16 dic. 2010

Detrás de los cuentos: Un cuento de navidad, de Charles Dickens

16/12/2010

odos conocemos –ya sea a través de libros, dibujos animados, películas u obras teatrales– la famosa historia de Ebenezer Scrooge, ese viejo avaro y codicioso al que varios fantasmas mostraron, en vísperas de navidad, el destino de miseria que le esperaba a él y a varios de sus seres cercanos si no hacía algunos cambios radicales en su vida.

Gracias a que la han reescrito y aggiornado en prácticamente todas las formas imaginables, la historia escrita por Charles Dickens sigue apareciendo casi inevitablemente ante nuestros ojos en algún momento de la época navideña. Y es bueno que así sea, por que de alguna forma nos recuerda que todos llevamos un viejo Scrooge adentro, y que hay que aprovechar esta época para que ese ser avaro y codicioso se transforme en una persona más interesada en conservar los bienes espirituales que los materiales. Quizás, con el correr del nuevo año, algo de esa bondad ganada se mantenga en nuestros corazones y, para las próximas navidades, nuestro Scrooge interior sea un poco menos avaro y codicioso.

Pero más allá del enaltecimiento de la bondad y los valores humanos que “Un cuento de navidad” nos pueda inspirar a cada uno, es interesante averiguar qué fue lo que motivó a Dickens a escribir esa historia que resiste como pocas el paso del tiempo.

Se dice que todos los escritores son autobiográficos, ya que –consciente o inconscientemente– reflejan en sus personajes experiencias o características que les son propias. En el caso de Dickens, las características autobiográficas de sus personajes estuvieron claramente marcadas. De pequeño, Dickens sufrió en carne propia los males propios de la era industrial que tuvo su epicentro en Inglaterra en el siglo XIX. Con apenas 12 años de edad, se vio forzado a trabajar extensas jornadas en una fábrica de botas, mientras su padre pagaba en prisión una condena por deudas. Tal experiencia le permitió convertirse en un crítico de los vicios sociales de su época, como la explotación de la clase trabajadora y el desamparo de los sectores más pobres.

Utilizando esa visión crítica, dio forma al personaje de Scrooge, volcando en él los mayores defectos de los burgueses empecinados en la acumulación de riquezas. Pero más allá de su estilo crítico, Dickens contaba con un optimismo y una fe religiosa que se reflejaban hasta en sus más desoladas novelas. Ese optimismo y esa fe hicieron que en el final de “Un cuento de navidad”, Scrooge se transformase completamente, dejando atrás su avaricia y codicia para reemplazarlas por una generosidad y una bondad sin límites.

Al leer la biografía de Dickens, uno se alegra de que, a pesar de las penurias y privaciones sufridas en su infancia, su talento le haya permitido convertirse en el novelista más popular de Inglaterra con apenas 27 años de edad.


Hace unos días vi la más reciente adaptación al cine de “Un cuento de navidad”: la película de Disney titulada (en español) “Los fantasmas de Scrooge”. Me alegró ver el empeño que puso su director, Robert Zemeckis, en reproducir lo más fielmente posible la historia original y tratar de mostrar a la novela tal como la debe haber imaginado Dickens. Incluso la decisión de hacerla con personajes animados (en 3D) en lugar de con actores de carne y hueso, pienso que responde a la intención del director de imitar en la película las ilustraciones de John Leech que acompañaron la primera edición de la obra, del año 1843.