7 jul. 2010

El cumpleaños del rey

Al bufón del reino le tocó la difícil tarea de elegir el regalo que le harían a su majestad el rey para su cumpleaños. Aunque la aceptó a desgano, tuvo una ocurrencia que lo hizo quedar bien parado ante toda la corte. 

Para lectoras y lectores de 8 años en adelante.

Otra vez se acercaba la fecha tan temida por todos en el palacio del Rey Juan Carlos. Faltaba menos de un mes para el cumpleaños de Su Majestad, y como ocurría todos los años, la corte estaba reunida en secreto para resolver ese dilema que tanto los preocupaba: ¿qué le regalarían al rey?

Era una cuestión particularmente complicada, puesto que Juan Carlos tenía todo aquello que deseaba (al fin y al cabo, era el rey). ¿Qué podía regalársele que no tuviera aún?

La reina Marta tomó la palabra.

–Primero que nada, tenemos que decidir quién se hará responsable este año de este tema tan acuciante.
–Yo no –se apuró a decir la princesa Teresa–. A mí me tocó ocuparme el año pasado. Además yo solita tengo que encargarme todos los años del regalo del día del padre, que también es bastante complicado.
–Y a mí me tocó el año anterior –dijo Osvaldo, el capitán de la guardia real–. Y no me fue nada fácil conseguir ese carruaje último modelo que Su Majestad tanto quería.
–Creo que ya todos hemos sido encargados del regalo real en alguna ocasión –argumentó Teodoro, el paje–. ¿O hay alguno entre nosotros que nunca lo ha hecho?
–¿Qué tal vos, bufón? –preguntó la reina, mirándolo fijo a Domingo, el bufón de la corte.
–¿Yo? –preguntó Domingo, con una cierta indignación–. Todos los años hago buenas sugerencias acerca de qué regalarle al rey, pero nunca son tenidas en cuenta.
–Tu sugerencia es la misma todos los años –objetó Teodoro–. Siempre sugieres regalarle un bote, y sabes bien cuánto temor le tiene al agua Su Majestad; temor que le impide subirse a cualquier cosa que flote. Por eso tu sugerencia es simplemente ignorada.
–Mide tus palabras, paje –se enojó Marta–. Tus declaraciones pueden considerarse traición a la corona. Su Majestad el Rey no tiene temor al agua; lo que ocurre es que nació desprovisto del don de la flotación. Además es bien sabido que Juan Carlos prefiere los terrenos elevados, lejanos a todo curso de agua, por razones estratégicas, es decir, para tener una vista panorámica de su reino. Pero no se hable más. Tú, bufón, serás este año el encargado del regalo. Tienes dos semanas. Y olvídate de regalarle un bote, barco, bajel o cualquier otro vehículo flotante, o serás desterrado para siempre del reino.

Dicho esto, la reina dio por terminada la reunión y ordenó que todos se retirasen de sus aposentos.

Domingo se quedó preocupadísimo. Menuda responsabilidad le habían asignado. ¿Cómo haría para ocuparse él solo de semejante asunto? El regalo del rey no debía tomarse a la ligera. En cada ocasión en que se le había regalado algo que no hubiese sido de su agrado, en los días posteriores al cumpleaños había estado notablemente deprimido, causando en consecuencia grandes desgracias para todo el reino.


Domingo pasó noches en vela buscando una idea para el regalo perfecto, pero no se le ocurrió nada. Finalmente optó por hacer lo que hacía cuando se sentía atribulado y no encontraba solución a sus problemas: caminar sin rumbo por las extensiones del reino, contemplando los paisajes y los animales que allí habitaban.

Se sentó junto a un lago, y miró. Observó cómo los caballos corrían a lo lejos, cómo las gaviotas volaban plácidamente, y cómo los patos nadaban sin esfuerzo, dejando surcos en la superficie del agua. También vio una corteza de alcornoque (el árbol de donde se obtiene el corcho) flotando sobre el agua y transportando a un grupito de hormigas. Estas últimas imágenes lo invitaron a una reflexión: el rey, el poderoso y magnánimo rey, depositario del poder de Dios sobre la tierra, era incapaz de vencer su miedo al agua (aunque la reina Marta lo negara). ¿Cómo era posible que unas humildes criaturas de la naturaleza pudieran hacer algo que el gran rey Juan Carlos no podía?

De pronto, una idea genial irrumpió en su mente. Ya sabía cuál sería el regalo perfecto para Su Majestad.

Enseguida se reunió con el sastre real y ambos pusieron manos a la obra. Trabajaron en secreto e incansablemente hasta que llegó el día del cumpleaños de Juan Carlos.

Domingo había preparado una gran fiesta junto al lago. Había un gran banquete, músicos, malabaristas, saltimbanquis, y cientos de invitados. Cuando llegó la hora de entregar el regalo, el bufón pidió al rey que se acercara al mirador que se elevaba sobre el lago, para que todos pudieran observar su alegría al recibir el obsequio. Y ordenó a dos lacayos que trajeran el gran paquete.

El rey se vio sorprendido al abrir el envoltorio. El regalo parecía ser un extraño, grande, abrigado y mullido chaleco sin mangas; un regalo poco oportuno para la época del año, teniendo en cuenta que faltaba poco para que la primavera dejara lugar al verano. A pesar de la benigna temperatura imperante, Domingo insistió para que el rey se probara la flamante prenda y que se la ajustara bien con todas sus cinchas, para asegurar que le calzaba correctamente. El rey no se sentía muy cómodo luciendo esa exótica vestimenta que se ceñía firmemente a su torso, pero de todos modos practicó un par de giros para que todos observaran cómo le quedaba, causando una ola de obsecuentes aplausos.

Mientras el rey daba sus vueltas y los aplausos resonaban, Domingo el bufón comenzó a realizar una serie de saltos y piruetas en torno a su majestad, que parecían destinadas a entretener a la muchedumbre, pero tenían un objetivo secreto. Tras realizar unas serie de gráciles movimientos, Domingo aterrizó sobre el rey, haciéndole perder el equilibrio y caer por encima de la baranda del mirador a las aguas del lago.

El pánico cundió entre todos los observadores. Hubo gritos, corridas y gente que se arrojó al agua para socorrer a su majestad. Pero Domingo se quedó impertérrito arriba del mirador, observando tranquilamente la escena y pidiendo que no cundiera el pánico.

–¡Relájese rey, no se hundirá! –le gritó Domingo a su majestad.


El rey, que braceaba y gritaba desesperado, de pronto se dio cuenta de que el bufón tenía razón. No se hundía. Ese chaleco relleno de corcho que había recibido como regalo tenía el poder mágico de otorgarle la capacidad de flotación que la naturaleza le había negado. Dejó de bracear y se relajó, haciendo caso a Domingo.

El asombro cundió entre todos los observadores al ver que el rey movía sus brazos en el agua y se desplazaba suavemente por el líquido elemento. Se escucharon nuevas olas de aplausos y ovaciones.

El rey quedó maravillado. No quiso salir del lago en todo el día, para poder recorrerlo de punta a punta, ya que definitivamente había perdido el miedo al agua. La reina, que al principio estuvo a punto de ordenar a sus guardias que llevaran al bufón a los calabozos, terminó felicitándolo por su osada e inteligente ocurrencia.

La verdadera historia de la invención del salvavidas es ligeramente diferente (en esta dirección puede leerse sobre ella). Pero, como moraleja, vaya esta recomendación: por locas que parezcan, no deben descartarse las ideas de ningún bufón, ya que pueden ser semilla de grandes inventos.

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