26 oct. 2013

E-books y e-autógrafos

Desde que empecé a leer libros electrónicos (o mejor, e-books, para ahorrar letras) me percaté de la única cosa que un libro en papel puede hacer y un e-book no: ostentar el autógrafo de su autor. El hecho de estar autografiado hace que el ejemplar del libro se convierta en único y obtenga un valor que no tienen los demás ejemplares, aunque sean idénticos.

Yo había pensado que para autografiar un e-book, el autor podía firmar con un marcador la pantallita del aparato lector de e-books (mejor denominado e-reader), pero eso tiene un problema: la firma del autor después aparece en libros de otros escritores; además, el hecho de que la firma esté siempre presente sobre la pantalla puede dificultar la lectura de los e-books.

Pero para mi alegría, hace poco me enteré de una noticia según la cual los e-books también podrían auografiarse. Resulta que la compañía Apple –la inventora de los iPhones, iPads y todas esas cosas– presento en la oficina de patentes de Estados Unidos un proyecto para poder realizar autógrafos originales en los e-books. La patente describe un e-book cualquiera con capacidad para escribir un autógrafo en él, y varias posibilidades para traspasarlo a otro dispositivo. Esto podría ser mediante Bluetooth en, por ejemplo, una firma de libros, donde el autor esté cerca del comprador, o mediante el uso de datos o una red wi-fi si no se encuentran cerca. Esta firma, en el caso de que el autor no se encuentre cerca del cliente, se quedaría guardada en la nube, con las credenciales que asegurarían la originalidad de la firma y luego se descargaría en el dispositivo del usuario.

Al analizar un poco mejor la noticia, mi alegría desapareció. Por que el sistema (según lo descripto) permitiría que el autor firme un ejemplar sin saber a quién se lo dará. El autor y el lector bien podrían no verse las caras jamás. Además, cualquiera podría obtener una copia del ejemplar firmado. Y el tema de la firma no es sólo tener el libro firmado; es la dedicatoria, y la sonrisa del autor cuando te devuelve el libro firmado, y el poder decirle “gracias”, no sólo por haberte regalado su autógrafo, sino por haber escrito una obra maravillosa.

Así que, señores tecnólogos, esfuércense un poco más. Piensen en cómo transmitir esos sentimientos entre autor y lector por una conexión “bluetooth” o “wi-fi” o lo que sea, y después hablamos.

17 oct. 2013

La madrastra de Blancanieves en el psicólogo

En varias ocasiones hemos imaginado cómo sería la vida de los personajes de los cuentos clásicos si vivieran en nuestro tiempo. Disney lo ha hecho en su película Encantada, y en ¡Puros cuentos! imaginamos cómo hubieran sido las aventuras de Caperucita si esta niña hubiese querido charlar con su abuela por chat en lugar de ir a visitarla. Tal como lo contamos en esa ocasión, en la sala de chat se habría topado con un lobo-abusador que la habría engañado haciéndole creer que su abuela la esperaba en una sala privada de chat.

En esta ocasión, se nos dio por imaginar cómo podría ser la vida de la madrastra de Blancanieves en el mundo actual.

Claramente la madrastra de Blancanieves es una mujer insegura, posiblemente con problemas de autoestima, por lo que constantemente debe chequear con el espejo si su belleza sigue intacta. ¿Qué haría una mujer así en nuestros tiempos? Sin lugar a dudas, concurriría frecuentemente a ver a un psicólogo a quien contarle sus problemas.

A continuación, el relato de la que bien podría ser una sesión de la madrastra con su sufrido psicólogo:

La madrastra de Blancanieves está en su sesión semanal de terapia psicológica. Se la ve notablemente alterada.

Psicólogo: Dígame, Su Majestad, ¿qué le anda pasando?
Madrastra: Me pasó algo terrible, doctor. Estaba hablando con mi espejo mágico, y le pregunté, como siempre, quién era la dama más bonita de reino. Y el espejo, que…
Psicólogo: Perdóneme que la interrumpa, Su Majestad, pero… ¿usted habla con el espejo?

Madrastra: Sí, siempre lo hago. Siempre lo hice. Generalmente le hago preguntas y él me contesta.
Psicólogo: Está bien, continúe, por favor, y discúlpeme la interrupción.
Madrastra: No hay cuidado. Como le iba diciendo, le pregunté al espejo quién era la dama más bonita del reino. Y el espejo, hasta hace poco, siempre me decía que era yo. Pero ayer… (sollozos) por primera vez me dijo otra cosa. Me dijo que la más bonita del reino era…
Psicólogo: ¿quién?
Madrastra: ¡Blancanieves! Esa perra arrastrada. ¿Cómo se le ocurre? Casi tiro el espejo por la ventana.
Psicólogo: ¿qué sintió usted cuando el espejo le dijo que Blancanieves era la más bonita?
Madrastra: sentí un odio feroz. Sentí la necesidad de matar a esa chiruza de piel blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y pelo negro como el ébano, para volver a ser yo la más bonita.
Psicólogo: Discúlpeme el atrevimiento, Su Majestad, pero ¿no le parece que esa furia puede ser fruto de su propia inseguridad? ¿Por qué tiene usted la necesidad de que el espejo le reafirme, día tras día, que usted es la más bonita del reino? Quizás Blancanieves no tiene nada que ver con esto. Tal vez lo que usted cree que dice el espejo es simplemente su miedo reprimido que aflora de una manera que usted no puede controlar, es decir, a través de una imagen en un espejo que, según lo que usted dice, cobra vida. Si me lo permite, Su Majestad, creo que usted está reprimiendo el temor de que el paso del tiempo le arrebate su belleza. Pero por más que lo reprima, ese miedo necesita surgir de alguna manera, y lo hace a través del odio, que usted canaliza hacia una persona inocente como Blancanieves. Debe aceptar su realidad. Debe centrarse en su belleza interior, la cual no se deteriora con el paso del tiempo. No importa que otra mujer sea más bonita físicamente, usted debe sonreír y cultivar la bondad, por que la belleza interior se manifiesta en sonrisas y en gestos afectuosos.
Madrastra: (llorando a mares) ¡Tiene toda la razón, doctor!
Psicólogo: ¿Y qué piensa hacer al respecto?
Madrastra: (recuperándose) No sé. Por lo pronto, voy a mandar a matar a esa atorranta, y usted déjese de decir idioteces, o lo mando matar también.

1 oct. 2013

El descubrimiento de América

La travesía duró treinta y tres días. Impulsados por los vientos favorables del este, los tres barcos -la Santa María, la Niña y la Pinta- arribaron el 12 de octubre de 1492 a la isla de Guanahani -llamada por Cristóbal Colón San Salvador en la actualidad isla de Watling, en las Bahamas- después de que el marinero Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, diese el preceptivo grito de "¡Tierra!", ganándose los mil maravedíes que el rey Fernando había prometido al primero que viese las costas de Asia.

El almirante descendió a tierra con el notario real, el capellán y los oficiales; luego se arrodilló, dio gracias a Dios y con gran pompa tomó posesión de la isla en nombre de los Reyes Católicos, mientras grupos dispersos de indígenas, desnudos y aparentemente inofensivos, contemplaban con curiosidad a los recién llegados.


Colón escribiría: "Son tan ingenuos y tan generosos con lo que tienen que nadie lo creería de no haberlo visto. Si alguien quiere algo de lo que poseen, nunca dicen que no; al contrario, invitan a compartirlo y demuestran tanto cariño como si toda su alma fuera en ello..." Estas gentes fueron posteriormente identificadas como los indios tainos, una etnia desaparecida después. Ante ellos, el asombro de los navegantes fue considerable, pues hablaban un idioma completamente desconocido y pertenecían a una raza que no se parecía a ninguna de las descritas en los libros de los exploradores y antiguos cronistas, desde Herodoto hasta Marco Polo. Pero a nadie se le ocurrió pensar, por supuesto, que aquellas tierras no pertenecían a Asia.


En Argentina, se decidió que el 12 de octubre dejara de ser el Día de la Raza para llamarse el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Al respecto, el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió:



En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,
descubrieron que vivían en América,
descubrieron que estaban desnudos,
descubrieron que existía el pecado,
descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y
a un dios de otro cielo,
y que ese dios había inventado la culpa y el vestido
y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y
a la tierra y a la lluvia que la moja.