25 may. 2013

Un elefante ocupa mucho espacio

Elsa Borneman


Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar "en elefante", esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.

-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula. -¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!

La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:

-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas...
-¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?
-Tú has nacido bajo la lona del circo... -le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera... Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad...
-¿Se puede saber para qué hacemos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.
-¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga general...)
-Bah... Pamplinas... -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?
-Sí -aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete -y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.

Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas... (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped...)

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:

-Los animales están sueltos!- gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.
-¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.
-¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!
-¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.
-¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:

-¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!
-¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan!

-¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! - gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:
-... Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán... porque... o nos envían de regreso a nuestras selvas... o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: En uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor... porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio...

20 may. 2013

Premio para autores españoles de poesía infantil


Poetas españoles, a sus máquinas de escribir (o computadoras, papel y lápiz, o lo que prefieran): la concejalía de Educación del Ayuntamiento de Orihuela, en colaboración con Faktoría K de Libros, ofrecen un premio de 5.000 euros en concepto de anticipo para la posterior publicación de la obra ganadora.

Toda la información sobre este certámen, aquí.

10 may. 2013

El vendedor de poemas

Mauricio trabajaba de mozo en el bar del pueblo. Aunque estaba contento con su trabajo, él quería ser poeta. En sus ratos libres escribía poesía, y soñaba con que alguna editorial publicara algún día sus obras para que miles de personas las leyeran. En más de una ocasión había llevado sus manuscritos a editoriales para ver si les interesaban para pu
blicar. Pero éstas siempre contestaban: “si nos interesa lo llamaremos”. Y nunca llamaban.

Resignado, ponía todo su empeño en el trabajo de servir mesas, y de vez en cuando escribía algunos versos en el pizarrón del bar, para después borrarlos y en su lugar escribir los platos del día.

Un día Mauricio estaba tranquilamente en el jardín de su casa, regando las plantas, cuando un señor de sombrero rojo que pasaba por la vereda se detuvo a hablarle.

–Buenas tardes Mauricio.
–Buenas tardes –contestó Mauricio cortésmente.
–Me dijeron que usted escribe poesía…
–Bueno sí, es cierto, en mis ratos libres escribo…
–¿A cuánto tiene el poema? –lo interrumpió el señor.
–¿Cómo? –preguntó Mauricio, desconcertado.
–Que cuánto cuesta cada uno –aclaró el hombre.

Mauricio apoyó la regadera y se rascó la cabeza.

–No sé, es que yo en realidad no los vendo …
–Vamos, ¿usted es poeta, no?
–Sí, bueno, quiero serlo.
–¿Cómo? ¿Escribe poesía o no? –preguntó el hombre, empezando a dar muestras de impaciencia.
–Sí, sí, escribo.
–Entonces es poeta.
–Está bien, digamos que sí.
–Bueno, mire. Usted  es poeta, yo quiero comprar poemas, entonces le estoy pidiendo que me venda algunos, ¿puede ser?

Mauricio no pudo refutar esa lógica y tuvo que aceptar.

–Entonces, dígame –le preguntó al interesado comprador–. ¿Quiere que traten sobre algún tema en especial? ¿Son para la mujer amada, para regalarle a algún amigo o familiar…?
–No, no, no tengo preferencia sobre los temas. Elija los que usted quiera. Eso sí, dígame cuánto cuestan así veo cuántos le puedo encargar.
–Veinte pesos cada uno –dijo sin dudar Mauricio, de la misma forma en que podría haber dicho cien o quinientos.
–Bueno, entonces le encargo cinco. ¿Para cuándo me los puede tener?
–A ver, hoy es lunes… pásese el miércoles por la tarde, ahí se los voy a tener.

Mauricio no salía de su asombro. Pero una cosa era cierta: tenía su primer trabajo como escritor profesional, aunque fuera una tarea modesta (o no, al fin y al cabo, escribir cinco poemas no es poca cosa), y eso lo entusiasmaba bastante. Dejó el regado de plantas para después y fue a sentarse a la mesa del comedor con un papel y un lápiz, para empezar a trabajar en sus poemas.

Miró a su alrededor en busca de inspiración, dejando que su ojo de artista captara las sensaciones que el ojo común no ve. Notó que, por ser otoño, la luz de la tarde daba un tono melancólico a su cocina que en otros momentos no tenía. En seguida, una andanada de versos melancólicos comenzaron a aparecer en su mente, y se apuró a pasarlos al papel. Un rato después ya tenía su primer poema terminado.

Al día siguiente, al salir temprano de su casa para ir a trabajar al bar, vio una mamá apurada llevando de la mano a una bandada de chicos con guardapolvos y mochilas, que a duras penas lograban seguirle el paso. Eso le desencadenó otro arranque de inspiración; tuvo que entrar de vuelta a su casa, sentarse otra vez en el comedor y escribir. Esa mañana llegó tarde al trabajo, pero al menos tenía su segundo poema terminado.

Otros arranques de inspiración lo atacaron en los momentos menos esperados: mientras estaba sirviendo una mesa, mientras estaba lavando copas, y el último lo despertó a mitad de la noche. En todos esos momentos, Mauricio debió dejar lo que estuviera haciendo y ponerse a escribir.

El miércoles a la tarde, tal como había prometido, los cinco poemas estaban terminados. Mauricio los entregó a su comprador a cambio de cien pesos y de la promesa de decirle si le gustaban. Hasta le dio garantía: si no le gustaban, le devolvería el dinero.

Al poco tiempo, otro señor que pasaba por la vereda interrumpió la tarea de Mauricio de regar las plantas.

–Buenas tardes Mauricio.
–Buenas tardes.
–Soy amigo de Gerardo, un señor de sombrero rojo que hace poco le compró unos poemas. Me pidió que le dijera que le gustaron mucho, y además quería encargarle algunos para mí, ¿puede ser?

Feliz con la noticia, Mauricio decidió adoptar una actitud profesional y, sacando una libreta para anotar, le preguntó al hombre cuántos poemas quería y para cuándo.

La noticia del poeta por encargo corrió de boca en boca, y Mauricio cada vez tenía más clientes. Finalmente tuvo que dejar su trabajo de mozo e instalar un puesto de venta en la puerta de su casa con un cartel que decía “Poesías caseras”.

Mauricio se sentaba a atender su expendio de poemas artesanales y cada tanto cambiaba un cartelito que decía cuál era el tema del día. Decía, por ejemplo, “Hoy: romance”. O sino, “Hoy: las aves y la naturaleza”.

Una vez llegó al puesto de Mauricio un señor con aires de importante, que bajó de un auto también importante. Luego de recorrer íntegramente el puesto con la mirada, dijo:

–Me dijeron que usted escribe poesía.
–Así es –respondió Mauricio. ¿Quiere encargarme algunas?
–Más que eso –contestó dándole al poeta una tarjeta personal–. Quiero publicar un libro con su poesía. Soy empresario de una importante editorial de la ciudad.

Mauricio miró alternativamente la tarjeta y la cara del hombre. Quedó mudo y pensativo por unos instantes. Publicar un libro con sus poesías… era algo con lo que había soñado durante años. Pero después miró el puesto que había montado, los carteles, la gente que venía especialmente a encargarle poesías… si iba a trabajar en un libro, debería dejar atrás todo eso.

Finalmente Mauricio devolvió la tarjeta al señor importante y le agradeció por la oferta, pero le dijo que no podía aceptarla.

–Sabe, me di cuenta –explicó Mauricio al empresario– de que la poesía pierde su esencia cuando se la envasa en un libro. Prefiero que mi poesía siga siendo casera, artesanal, y entregarla yo mismo en las manos de quien me la pide.

El empresario aceptó con algo de tristeza la negativa, pero ante la contundencia de los argumentos, no le quedó más remedio que subirse a su auto y partir hacia otros rumbos. Mientras tanto, Mauricio cambiaba el cartelito con los especiales del día. El nuevo cartelito decía: “Hoy: la imposibilidad de encerrar al arte”.

eresaban para publicar. Pero éstas siempre contestaban: “si nos interesa lo llamaremos”. Y nunca llamaban.