5 may. 2011

“Leer les agrandará, chicos, el deseo, y el horizonte de la vida” (Ernesto Sábato, 1911-2011)

05/05/2011

Si buscamos en Internet la biografía de Ernesto Sábato, encontraremos miles de páginas llenas de información acerca de dónde nació, qué estudió, dónde vivió, qué hizo, de qué trabajó, etc. Con esta información podremos hacer prolijos resúmenes de no más de una página que seguramente serán bien calificados por la profe de literatura. Pero si nos contagiamos un poco del espíritu inquieto de este científico/artista, quizás nos animemos a intentar algo diferente y trataremos de descubrir quién fue realmente Ernesto Sábato.

Quién diría que una persona que obtiene un doctorado en física y consigue una beca para investigar sobre radiaciones atómicas (nada menos que en el Laboratorio Curie de París), sería capaz de abandonar por completo las ciencias para dedicarse enteramente a la literatura y a la pintura. Y no fue en el ocaso de su vida cuando hizo este cambio tan drástico; tenía poco más de treinta años. Quién sabe, tal vez sintió que las verdades científicas poco ofrecían ya para descubrir, mientras que en el irracional mundo de las artes, la aventura del descubrimiento no terminaría jamás. “Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más”, dijo en una ocasión.

Mientras estuvo en París entró en contacto con varios artistas pertenecientes al movimiento surrealista, cuya influencia se notó en sus posteriores obras y desató su pelea interna entre los hechos científicos y sus inquietudes artísticas. “Durante ese tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y probetas, y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas. En el Dome y en el Deux Magots, alcoholizados con aquellos heraldos del caos y la desmesura, pasábamos horas elaborando cadáveres exquisitos”, dijo el escritor. Como no podía ser de otra manera, las inquietudes artísticas ganaron la batalla. “En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba”. Y después del Laboratorio Curie de París, estuvo en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), algo así como el paraíso para cualquier hombre de ciencia que quiera dedicarse a la investigación.

Cuando volvió a la Argentina, y como agradecimiento a quienes le habían otorgado la beca para investigar en París, aceptó un cargo de profesor en la Universidad de La Plata. En 1943 consideró saldada su deuda con el mundo científico y lo abandonó de forma definitiva. Se trasladó a la localidad cordobesa de Pantanillo, para vivir en un rancho sin agua ni luz, dedicándose por entero a la escritura.

Y aquí nos detenemos con los datos biográficos para profundizar en ese hito de la vida de este gran hombre (para completar el resumen para mostrarle a la profe, recomiendamos este sitio de homenaje a Ernesto Sábato, o si no este otro denominado Directorio Sábato). Obsérvese que Sábato estaba en la cima del mundo de las ciencias; allí donde todo aspirante a científico sueña con estar. Sin embargo, lo dejó todo y se fue a vivir a un rancho en una localidad recóndita, donde no tenía ni agua ni luz, sólo para dedicarse al arte. Y la tuvo que pelear, por que una de sus obras más destacadas, “El túnel”, fue rechazada por gran cantidad de editoriales de Buenos Aires antes de ser publicada.



Se requiere una mezcla muy especial de humildad y coraje para renunciar al prestigio de una exitosa carrera en las ciencias y abocarse por entero al arte, empezando bien desde abajo. Es la actitud del escalador que, habiendo conquistado la cima de una montaña, en vez de dormirse en los laureles se pone a pensar en qué otra montaña podrá escalar, qué otro desafío intentará vencer. Gracias, Ernesto, por tomar esa decisión crucial en tu vida, que hizo posible un invaluable legado a nuestra cultura. Además, para la Argentina, su aporte resultó vital para el establecimiento definitivo de la democracia (aunque no profundizamos en eso debido a que en este blog no hablamos de política; conformémonos con decir que él se autodenominaba un “anarquista en el mejor sentido de la palabra”).

A diferencia de otros grandes autores, que ocasionalmente han incursionado en el género de la literatura infantil, en la obra de Sábato difícilmente podrá encontrarse material dirigido al público de menor edad. Pero vale la pena rescatar un discurso que pronunció en mayo de 2004, durante la presentación del Plan Nacional de Lectura del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología del gobierno argentino. Este discurso (que puede leerse aquí) fue dirigido especialmente a los chicos, y de él extrajimos la frase que titula esta nota.