10 may. 2013

El vendedor de poemas

Mauricio trabajaba de mozo en el bar del pueblo. Aunque estaba contento con su trabajo, él quería ser poeta. En sus ratos libres escribía poesía, y soñaba con que alguna editorial publicara algún día sus obras para que miles de personas las leyeran. En más de una ocasión había llevado sus manuscritos a editoriales para ver si les interesaban para pu
blicar. Pero éstas siempre contestaban: “si nos interesa lo llamaremos”. Y nunca llamaban.

Resignado, ponía todo su empeño en el trabajo de servir mesas, y de vez en cuando escribía algunos versos en el pizarrón del bar, para después borrarlos y en su lugar escribir los platos del día.

Un día Mauricio estaba tranquilamente en el jardín de su casa, regando las plantas, cuando un señor de sombrero rojo que pasaba por la vereda se detuvo a hablarle.

–Buenas tardes Mauricio.
–Buenas tardes –contestó Mauricio cortésmente.
–Me dijeron que usted escribe poesía…
–Bueno sí, es cierto, en mis ratos libres escribo…
–¿A cuánto tiene el poema? –lo interrumpió el señor.
–¿Cómo? –preguntó Mauricio, desconcertado.
–Que cuánto cuesta cada uno –aclaró el hombre.

Mauricio apoyó la regadera y se rascó la cabeza.

–No sé, es que yo en realidad no los vendo …
–Vamos, ¿usted es poeta, no?
–Sí, bueno, quiero serlo.
–¿Cómo? ¿Escribe poesía o no? –preguntó el hombre, empezando a dar muestras de impaciencia.
–Sí, sí, escribo.
–Entonces es poeta.
–Está bien, digamos que sí.
–Bueno, mire. Usted  es poeta, yo quiero comprar poemas, entonces le estoy pidiendo que me venda algunos, ¿puede ser?

Mauricio no pudo refutar esa lógica y tuvo que aceptar.

–Entonces, dígame –le preguntó al interesado comprador–. ¿Quiere que traten sobre algún tema en especial? ¿Son para la mujer amada, para regalarle a algún amigo o familiar…?
–No, no, no tengo preferencia sobre los temas. Elija los que usted quiera. Eso sí, dígame cuánto cuestan así veo cuántos le puedo encargar.
–Veinte pesos cada uno –dijo sin dudar Mauricio, de la misma forma en que podría haber dicho cien o quinientos.
–Bueno, entonces le encargo cinco. ¿Para cuándo me los puede tener?
–A ver, hoy es lunes… pásese el miércoles por la tarde, ahí se los voy a tener.

Mauricio no salía de su asombro. Pero una cosa era cierta: tenía su primer trabajo como escritor profesional, aunque fuera una tarea modesta (o no, al fin y al cabo, escribir cinco poemas no es poca cosa), y eso lo entusiasmaba bastante. Dejó el regado de plantas para después y fue a sentarse a la mesa del comedor con un papel y un lápiz, para empezar a trabajar en sus poemas.

Miró a su alrededor en busca de inspiración, dejando que su ojo de artista captara las sensaciones que el ojo común no ve. Notó que, por ser otoño, la luz de la tarde daba un tono melancólico a su cocina que en otros momentos no tenía. En seguida, una andanada de versos melancólicos comenzaron a aparecer en su mente, y se apuró a pasarlos al papel. Un rato después ya tenía su primer poema terminado.

Al día siguiente, al salir temprano de su casa para ir a trabajar al bar, vio una mamá apurada llevando de la mano a una bandada de chicos con guardapolvos y mochilas, que a duras penas lograban seguirle el paso. Eso le desencadenó otro arranque de inspiración; tuvo que entrar de vuelta a su casa, sentarse otra vez en el comedor y escribir. Esa mañana llegó tarde al trabajo, pero al menos tenía su segundo poema terminado.

Otros arranques de inspiración lo atacaron en los momentos menos esperados: mientras estaba sirviendo una mesa, mientras estaba lavando copas, y el último lo despertó a mitad de la noche. En todos esos momentos, Mauricio debió dejar lo que estuviera haciendo y ponerse a escribir.

El miércoles a la tarde, tal como había prometido, los cinco poemas estaban terminados. Mauricio los entregó a su comprador a cambio de cien pesos y de la promesa de decirle si le gustaban. Hasta le dio garantía: si no le gustaban, le devolvería el dinero.

Al poco tiempo, otro señor que pasaba por la vereda interrumpió la tarea de Mauricio de regar las plantas.

–Buenas tardes Mauricio.
–Buenas tardes.
–Soy amigo de Gerardo, un señor de sombrero rojo que hace poco le compró unos poemas. Me pidió que le dijera que le gustaron mucho, y además quería encargarle algunos para mí, ¿puede ser?

Feliz con la noticia, Mauricio decidió adoptar una actitud profesional y, sacando una libreta para anotar, le preguntó al hombre cuántos poemas quería y para cuándo.

La noticia del poeta por encargo corrió de boca en boca, y Mauricio cada vez tenía más clientes. Finalmente tuvo que dejar su trabajo de mozo e instalar un puesto de venta en la puerta de su casa con un cartel que decía “Poesías caseras”.

Mauricio se sentaba a atender su expendio de poemas artesanales y cada tanto cambiaba un cartelito que decía cuál era el tema del día. Decía, por ejemplo, “Hoy: romance”. O sino, “Hoy: las aves y la naturaleza”.

Una vez llegó al puesto de Mauricio un señor con aires de importante, que bajó de un auto también importante. Luego de recorrer íntegramente el puesto con la mirada, dijo:

–Me dijeron que usted escribe poesía.
–Así es –respondió Mauricio. ¿Quiere encargarme algunas?
–Más que eso –contestó dándole al poeta una tarjeta personal–. Quiero publicar un libro con su poesía. Soy empresario de una importante editorial de la ciudad.

Mauricio miró alternativamente la tarjeta y la cara del hombre. Quedó mudo y pensativo por unos instantes. Publicar un libro con sus poesías… era algo con lo que había soñado durante años. Pero después miró el puesto que había montado, los carteles, la gente que venía especialmente a encargarle poesías… si iba a trabajar en un libro, debería dejar atrás todo eso.

Finalmente Mauricio devolvió la tarjeta al señor importante y le agradeció por la oferta, pero le dijo que no podía aceptarla.

–Sabe, me di cuenta –explicó Mauricio al empresario– de que la poesía pierde su esencia cuando se la envasa en un libro. Prefiero que mi poesía siga siendo casera, artesanal, y entregarla yo mismo en las manos de quien me la pide.

El empresario aceptó con algo de tristeza la negativa, pero ante la contundencia de los argumentos, no le quedó más remedio que subirse a su auto y partir hacia otros rumbos. Mientras tanto, Mauricio cambiaba el cartelito con los especiales del día. El nuevo cartelito decía: “Hoy: la imposibilidad de encerrar al arte”.

eresaban para publicar. Pero éstas siempre contestaban: “si nos interesa lo llamaremos”. Y nunca llamaban.