14 abr. 2011

Una solución inesperada

“Mira hacia la luz, y las sombras de la confusión caerán detrás de tí”.

ran más de las diez de la noche, y Luisito seguía sin poder resolver los problemas de matemáticas con los que debía prepararse para la prueba del día siguiente. Y lo peor era que, a cada minuto que pasaba, parecía que las cuentas se hacían más y más difíciles de entender. Estaba a punto de darse por vencido. Incluso consideró la posibilidad de fingir una enfermedad para que su mamá lo dejara faltar, y así evitar la temible prueba.

Sin saber qué más hacer, apoyó su cabeza sobre el escritorio, encima de la montaña de cuadernos, hojas sueltas y libros con los que intentaba estudiar. De pronto vio, a través de la ventana de su cuarto, la luz de la luna jugando a las escondidas en el vaivén de los frondosos pinos de la plaza de enfrente. Se sintió atraído por esa luz blanca intermitente y quiso verla mejor, para lo cual se acercó a la ventana y la abrió de par en par.

Lo que no tuvo en cuenta Luisito era que esos pinos se movían por causa de un fuerte viento, el cual entró por la ventana y barrió con todos los cuadernos, hojas y libros que había en su escritorio; papeles que terminaron irremediablemente desparramados por el suelo. Se apresuró a cerrar la ventana, pero ya era tarde; el desastre estaba hecho.

Luisito estuvo a punto de ponerse a llorar. “¡Sobre llovido, mojado!”, pensó, creyendo que el destino estaba empecinado en maltratarlo. Pero en lugar de caer en la tentación de tirarse en la cama a llorar sus penas, se resignó, se arrodilló en el suelo y comenzó a ordenar el desastre que había causado ese maligno viento.

Mientras juntaba el desparramo, por casualidad abrió el cuaderno de comunicaciones, justo en una hoja en la que se anunciaba que al día siguiente no habría clases, dado que el colegio debería permanecer cerrado por desinfección. No creyendo lo que veían sus ojos, le preguntó a su mamá si al día siguiente habría clases. “No Luisito, mañana hay desinfección en el colegio. ¿No te acordabas?”, contestó su madre.

Claro que no se acordaba. Tan angustiado había estado los últimos días por esa difícil prueba de matemáticas que hasta se había olvidado de ese día libre que la milagrosa desinfección del colegio le estaba regalando.

Miró otra vez por la ventana. Los pinos ya no se movían, y la luna –enorme y blanca– parecía sonreírle por encima de los árboles que ya no la ocultaban.

Luisito entendió el mensaje. Tenía un día libre por delante, pero no para jugar; era una oportunidad para prepararse mejor para la prueba. Al día siguiente, después de desayunar, con ayuda de su mamá, Luisito entendió por fin, en cuestión de un par de horas, cómo se resolvían esas condenadas divisiones y multiplicaciones. Y se sintió mucho más tranquilo para disfrutar el resto del día libre jugando con sus amigos.

. . .

Cuando era chico, en la pared de mi cuarto tenía un póster con la frase “Mira hacia la luz, y las sombras de la confusión caerán detrás de tí”. Cuando me sentía angustiado por los deberes del colegio (o por otras cosas con las que uno se angustia de chico), ese póster me recordaba que, a veces, las soluciones a los problemas aparecen cuando uno se relaja y mira hacia otro lado, y descubre que aquello que nos angustia, a veces no es tan grave.