29 dic. 2010

Feliz año viejo

Era un 31 de diciembre como cualquier otro. Pablito estaba cenando en la quinta de su tío, junto con un verdadero familión. Allí estaban los abuelos y abuelas, los primos y primas, los tíos y tías, y muchas otras personas que no sabía exactamente qué parentesco tenían con él. Los más chicos jugaban y correteaban, los más viejos se aposentaban en cómodos sillones, y el resto deambulaba por ahí, riendo, charlando, bebiendo y comiendo. A lo lejos se escuchaba, cada tanto, algún petardo, y de cuando en cuando alguna cañita voladora sobresaltaba a los distraídos.

Faltaba poco para las doce de la noche. Pablito jugaba y corría con el resto de los chicos, cuando vio una figura que no le resultó familiar. Era un viejo, pero no estaba apoltronado en un sillón como los otros. Estaba sentado allá lejos, solo, casi en el borde del enorme jardín, dando la espalda a la muchedumbre, contemplando quién sabe qué.

Pablito se apartó de los otros chicos para aproximarse al anciano. Fue caminando despacito, casi con miedo, hasta estar lo suficientemente cerca.

–¿Cómo te llamás? –le preguntó.

El viejo volteó y miró a Pablito con ojos cansados y una sonrisa tierna.

–Me llamo Dosmil Dieciséis. ¿Y vos?
–Pablo.
–Gusto en conocerte, Pablo –dijo el viejo.

Los dos se quedaron mirándose un rato. Pablo con miles de preguntas en la cara, y el viejo, con paciencia suficiente para responderlas a todas.

–¿Qué hacés acá? –disparó Pablo.
–Espero.
–¿Qué esperás?
–A que se hagan las doce.
–¿Para qué?
–Para irme.
–¿A dónde?
–No sé.

El chiquilín frenó la metralla de preguntas, pero sólo por un instante. Luego retomó con nuevos bríos.

–¿No te querés quedar para tirar cuetes?

El viejo rió con toda la energía que pudo (que no era mucha) y acarició a Pablito en la cabeza.

–Me gustaría, pero no puedo. Me tengo que ir para que pueda venir Dosmil Diecisiete.

El niño lo miró extrañado.

–¿Estás triste?
–¿Triste? No. ¿Por qué?
–Por que te vas, y no sabés a dónde.
–Ah, eso. No, al contrario. Me entusiasma no saber a dónde voy. Si supiera a dónde voy, mi viaje no tendría ninguna emoción. Además ya hice mi parte, dí mi vuelta alrededor del sol –el viejo miró al gentío que preparaba turrones y panes dulces, y arrimaba botellas de sidra y champagne a las mesas–. Me acuerdo cuando recién llegué… la gente me recibió con grandes festejos, fuegos artificiales, bailes, música … pero más que nada, muchas expectativas sobre lo que yo les podría llegar a traer. Ahora, algunos me agradecen por las cosas buenas que les pasaron y otros me culpan por las malas. ¡Como si yo tuviera algo que ver con unas y otras!

El anciano se llevó una mano a la frente, entrecerró los ojos y agitó la cabeza, resignado. Luego miró de vuelta al pequeño.

–¿Y a vos, Pablito? ¿Cómo te trató este año viejo que ya se va?

Como única respuesta, Pablito se encogió de hombros, causando en el viejo una franca risotada.

–Pero qué pregunta la mía… si para ustedes, los chicos, el tiempo no existe. Mientras puedan jugar y divertirse, nada les importa. Si al menos los grandes pudieran ser un poco más como ustedes…

El viejo vio que ya estaban descorchando las botellas y preparando los fuegos artificiales para el gran recibimiento a Dosmil Diecisiete. Con algo de dificultad se puso de pie, agachándose luego para mirar al niño a la cara.

–Ya me voy, Pablito. Gracias por acompañarme en este ratito. Seguro Dosmil Diecisiete te va a traer muchas sorpresas agradables.

Pablito miró cómo el viejo se alejaba caminando despacio, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

En cuanto no lo vio más, estalló el primer petardo. Dosmil Diecisiete había llegado.