31 oct. 2011

El león de la panza

axi siempre renegaba con la comida. Como todos los chicos, pero un poco más. Cuando no estaba muy caliente, estaba muy fría, o tenía gusto raro, o tenía cosas rojas, o simplemente no le gustaba la forma. La cuestión era que Maxi siempre encontraba alguna razón para no comer la comida. Y su mamá, para que no se quedara con hambre, terminaba haciéndole salchichas o fideos con manteca, que era lo único que comía sin protestar.

Pero una noche la mamá se cansó de andar dándole el gusto, y le dijo tranquilamente que no había otra cosa para comer que los churrascos con puré que el papá, la abuela y la hermana mayor de Maxi habían comido con mucho agrado.

–O te comés la comida, o te quedás con hambre –sentenció la mamá de Maxi.
–Bueno, me quedo con hambre –canchereó él.

Y tan porfiado se puso, que terminó yéndose a dormir con la panza vacía.

A mitad de la noche, un ruido horrible interrumpió el plácido sueño de Maxi. “¡¡¡¡Grrooaarrr!!!!”, se escuchó fuerte y claro en toda la habitación. Asustadísimo, Maxi abrió los ojos como dos huevos duros y encendió la luz, pero no vio nada raro. Y se quedó despierto por si volvía a sentirse ese terrible gruñido.

No tuvo que esperar mucho. “¡¡¡¡GGGRRROOOOOAAARRRRR!!!!”, se volvió a escuchar, esta vez más fuerte y más claro todavía. Maxi no perdió el tiempo, y salió corriendo de su habitación para ir a la de sus papás.

–¡Mami, mami! ¡Un león, hay un león en mi cuarto! –gritaba Maxi mientras se metía en la cama de sus papás.
–Lo habrás soñado, corazón –intentó calmarlo su mamá, abrazándolo y dándole permiso de quedarse un ratito hasta que se le pasara el miedo.

Maxi se quedó acurrucado entre su mamá que lo abrazaba y su papá que dormía. Fue calmándose de a poquito, hasta que otra vez se escuchó el rugido del león.

–¿Escuchaste mami? ¿Viste que no lo soñé? ¡Hay un león, y me siguió hasta acá!

La mamá se rió un poquito.

–Maxi, ese ruido no es un león. Es tu panza. Está gruñendo por que está enojada, por que no le diste de comer. Vení, vamos a la cocina que te caliento la comida así calmás a esa panza enojada.
Maxi se comió la comida (que no estaba tan mal, después de todo), y desde aquella noche, decidió comerse sin chistar los almuerzos y las cenas que le preparara su mamá, por que no quería volver a escuchar esos gruñidos que tanto lo habían asustado.

13 oct. 2011

Más cuentos de María Elena Walsh: El país de la geometría


abía una vez un amplio país blanco de papel. El Rey de este país era el Compás. ¿Por qué no?

El Compás. Aquí viene caminando con sus dos patitas flacas: una pincha y la otra no.

Jo jo jo jo jo, una pincha y la otra no.

El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, con dieciocho ventanitas. Cualquiera de nosotros estaría contento en un palacio así, pero el Rey Compás no. Estaba siempre triste y preocupado.

Porque para ser feliz y rey completo le faltaba encontrar a la famosa Flor Redonda.

Jo jo jo jo jo, sin la Flor Redonda no.

El Rey Compás tenía un poderoso ejército de Rombos, una guardia de vistosos Triángulos, un escuadrón policial de forzudos Trapecios, un sindicato de elegantes Líneas Rectas, pero... le faltaba lo principal: ser dueño de la famosa Flor Redonda.

El Rey había plantado dos Verticales Paralelas en el patio, que le servían de atalaya. Las Paralelas crecían, crecían, crecían... Muchas veces el Rey trepaba a ellas para otear el horizonte y ver si alguien le traía la Flor, pero no.

Había mandado cientos de expediciones en su búsqueda y nadie había podido encontrarla.

Un día el Capitán de los Rombos le preguntó:

–¿Y para que sirve esa flor, señor Rey?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor!

El Capitán Rombo, con miedo de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por el marco de la puerta.

Otro día el Comandante de los Triángulos le preguntó:

–Hemos recorrido todos los ángulos de la comarca sin encontrarla, señor Rey. Casi creemos que no existe. ¿Puedo preguntarle para qué sirve esa flor?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor!

El Comandante de los Triángulos, temeroso de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por una de las dieciocho ventanas del palacio.

Otra tarde la Secretaria del sindicato de Líneas Rectas se presentó ante el Rey y tuvo la imprudencia de decirle:

–¿No le gustaría conseguir otra cosa más útil, señor Rey? Porque al fin y al cabo, ¿para qué sirve una flor?
–¡Tonta, retonta! –tronó el Rey–. ¡Solamente las tontas retontas preguntan para qué sirve una flor!

La pobre señorita Línea, temerosa de que el Rey la pinchara, se escurrió por un agujerito del piso.

Poco después llegaron los Trapecios, maltrechos y melancólicos después de una larga expedición.

–¿Y? ¿Encontraron a la Flor Redonda? –les preguntó el Rey, impaciente.
–Ni rastros, Majestad.
–¿Y qué diablos encontraron?
–Cubitos de hielo, tres dados, una regla y una cajita.
–¡Harrrto! ¡Estoy harrrto de ángulos y rectas y puntos! ¡Sois todos unos cuadrados! (Este insulto ofendió mucho a los Trapecios) ¡Estoy harrrto y amarrrgado! ¡Quiero encontrar a la famosa Flor Redonda!

Y todos tuvieron que corear la canción que ya era el himno de la comarca:

Sin la flor redonda no. Jo jo jo jo jo.

Los súbditos del Rey, para distraerlo, decidieron organizar un partido de fútbol. Las tribunas estaban llenas de Puntos alborotados. Los Rombos desafiaban a los Triángulos.

En fin, ganaron los Triángulos por 1 a 0 (mérito singular si se tiene en cuenta que la pelota era un cubo). El Capitán de los Rombos fue a llorar su derrota en un rincón.

El Comandante de los Triángulos, cansado y victorioso, se acercó al Rey:

–¿Y? ¿Le gustó el partido, Majestad?
–¡Bah, bah!... –dijo el Rey, distraído, siempre con su idea fija–. No perdamos tiempo con partidos; mañana salimos todos de expedición.
–¿Mañana? Pero estamos muy cansados, señor Rey. El partido duró siete horas; usted no sabe cómo cansa jugar con una pelota en forma de cubo.
–Tonto, retonto, mañana partimos.

A la mañana tempranito el Rey pasó revista a sus tropas. Había decidido salir él mismo a la cabeza de la expedición. Rombos, Cuadrados, Triángulos, Trapecios y Líneas Rectas formaban fila, muertos de sueño y escoltados por unos cuantos Puntos enrolados como voluntarios.


Allá se van todos, en busca de la famosa, misteriosa y caprichosa Flor Redonda.

La expedición del Rey Compás atravesó páginas y cuadernos desolados, ríos de tinta china, espesas selvas de viruta de lápiz, cordilleras de gomas de borrar, buscando, siempre buscando a la dichosa flor.

Registraron todos los ángulos, todos los rincones, todos los vericuetos, bajo el viento, la lluvia, el granizo y la resolana.

–Me doy por vencido –dijo por fin el Rey–. Quizás ustedes tenían razón y la dichosa Flor Redonda no exista. Quizá no eran tan retontos como yo pensaba. Volvamos a casita.

Cuando volvieron, el Rey se encerró en su cuarto, espantosamente triste y amargado.

Al rato entró la señora Línea a llevarle la sopita de tiza y se preocupó mucho al verlo tan triste.

–Señor Rey –le dijo para consolarlo–, ¿no sabe usted que siempre es mejor cantar y bailar que amargarse?

Cuando la señorita Línea se hubo deslizado por debajo de la puerta, el Rey, que no era sordo a los consejos, dijo:

–Y bueno, probemos: la la la la... Y cantó y bailó un poquito.

Bailando, bailando, bailando, descubrió sorprendido que había dibujado una hermosa Flor Redonda sobre el piso de su cuarto. Y siguió bailando hasta dibujar flores y más flores redondas que pronto se convirtieron en un jardín.

Jo jo jo jo jo, y la Flor la dibujó.Enlace
Hacé clic aquí para escuchar el cuento con la voz de María Elena.