27 jul. 2013

Don Fresquete, de María Elena Walsh

Un cuento de Doña María Elena, ideal para los fríos días invernales.

Había una vez un señor todo de nieve. Se llamaba Don Fresquete.
¿Este señor blanco había caído de la luna? –No.
¿Se había escapado de una heladería? –No, no, no.
Simplemente, lo habían fabricado los chicos, durante toda la tarde, poniendo bolita de nieve sobre bolita de nieve.
A las pocas horas, el montón de nieve se había convertido en Don Fresquete.
Y los chicos lo festejaron, bailando a su alrededor. Como hacían mucho escándalo, una abuela se asomó a la puerta para ver qué pasaba.
Y los chicos estaban cantando una canción que decía así:

“Se ha marchado Don Fresquete a volar en barrilete.”

Como todo el mundo sabe, los señores de nieve suelen quedarse quietitos en su lugar.
Como no tienen piernas, no saben caminar ni correr. Pero parece que Don Fresquete resultó ser un señor de nieve muy distinto.
Muy sinvergüenza, sí señor.
A la mañana siguiente, cuando los chicos se levantaron, corrieron a la ventana para decirle buenos días, pero... ¡Don Fresquete había desaparecido!
En el suelo, escrito con un dedo sobre la nieve, había un mensaje que decía:

“Se ha marchado Don Fresquete a volar en barrilete.”

Los chicos miraron hacia arriba y alcanzaron a ver, allá muy lejos, a Don Fresquete que volaba tan campante, prendido de la cola de un barrilete.
De repente parecía un ángel y de repente parecía una nube gorda.

¡Buen viaje, Don Fresquete!



La narración del cuento, por su autora:




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20 jul. 2013

Cuello duro, de Elsa Bornemann

Aaay! ¡No puedo mover el cuello! –gritó de repente la jirafa Caledonia.

Y era cierto: no podía moverlo ni para un costado ni para el otro; ni hacia adelante ni hacia atrás... Su larguísimo cuello parecía almidonado.

Caledonia se puso a llorar. Sus lágrimas cayeron sobre una flor. Sobre la flor estaba sentada una abejita.

–¡Llueve! –exclamó la abejita. Y miró hacia arriba. Entonces vio a la jirafa.
–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando?
–¡Buaaa! ¡No puedo mover el cuello!
–Quedate tranquila. Iré a buscar a la doctora doña vaca.

Y la abejita salió volando hacia el consultorio de la vaca. Justo en ese momento, la vaca estaba durmiendo sobre la camilla. Al llegar a su consultorio,la abejita se le paró en la oreja y –Bsss... Bsss... Bsss...– le contó lo que le pasaba a la jirafa.

–¡Por fin una que se enferma! –dijo la vaca, desperezándose–. Enseguida voy a curarla. Entonces se puso su delantal y su gorrito blancos y fue a la casa de la jirafa, caminando como sonámbula sobre sus tacos altos.
–Hay que darle masajes –aseguró más tarde, cuando vio a la jirafa–. Pero yo sola no puedo. Necesito ayuda. Su cuello es muy largo. Entonces bostezó:
–¡Muuuuuuaaa!– y llamó al burrito. Justo en ese momento, el burrito estaba lavándose los dientes. Sin tragar el agua del buche debido al apuro, se subió en dos patas arriba de la vaca.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

–Nosotros dos solos no podemos –dijo la vaca.

Entonces, el burrito hizo gárgaras y así llamó al cordero. Justo en ese momento, el cordero estaba mascando un chicle de pastito. Casi ahogado por salir corriendo, se subió en dos patas arriba del burrito.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

–Nosotros tres solos no podemos –dijo la vaca. Entonces, el cordero tosió y así llamó al perro. Justo en ese momento, el perro estaba saboreando su cuarta copa de sidra. Bebiéndola rapidito, se subió en dos patas arriba del cordero.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

–Nosotros cuatro solos no podemos –dijo la vaca.

Entonces, al perro le dio hipo y así llamó a la gata. Justo en ese momento, la gata estaba oliendo un perfume de pimienta. Con la nariz llena de cosquillas, se subió en dos patas arriba del perro.

¡Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear!

–Nosotros cinco solos no podemos –dijo la vaca.

Entonces, la gata estornudó y así llamó a don Conejo. Justo en ese momento, don conejo estaba jugando a los dados con su coneja y sus conejitos.

Por eso se apareció con la familia entera: su esposa y los veinticuatro hijitos en fila. Y todos ellos se treparon ligerito, saltando de la vaca al burrito, del burrito al cordero, del cordero al perro y del perro a la gata. Después, don Conejo se acomodó en dos patas arriba de la gata. Y sobre don conejo se acomodó su señora, y más arriba también –uno encima del otro– los veinticuatro conejitos.


–¡Ahora sí que podemos empezar con los masajes! –gritó la vaca–. ¿Están listos muchachos?
–¡Sí, doctora! –contestaron los treinta animalitos al mismo tiempo.
–¡A la una... a las dos... y a las tres!

Y todos juntos comenzaron a masajear el cuello de la jirafa Caledonia al compás de una zamba, porque la vaca dijo que la música también era un buen remedio para curar dolores. Y así fue como –al rato– la jirafa pudo mover su larguísimo cuello otra vez.

–¡Gracias, amigos! –les dijo contenta–. Ya pueden bajarse todos.

Pero no, señor. Ninguno se movió de su lugar. Les gustaba mucho ser equilibristas. Y entonces –tal como estaban, uno encima del otro– la vaca los fue llevando a cada uno a su casa. Claro que los primeros que tuvieron que bajarse fueron los conejitos, para que los demás no perdieran el equilibrio... Después se bajó la gata; más adelante el perro; luego el cordero y por último el burro. Y la doctora vaca volvió a su consultorio, caminando muy oronda sobre sus tacos altos. Pero ni bien llegó, se quitó los zapatos, el delantal y el gorrito blancos y se echó a dormir sobre la camilla. ¡Estaba cansadísima!


Este cuento forma parte del libro Lisa de los Paraguas

Lisa de los paraguas. De Elsa Borneman. Un conjunto de quince cuentos que hablan de diversos personajes como Lisa, una pequeña niña que ama la lluvia; la jirafa Caledonia; el ratón/pintor García; Alegro, el perro ovejero; Manón, el gato blanco, y muchos más.

¡Gracias Elsa por este cuento que destaca los valores de la amistad!




9 jul. 2013

Metegol: los muñequitos de plomo cobran vida

Metegol es una película de animación que no proviene de Disney, ni de Pixar, ni de ningún estudio de Hollywood, y cuenta una historia con la que se identificarán muchos chicos argentinos -y por qué no uruguayos, aunque ellos mejor lo llamarían futbolito- que disfrutan pegándole a una pelotita con unos muñequitos de plomo adheridos a un palo giratorio.

La historia es más o menos así:

Amadeo vive en un pueblo pequeño y anónimo. Trabaja en un bar, juega al metegol mejor que nadie y está enamorado de Laura, aunque ella no lo sabe.
Su rutina sencilla se desmorona cuando Grosso, un joven del pueblo convertido en el mejor futbolista del mundo, vuelve dispuesto a vengarse de la única derrota que sufrió en su vida. Con el metegol, el bar y hasta su alma destruidas, Amadeo descubre algo mágico: los jugadores de su querido metegol hablan ¡y mucho! Juntos se embarcarán en un viaje lleno de aventuras para salvar a Laura y al pueblo y en el camino convertirse en un verdadero equipo. Pero, ¿hay en el fútbol lugar para los milagros?

El director de la película, Juan José Campanella, describe de la siguiente forma a los personajes:


Nuestros protagonistas descubren tras varios años de rutina que deberán poner el cuerpo y enfrentarse a un nuevo mundo con reglas muy distintas a las conocidas. Amadeo, un chico retraído pero virtuoso, dejará la vida segura de los controles de su juego favorito, y se pondrá al frente de un equipo de locos dispuestos a recuperar su pueblo, pero sobre todo, la dignidad. El Capi, un dogmático del fútbol y de la vida forjado a plomo y de 20 centímetros de estatura, recorrerá un camino inverso. Su sabiduría es infalible dentro del perímetro en el que supo enfrentar a sus eternos rivales durante décadas. Pero fuera de la cancha las cosas son diferentes y los códigos del fútbol no siempre funcionan. Así, El Capi y sus secuaces acostumbrados a poner el pecho a las situaciones más complicadas, invertirán los roles con Amadeo y pasarán a estar ellos en los controles.

El amor y la locura, de Mario Benedetti

Compartimos este breve cuento del genial Mario Benedetti, en donde los sentimientos y las emociones se ven personificados.

Para lectoras y lectores de 8 años en adelante.

El amor y la locura de Mario BenedettiCuenta la leyenda que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso:

–¿Jugamos al escondite?

La Intriga se levantó con los ojos fruncidos, y la Curiosidad sin poder contenerse preguntó:

–¿Al escondite? ¿Y cómo es eso?

Es un juego –explicó la Locura– en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden y, cuando yo haya terminado de contar, el primero de ustedes que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego.

El Entusiasmo se halló secundado por la Euroia. La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda, e incluso a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La Verdad prefirió no esconderse; ¿para qué? Si al final siempre le hallaban. La Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo, lo que le molestaba era que la idea no había sido suya), y La Cobardía prefirió no arriesgarse.

–Uno, dos, tres…. comenzó a contar la Locura.

La primera en esconderse fue la Pereza, que como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.

La Generosidad, casi no alcanzaba a esconderse; cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: ¿qué si un lago cirstalino? ¡es ideal para la Belleza! ¿qué si la rendija de un árbol? ¡perfecto para la Timidez! ¿qué si el vuelo de una mariposa? ¡lo mejor para la Voluptuosidad! ¿qué si una ráfaga de viento? ¡magnífico para la Libertad! Así que terminó por ocultarse en un rayito de sol. El Egoismo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo... eso sí, sólo para él.

La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris); y La Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes, el Olvido.. ¡se me olvidó donde se escondió! Pero no es lo importante.

Cuando la Locura contaba 999999, el Amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

–¡Un millón! –contó la Locura y comenzó a buscar.


La primera en aparecer fue la Pereza, sólo a tres pasos de la piedra. Después escuchó a la Fe discutiendo con Dios en el cielo sobre zoología, y a la Pasión y al Deseo los sintió en el vibrar de los volcanes.

En un descuido encontró a la Envidia, y claro, pudo deducir dónde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo; él solito salió desesperado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed y al acercarse al algo descubrió a la Belleza. Y con la Duda resultó más fácil todavía pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún en que lado esconderse.

Así fue encontrando a todos: el Talento entre la hierba fresca, la Angustia en una oscura cueva, la Mentira detrás del arco iris... (¡Mentira, ella estaba en el fondo del océano!), y hasta el Olvido, al que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Pero sólo el Amor no aparecía por ningún sitio.


La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y, cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal y sus rosas... Y tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido en los ojos al Amor y la Locura no sabía que hacer para disculparse; lloró, rogó, pidió perdón, y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra, el amor es ciego y la locura siempre, siempre lo acompaña.

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4 jul. 2013

Historia de la Rayuela

La rayuela es un juego de iniciación infantil, que representa el conocimiento de uno mismo, de donde provienen el juego del laberinto, la petanca y el juego de la oca.

El inventor de la rayuela quiso reflejar en el juego la vida misma, con el nacimiento, el crecimiento, los problemas y dificultades, la muerte y la meta final, el cielo. Por eso, en algunos países pintan un primer cuadrado que precede al número 1 donde escriben el nombre de Tierra y un último cuadrado después del 7 y el 8 al que llaman el Cielo, donde se puede descansar y apoyar los dos pies. Existen muchas versiones de la rayuela. Hay diferentes formas de pintarla en el suelo pero la más común es esta:

Se pinta un cuadrado con el número 1 dentro, luego otro cuadrado con el 2, otro con el 3, intentando que sean más o menos iguales. En el cuarto piso de la rayuela se pintan dos casillas, una con el número 4 y a su lado otra con el 5. La casilla superior la ocupa el 6 y las dos últimas son también casillas dobles con los números 7 y 8.

El juego comienza tirando una piedra pequeña en el cuadrado número 1, intentando que la piedra caiga dentro del cuadrado sin tocar las rayas externas. Se comienza a recorrer la rayuela a pata coja sin pisar las rayas, guardando el equilibrio hasta que se llega al cuarto piso donde hay dos casillas y podemos apoyar los dos pies. Seguimos el número 6 a pata coja y nuevamente en el 7 y el 8 apoyamos los dos pies. Ahora hay que volver al número 1. Debemos saltar y darnos la vuelta sin pisar las rayas y deshacer el mismo camino hasta el número 1 donde nos agacharemos a por la piedra sin apoyar el otro pie.

Si no hemos pisado raya continuamos el juego ahora tirando la piedra en la casilla número 2 y repitiendo lo mismo. Si la piedra no cayera en la casilla número 2 o tocara raya pasaría el turno al siguiente jugador. El objetivo es tirar la piedra en las demás casillas sucesivamente. Quien acabe antes la ronda del 8 gana.

Este juego es muy sencillo, ayuda a que los niños desarrollen la coordinación viso-motora. Se cree que este juego se desarrolló en la Europa renacentista y que la temática está basada en el libro La divina comedia de Dante Alighieri, obra en la cual el personaje, cuando sale del Purgatorio y quiere alcanzar el Paraíso, tiene que atravesar una serie de nueve mundos hasta lograrlo. El jugador actúa a modo de ficha. Debe saltar de casilla en casilla, a la pata coja, empujando la piedra que se suponía representaba su alma. Partía de la Tierra para conseguir el Cielo (Urano), vigilando no caerse en el pozo o en el Infierno (Plutón) durante su recorrido. En ningún caso la piedra debía pararse sobre una línea, ya que, de la Tierra al Cielo, no hay fronteras ni zonas de demarcación, ni separaciones, ni descanso.


La Rayuela según Cortázar (fragmento del capítulo 36 del libro homónimo)

"La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato .   Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas  y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo, lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia se olvida que para llegar al Cielo se necesitan como ingredientes una piedrita y la punta de un zapato."