12 feb. 2011

El arcoiris de San Valentín

ra una tarde lluviosa que pintaba a la ciudad de un color gris húmedo y monótono. Mientras intentaba dormitar durante el viaje en subte hacia la estación Retiro, sin querer comencé a cavilar sobre una fecha que se avecinaba: el día de San Valentín. Me pareció escuchar un diálogo/debate entre mis hemisferios cerebrales...

–Lo que llamamos “amor” no es más que una combinación de estímulos nerviosos y reacciones químicas –dijo el hemisferio izquierdo, siempre tan práctico y frío en sus observaciones– que instintivamente nos conduce a perpetuar la especie y mejorarla. Es lo mismo que tienen todas las especies animales, sólo que nosotros intentamos explicarlo y buscarle un significado más trascendental.

–No es tan así –replicó el derecho, más enfocado en la cuestión emocional–. Lo que los animales no hacen, y nosotros sí, es completar ese instinto con diversos sentimientos. Lo que llamamos “amor” es, en realidad, una suma de emociones, donde se mezclan el afecto, el cariño, la admiración, la compasión, etc. Incluso te diría que interviene también un poco el miedo.

El debate siguió todo el trayecto del subte, impidiéndome dormir. Pero al salir a la superficie en la puerta de la estación Retiro, el cielo exhibía un espectáculo que me dejó atónito: un gigantesco arcoiris se extendía de Norte a Sur, coronando la materia gris de la ciudad con un halo colorido y luminoso.

Ante semejante símbolo, mis dos hemisferios no tuvieron más remedio que callarse. Quizás el mismo San Valentín había pintado ese arcoiris en el cielo, para demostrar que hay una fuerza que surge del corazón y que está más allá de cualquier raciocinio.

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