30 jun. 2012

100 años del nacimiento de Saint-Exupéry

Ayer se cumplieron 112 años del nacimiento de Antoine de Saint-Exupéry. Para recordarlo, un diálogo extraído de “El principito”:

–¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
–Me sirve para ser rico.
–¿Y de qué te sirve ser rico?
–Me sirve para comprar más estrellas.




16 jun. 2012

El sol y el viento

A buena altura sobre el bosque y ocultos detrás de la densa pantalla de las nubes, el sol y el viento seguían su discusión, que sostenían desde tiempo inmemorial, sobre cuál de los dos era el más fuerte.

–¡Claro que soy yo! –insistió el sol–. Mis rayos son tan poderosos que puedo chamuscar la Tierra hasta reducirla a negra yesca reseca.

–Sí, pero yo puedo inflar mis mejillas y soplar hasta que se derrumben las montañas, se astillen las casas convirtiéndose en leña y se desarraiguen los grandes árboles del bosque.

–Pero yo puedo incendiar los bosques con el calor de mis rayos –dijo el sol. –y yo, hacer girar la vieja bola de la Tierra con un solo soplo –insistió el viento.

Mientras estaban sentados disputando detrás de la nube, y cada uno de ellos profería sus jactancias, salió del bosque un granjero. Vestía un grueso abrigo de lana y tenía calado sobre las orejas un sombrero.

–¡Te diré lo que vamos a hacer! –dijo el sol–. El que pueda, de nosotros dos, arrancarle el abrigo de la espalda al granjero, habrá probado ser el más fuerte. –¡Espléndido! –bramó el viento y tomó aliento e hinchó las mejillas como si fueran dos globos.

Luego, sopló con fuerza... y sopló... y sopló. Los árboles del bosque se balancearon. Hasta el gran olmo se inclinó ante el viento, cuando éste lo golpeó sin piedad. El mar formó grandes crestas en sus ondas, y los animales del bosque se ocultaron de la terrible borrasca.

El granjero se levantó el cuello del abrigo, se lo ajustó más y siguió avanzando trabajosamente.


Sin aliento ya, el viento se rindió, desencantado. Luego, el sol asomó por detrás de la nube. Cuando vio la castigada tierra, navegó por el cielo y miró con rostro cordial y sonriente al bosque que estaba allá abajo. Hubo una gran serenidad y todos los animales salieron de sus escondites. La tortuga se arrastró sobre la roca que quemaba, y las ovejas se acurrucaron en la tierna hierba.

El granjero alzó los ojos, vio el sonriente rostro del sol y, con un suspiro de alivio, se quitó el abrigo y siguió andando ágilmente.

–Ya lo ves –dijo el sol al viento– A veces, quien vence es la dulzura.

10 jun. 2012

Soñador veloz

A Juanchi le gustaban mucho las carreras de autos. Mucho, mucho muchísimo, tanto que ya tenía un disfraz de corredor con casco y todo.

El asunto había comenzado con el papá de Juanchi, que veía la Fórmula 1 todos los domingos y, desde que Juanchi era bebito, lo acompañó en su fanatismo, volviéndose fanático él también.

Desayunaban en frente de la tele, sentados en el sillón, llenándolo de migas y azúcar de las facturas y haciendo enojar a la mamá de Juanchi. A pesar de todo, ellos disfrutaban de su tradición. Y, cuando la carrera terminaba, Juanchi se iba a jugar a su cuarto con las pistas y los autos, no sin antes hacerle unos mimos a su mamá para que se le cambie el ceño fruncido. “Sólo mimos, porque de limpiar, ¡nada!”, protestaba la mamá para sí misma, mientras recibía los besos de Juanchi.

En la familia ya pensaban que el tema de las carreras, con disfraz incluido, era un poquito exagerado; pero también decían que seguramente era una etapa pasajera.

“Los chicos son así”, comentaba el abuelo. “Hoy les gusta una cosa y mañana otra”.

La cosa es que a Juanchi no le cambiaban los gustos y así siguió jugando hasta que un día pensó: “¡Eso es, cuando sea grande voy a ser corredor de autos! ¡Sííí!”, gritó de alegría para sí mismo, como gritamos todos en nuestras cabezas al hacer un gran descubrimiento.

Así fue que reunió a su familia y les contó de su gran idea, que lamentablemente no fue tomada tan bien como él hubiese esperado. Sus papás no dijeron nada, pero se quedaron mirándolo con la boca abierta. Los abuelos, viendo que los padres no decían nada, intervinieron al grito de: “¡Eso es una locura!”, seguido de: “¡Esas carreras son muy peligrosas, cómo se te ocurre!”.


El pobre Juanchi, que había creído tener una idea genial, de pronto se vio rodeado de caras preocupadas y gestos amargos.

De repente, no quiso escuchar más y, con la cabeza baja, se fue a su cuarto a jugar a desgano con las pistas y los autos. Pensó: “¡Ufa! Yo creí que a todos les iba a gustar mi idea. Y ahora, ¿qué voy a hacer cuando sea grande?”.

Jugando con el muñequito de un personaje de la tele, tuvo otra idea, y esta vez sí que su familia estaría de acuerdo.

Fue corriendo desde su cuarto hasta el living donde estaban todos tomando mate y los sorprendió diciendo: “Ya no se preocupen, no quiero ser más corredor de autos”.

Los abuelos, papás y tíos suspiraron al mismo tiempo, aliviados. “Vieron, es lo que yo decía”, agregó el abuelo. “A los chicos hoy les gusta una cosa y mañana otra”.

Entonces Juanchi terminó gritando: “¡Quiero ser corredor de motos!”.