16 oct. 2010

¡No queremos más Halloween!

ada año, cuando empezaba el mes de octubre, Laurita se ponía de mal humor. La tele se llenaba de películas de terror. Sus programas y dibujos animados favoritos pasaban capítulos especiales de noche de brujas, que eran siempre iguales. Y ni hablar de los anuncios publicitarios... juguetes, galletitas, figuritas, postres, todo se teñía de negro y anaranjado (los colores de Halloween). ¡Qué insoportable! Tampoco entendía por qué esa costumbre de los chicos de disfrazarse y salir por las casas vecinas pidiendo golosinas y amenazando con castigos en caso de no recibirlas.

Lo malo era que ella parecía ser la única a la que no le interesaba Halloween.

Un día, cansada de tanta halaraca por esa celebración que le era ajena, decidió averiguar mejor de qué se trataba. Investigando un poco en Internet, aprendió que el origen de Halloween no era nada divertido: tenía que ver con brujería de verdad y cosas que daban miedo en serio.

“Claro, a los chicos les gusta asustarse”, pensó Laurita, “pero siempre y cuando sepan que el susto es de broma y nada más. ¡Habría que darles un susto de verdad para que se les pasen las ganas de festejar Halloween!”.

Un día, durante una charla con su maestra de matemáticas de la escuela, Laurita comentó su desagrado por Halloween y su idea de darles a los chicos un susto, pero de verdad. Entonces, la maestra le preguntó:

–¿Cuáles son las cosas que más te asustan? No hablo de fantasmas, brujas ni monstruos. Hablo de cosas que te dan miedo en serio.

Laurita pensó un momento y le contestó:

–Las cosas que más me dan miedo son los exámenes difíciles, como los de matemáticas... ah, y también el dentista... ¡y las inyecciones!
–¿Y qué te parece si les damos a los chicos un susto de verdad, combinando esas tres cosas, así de paso aprenden una lección? –dijo la maestra con una sonrisa pícara, la cual enseguida contagió a Laurita.

Maestra y alumna trazaron un plan, el cual pusieron en práctica inmediatamente. Laurita comenzó a hacer correr el rumor de que a todo niño que se disfrazase en la noche de brujas o que saliera a pedir golosinas a los vecinos, le ocurrirían cosas horribles. Claro, al principio nadie le creyó, pero se aseguró de que a todos los chicos les llegara el rumor, enviando mensajes por correo electrónico y publicando en Internet supuestas historias de niños a los que, luego de haber festejado noche de brujas, les habían tomado exámenes dificilísimos, les habían salido caries en todos los dientes y los dentistas les habían debido aplicar múltiples inyecciones para poder curarlos.

Pasó Halloween y, como era previsible, los chicos ignoraron el rumor que había hecho correr Laurita. Se disfrazaron y salieron a pedir golosinas como si nada.

Pero el primer día de clases después de la noche de brujas, la maestra de matemáticas les tomó a los chicos un exámen sorpresa (que de todos modos pensaba tomar en algún momento) y explicó a la directora la necesidad de enviar una nota a todos los padres, sugiriendo que envíen a sus hijos al dentista, ya que, por el excesivo consumo de golosinas debido a Halloween, era recomendable que todos los chicos controlaran sus dentaduras. La directora, agradeciendo a la maestra por el consejo, no tardó en incluir la nota en todos los cuadernos de comunicaciones.

Así fue como casi todos los chicos, después de haber pasado por un dificilísimo exámen de matemáticas, se encontraron en sus casas con la noticia de que debían acudir al dentista.
Al menos dos partes del terrible augurio se cumplieron para todos los chicos. Y los que realmente tenían caries, sufrieron también la tan temida inyección.

La historia acerca de los terribles castigos que recibían los niños que festejaban Halloween se hizo popular y se transformó en leyenda, y hasta fue creciendo en años subsiguientes. Fue así como los chicos comenzaron a dudar seriamente si debían o no disfrazarse y salir a pedir golosinas durante las noches de brujas.