1 oct. 2013

El descubrimiento de América

La travesía duró treinta y tres días. Impulsados por los vientos favorables del este, los tres barcos -la Santa María, la Niña y la Pinta- arribaron el 12 de octubre de 1492 a la isla de Guanahani -llamada por Cristóbal Colón San Salvador en la actualidad isla de Watling, en las Bahamas- después de que el marinero Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, diese el preceptivo grito de "¡Tierra!", ganándose los mil maravedíes que el rey Fernando había prometido al primero que viese las costas de Asia.

El almirante descendió a tierra con el notario real, el capellán y los oficiales; luego se arrodilló, dio gracias a Dios y con gran pompa tomó posesión de la isla en nombre de los Reyes Católicos, mientras grupos dispersos de indígenas, desnudos y aparentemente inofensivos, contemplaban con curiosidad a los recién llegados.

Colón escribiría: "Son tan ingenuos y tan generosos con lo que tienen que nadie lo creería de no haberlo visto. Si alguien quiere algo de lo que poseen, nunca dicen que no; al contrario, invitan a compartirlo y demuestran tanto cariño como si toda su alma fuera en ello..." Estas gentes fueron posteriormente identificadas como los indios tainos, una etnia desaparecida después. Ante ellos, el asombro de los navegantes fue considerable, pues hablaban un idioma completamente desconocido y pertenecían a una raza que no se parecía a ninguna de las descritas en los libros de los exploradores y antiguos cronistas, desde Herodoto hasta Marco Polo. Pero a nadie se le ocurrió pensar, por supuesto, que aquellas tierras no pertenecían a Asia.


En Argentina, se decidió que el 12 de octubre dejara de ser el Día de la Raza para llamarse el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Al respecto, el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió:



En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,
descubrieron que vivían en América,
descubrieron que estaban desnudos,
descubrieron que existía el pecado,
descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y
a un dios de otro cielo,
y que ese dios había inventado la culpa y el vestido
y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y
a la tierra y a la lluvia que la moja.

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