces decidió disfrazarse de mendigo y mezclarse con los pobres para develar el misterio.

Salió de su castillo por unos túneles secretos que sólo él conocía, llevando su disfraz de mendigo bajo el brazo. Una vez que estuvo fuera, se puso el disfraz y dejó su vestimenta real escondida en unos arbustos. Comenzó a recorrer el pueblo y a mezclarse tímidamente entre los aldeanos, hasta que se sintió seguro de que nadie lo reconocía. Entonces llegó hasta una casa que le pareció de las más pobres del pueblo. Tocó la puerta y ésta enseguida se abrió. “Pasa, buen hombre”, dijo amablemente el dueño de casa. “No es mucho lo que tengo pero con gusto lo compartiré contigo”.

El dueño de casa era Enoch, el zapatero del pueblo, que hacía lo imposible por mantener en condiciones los desgastados zapatos de la gente, y la mayoría de las veces no cobraba nada a cambio, ya que sus clientes no tenían con qué pagarle.

El rey, después de aceptar las dádivas de su anfitrión, volvió presuroso a su castillo, pasando por sus túneles secretos y volviendo a ponerse el traje de rey. Enojado por la alegría con que vivían los pueblerinos –y, en particular, el pobre Enoch– decidió prohibir el oficio de zapatero en todo el reino.

Dejó pasar unos días y emprendió una nueva recorrida por sus dominios, otra vez disfrazado de mendigo. Al golpear la puerta de Enoch, este lo recibió aún más feliz que la primera vez. Lo invitó a pasar y compartió con él un vino y unos quesos que recién había comprado.

“¿Cómo es que has podido comprar estos manjares?”, preguntó el atónito rey. “Es que cuando se me prohibió ejercer el oficio de zapatero –explicó Enoch– tuve que salir a buscar otro empleo. Observé que mucha gente del pueblo, especialmente la gente mayor, debía hacer agotadores viajes hasta el arroyo, acarreando sus cubos y barriles, para proveerse de agua. Me ofrecí a ayudar, y mi ayuda fue tan bien recibida que me convertí en aguatero. Y la gente me lo agradece y me recompensa más que cuando simplemente arreglaba sus zapatos”.

Furioso, el rey volvió apresurado a su castillo a emitir un dictamen prohibiendo el trabajo de aguatero, confiando en que, con esta acción, le quitaría a Enoch esa felicidad que tanto le envidiaba.
Pasados unos días, hizo otra incursión al pueblo, para descubrir que Enoch estaba aún más feliz que antes. En el interior de su casa había una alegre congregación de personas con quienes el ex-zapatero compartía exquisitos manjares. Mientras el rey disfrazado de mendigo observaba atónito la celebración por la ventana, una pueblerina llamó su atención. “Señor, déjeme pasar que necesito dejarle al sastre unas prendas para que me arregle”. “¿Cuál sastre?”, preguntó el rey. “¡Enoch! –contestó la señora, sorprendida de que no lo conociera–. ¿No se ha enterado? Desde que le prohibieron trabajar de aguatero, se ha dedicado a la sastrería, y lo hace tan bien que el pueblo entero le encarga trabajos”.

Echando chispas, el rey volvió al castillo, con tanta prisa que olvidó cambiarse el disfraz de mendigo por el ropaje real. Los guardias, al verlo, lo confundieron con un pobre pueblerino, y sin escuchar sus protestas, lo echaron inmediatamente fuera del castillo. Tan mala era la suerte del rey, que cuando fue a buscar su vestimenta en los arbustos donde la había escondido, ésta había desaparecido.

Desconsolado, el rey comenzó a deambular por el pueblo sin rumbo fijo. Al pasar por la casa de Enoch, vio por la ventana cómo el ahora sastre confeccionaba unas prendas usando unas finísimas telas que reconocía bien: eran las que antes habían formado parte de su propia vestimenta.

Se sentó a lamentarse junto a la ventana de Enoch. Lo había perdido todo: su trono, su castillo, sus joyas… incluso sus ropas. Comprendió que el mismo miedo de perder sus pertenencias lo había llevado a que, efectivamente, las perdiera.



Enoch vio al pobre rey sentado junto a su ventana e inmediatamente lo invitó a pasar. Le ofreció, sin pedirle nada a cambio, confeccionarle unas prendas “que lo harían ver como un rey”, según sus propias palabras. Y no mintió: con sus nuevas prendas, el rey se veía mejor que nunca.

El monarca volvió al castillo luciendo gallardo su nueva ropa, y esta vez, los guardias sí lo reconocieron. Es más, le preguntaron qué le había ocurrido que se veía tan bien. “Es que he ido al pueblo en busca de un sastre que renovara mi vestimenta, y he encontrado al mejor del reino. Quiero que toda la corte contrate sus servicios para renovar su guardarropa, y que se lo recompense con total generosidad”.

Desde ese día, el rey no tuvo más miedo de perder sus pertenencias, por que comprendió que sus joyas, su castillo y todos sus bienes no valían nada en comparación con una riqueza mucho mayor, que nadie podría quitarle: la felicidad de dar.