19 sept. 2010

Tomando en serio los juegos infantiles

19/09/2010

Jugar desde lo profundo del alma.

n soleado domingo por la tarde, mientras tomábamos un helado en una heladería de Ing. Maschwitz, nos pusimos a hojear una revista ecológica llamada Urbano & Orgánico, encontrando un artículo que llamó nuestra atención. El artículo se titulaba “El valioso juego infantil está amenazado”, y estaba extractado del libro de María Luisa Nüesch “Jugar desde lo profundo: la capacidad de los niños para sanarse a través del juego” (el título está en alemán, pero es muy complicado para transcribirlo en su lengua original).

En síntesis, lo que dice el artículo es que es necesario rescatar la esencia y la importancia de los juegos infantiles, y tomarlos en serio, ya que son la herramienta que los niños usan para crecer, para expresarse, para aprender, y para muchas cosas más. Pero veamos mejor lo que dice el artículo en su totalidad, ya que mi poder de síntesis puede no ser de lo mejor:

En la actualidad preponderan los juegos motrices. Un cumpleaños atractivo ya casi no puede prescindir de un castillo inflable, en el cual los niños saltan y retozan hasta quedar extenuados. Luego vuelven a sus casas totalmente “acelerados”, cuando deberían reposar serenamente en sí mismos. A la par del exceso de movimiento, se observa también una falta de vitalidad. Muchos niños son enfermizos, quejosos, desganados, nerviosos. ¿Dónde está el reservorio del cual pueden sacar ganas de vivir, tranquilidad, fuerza y salud? Ese reservorio, ese manantial, está en su interior. El “juego íntimo” es lo que lo hace fluir: jugar desde lo profundo del alma es lo que los niños necesitan imperiosamente para conservar su equilibrio interior.

Los niños son como los aborígenes, que ingenuamente solían cambiar sus bienes más preciados por cualquier baratija atractiva. El niño es engañado, y ésa es una de las catástrofes de nuestra civilización. Canjea su rica e inagotable fantasía y creatividad por un presunto juguete. Cuanto más perfecto sea el mismo, tanto más contraproducente es para el verdadero juego.

El juego desde lo profundo del alma ha sido desplazado cada vez más. Es imperioso que lo rescatemos. Los niños lo necesitan más que nunca, para sanarse jugando. Si no lo pueden hacer, aparece un cúmulo de alteraciones, desarmonías y enfermedades. Una de las terapias más fundamentales y a la vez la más amplia prevención es el juego íntimo y elemental.

¿Cómo crear un ambiente propicio para el juego?
El juego no puede ser inducido, sólo se pueden crear las condiciones propicias para que aparezca. Una de las condiciones es la atmósfera. Si la madre, el padre o la maestra crea un centro sereno, dedicándose a alguna tarea manual que le agrada realizar, eso anima a los niños a jugar en su cercanía. Los niños necesitan esa “campana protectora” que rodea a un adulto dedicado serenamente a un trabajo. Los niños desean imitar, y hoy en día ya no quedan muchos trabajos primigenios, comprensibles, dignos de imitar. En la actualidad, muchas madres realizan las tareas del hogar por la noche, por que creen que no pueden hacerlo en presencia de los niños. Con ello se pierde el último resto de actividades imitables y uno de los medios educativos más importantes para la madre durante los primeros años de vida de los chicos: transmitir actividades primigenias tales como rallar, revolver, amasar, estrujar, barrer, golpear, etc. Los niños pequeños son seres volitivos, quieren hacer cosas comprensibles, que tengan sentido. Nos quejamos de la falta de voluntad de los jóvenes, que no le encuentran sentido a nada. Aquí están las raíces de ese fenómeno.

Hay juegos que nos permiten adivinar algo de la misión del niño. Su manera muy personal de jugar dice mucho de su esencia. Cada niño es un enigma.

Condiciones importantes para acompañar este tipo de juego
  • La iniciativa parte del niño.
  • El niño guía el juego.
  • No se debe emitir ningún tipo de juicios morales.
  • Es necesario mantenerse totalmente al margen y a la vez estar totalmente presente.
  • Tener plena confianza en la fuerza curativa del juego.
  • Tener enorme respeto por la dignidad del niño
  • Reverenciar interiormente la sabia conducción del acontecer.
  • Jamás perder el humor.
El futuro exige un cuidado lo más rico y vivificado posible de los sentidos y la posibilidad de moverse de múltiples maneras, todo inmerso en un juego auténtico y envuelto en calor social abarcador. Preparar a los niños para la vida también podría significar tomar en serio su juego, cuidar de su risa, incorporar la aventura en nuestra organizada vida doméstica, darle tiempo y espacio a su fantasía y de ese modo hacerlos más resistentes a todas las durezas que trae la vida.

Los niños necesitan un espacio de libertad donde poder refugiarse cada tanto de la racionalidad de los adultos y de sus permanentes intenciones de educarlos. Muchos padres creen que deben jugar con sus hijos por que están obsesionados con estimularlos. Desde la más temprana edad se estimula a los niños y las madres comparan asiduamente los logros de sus pequeños. Esa actitud emana de una cosmovisión muy materialista, la cual es profundamente opuesta a la esencia del niño pequeño. Este trae algo celestial. Por ello un recién nacido cautiva a todos a su alrededor. Aún no es plenamente de este mundo. Si dejamos que el niño crezca con confianza en un entorno que promueve el juego, buscará muy dirigidamente aquello que necesita, eligiendo el momento preciso, aprendiendo a su manera muy personal. ¡Ni el más elaborado programa educativo podría diseñar juegos tan eficaces!

Me dirán que estoy proponiendo algo ajeno al mundo actual, que propongo volver a la naturaleza, volver al pasado, a la mujer dedicada a los quehaceres domésticos. Los niños siempre conducen hacia delante. En el mejor de los casos llevan a nuevos modelos, llenos de vida desbordante. En cualquier lado se puede crear un oasis infantil. Este puede ser un lugar creador de cultura, incluso para los adultos, un manantial de vida sumamente necesario en el mundo moderno. La avidez de más vitalidad es enorme. Esta no se encontrará en mayores y más numerosas distracciones, si no en lo pequeño y pequeñísimo. Al final, quizás en una gota de rocío, en la cual se reflejen todos los colores del arco iris.