24 mar. 2012

Los vikingos que no querían dormir

n un campamento apostado cerca de la playa, unos vikingos reunidos en torno a un fogón contaban historias de sus aventuras y sus conquistas bajo un cielo iluminado por una luna llena y luminosa.

“En una ocasión, tuve que pelear yo solo contra un fiero dragón, diez veces más grande que yo, y después de horas de batalla logré ahuyentarlo”, contaba Olaf, mientras mostraba orgulloso una amplia zona de su cabeza que carecía de cabello. “¿Ustedes creían que yo era pelado? ¡Pues no, una lengua de fuego escupida por aquella terrible bestia arrasó con la mayor parte de mi cabellera!”.

“Eso no es nada”, contestaba Erik, minimizando la hazaña de su compañero. “Hace un tiempo, tuve que defender a nuestra aldea del ataque de unos piratas. Como era de noche y todos en la aldea estaban durmiendo, me encargué de ellos yo solo. Eran muchos y muy aguerridos, pero los obligué a huir como cobardes. ¿Saben de qué está hecho el mango de mi hacha? ¡De la pata de palo del capitán pirata! ¡Con tanta rapidez tuvo que huir, que se la olvidó por el camino!”.

Y así siguieron los bravos vikingos contando sus historias hasta bien entrada la noche. De pronto, uno de ellos observó algo extraño en el horizonte. Una tenue columna de humo se elevaba desde el mar, y se hacía visible gracias a la intensa luz de la luna.

“¡Miren! ¿Qué es eso?”, exclamó Ulf, señalando hacia la extraña columna de humo. Inmediatamente, Egil –el más joven del grupo y el que tenía la vista más aguda– trepó al árbol en cuya copa habían improvisado un puesto de vigía. “¡Piratas!”, gritó, “¡es un barco pirata, y viene hacia acá!”.

“¿Qué tan lejos está?”, preguntó Olaf. “Bastante lejos”, respondió el joven vigía. “Estimo que llegarán después del amanecer”.

Los vikingos, exaltados por las aventuras que habían estado contando, no esperaron para prepararse para la batalla. Se colocaron sus cascos, tomaron sus armas y se quedaron mirando hacia la columna de humo en el horizonte, mostrando sus caras más fieras.

Entonces, Egil comentó tímidamente, mientras bajaba del árbol: “¿No les parece que sería mejor que durmiéramos un poco? Si tenemos que esperar hasta el amanecer y nos quedamos despiertos, a la llegada de los piratas estaremos cansados y con pocas energías para pelear”.

“¿¡Dormir¡?”, gritó Olaf con voz de trueno. “¿Cómo vamos a dormir cuando se aproxima una batalla?”.

“La idea del muchacho me parece de lo más prudente”, opinó Harek, quien hasta entonces había permanecido sentado contemplando la hogera, ajeno a los enfervorizados relatos de sus compañeros. “Ustedes duerman. Yo montaré guardia y me encargaré de despertarlos cuando el barco enemigo se aproxime a la playa”.

Siendo que Harek era el más anciano y sabio del grupo, los demás vikingos debieron aceptar su consejo. Protestando un poco, dejaron a un lado sus pertrechos y se acostaron a dormir, mientras Harek mantenía encendida la hoguera para que sus compañeros no tuvieran frío.

Al despuntar el alba, y con el aroma de un suculento desayuno, el anciano despertó a los guerreros, quienes no tardaron en levantarse y saciar su hambre. Con sus energías totalmente repuestas, los bravos se volvieron a preparar para la batalla y se acercaron a la orilla del mar, esta vez enfrentando directamente a los piratas que ya se aproximaban en varios botes.

“¡No temáis!”, se escuchó decir al capitán pirata. “¡Somos muchos más que ellos, los venceremos con facilidad!”. Sin embargo, al ver más de cerca al grupo de vikingos, reconoció con horror en el hacha de Erik a la pata de palo que había perdido algún tiempo atrás. Entonces reconsideró sus planes. “¡Retirada!”, gritó a voz en cuello. “¡Volvamos al barco!”.

Los remeros maniobraron con desesperación para poner proa hacia el barco, y apenas lograron escapar; aunque no lo suficientemente rápido como para evitar que Erik arrebatara al capitán pirata su nueva pata de palo, la cual usó como mango para una segunda hacha.

17 mar. 2012

San Patricio y los duendes


Cuenta la tradición irlandesa que San Patricio, tras haber fundado su primera iglesia, invitó a los paganos celtas a convertirse al cristianismo. Tras llevar a cabo varios milagros, la fe cristiana comenzó a ganar adeptos en Irlanda. Los druidas, siendo sacerdotes de los dioses paganos, vieron esto con alarma. Invocaron una tropa de duendes y la enviaron a la iglesia con tal de hacer la vida imposible a San Patricio y a los desertores, ahora cristianos.

Los feligreses comenzaron a quejarse de que los duendes no los dejaban rezar y hacían un sinfín de desmanes en el templo, por lo que San Patricio decidió hacerles frente, sabiendo que era obra de los druidas.

Una vez dentro del templo, los enfrentó con las siguientes palabras: “En nombre de Dios Todopoderoso yo los expulso, espíritus impuros”, y fue así como San Patricio desterró a los duendes de la iglesia. Es por eso que en Irlanda la imagen de San Patricio es muy utilizada para exorcismos de duendes y protección contra éstos, ya que los duendes no soportan la imagen del hombre que los desterró de la casa de Dios.

Día de San Patricio - Wikipedia