30 may. 2010

Los cuentos clásicos de Perrault y los hermanos Grimm

Cuentos clásicos de Perrault y los hermanos GrimmSi bien los autores mencionados en el título de esta nota pusieron su firma a los cuentos clásicos que hoy llegan a nosotros en suavizadas versiones cinematográficas, lo cierto es que las historias relatadas en dichos cuentos provienen de tradiciones populares europeas –principalmente de la época medieval– transmitidas oralmente de generación en generación. Algunas de las historias fueron versionadas de manera diferente tanto por Charles Perrault como por los hermanos Grimm; autores que se tomaron el trabajo de recopilar, redactar y publicar dichas historias en forma de cuentos infantiles, evitando de esa forma que desaparecieran como víctimas de la modernidad.

Al adaptar esas historias para el público infantil, tanto Perrault como los Grimm procuraron que los cuentos tuvieran finales más o menos felices y (en el caso de Perrault) siempre existiera una moraleja, explicada en un párrafo al final de cada cuento. Por ejemplo, en el caso de Caperucita Roja, la moraleja aconseja a los niños no hacer caso a los consejos de adultos extraños:

Vemos aquí que los niños y sobre todo las niñas bonitas, elegantes y graciosas proceden mal al escuchar a cualquiera, y que no es nada extraño que el lobo se coma a tantos. Digo el lobo, pero no todos los lobos son de la misma calaña. Los hay de modales dulces, que no hacen ruido ni parecen feroces o malvados y que, mansos, complacientes y suaves, siguen a las tiernas doncellas hasta las casas y las callejuelas. ¡Y ay de quien no sabe que estos melosos lobos son, entre todos los lobos, los más peligrosos!

A pesar de las consideraciones que estos autores tuvieron para con los niños, al leer las versiones originales de los cuentos clásicos uno encuentra atrocidades que causarían pesadillas al chico más valiente (a modo de ejemplo, léase la versión original de Barba Azul) o enseñanzas cuestionables en donde afloran conceptos censurables, como el machismo, la avaricia, la venganza, etc. Hay que tener en cuenta que, en las épocas en que se escribieron esos cuentos, aún no se hablaba siquiera de los derechos del niño; los chicos eran prácticamente considerados adultos pequeños, y no había razón para no enviarlos a trabajar o someterlos a las mismas penurias que sufría cualquier mayor de edad.

Pero más allá de los aspectos negativos de los cuentos clásicos infantiles, lo que se rescata de ellos (y que los ha hecho perdurar a través de los siglos) es la brevedad de sus textos, su picardía, su trazo costumbrista y las atmósferas románticas, melancólicas o tormentosas que los caracterizan. Vale la pena leerlos, y –aplicándoles la censura previa que nuestro juicio nos dicte– narrárselos a nuestros hijos sin esperar a que los vean en forma de película animada.

A continuación, los links a los textos originales de los más popularos cuentos clásicos de Charles Perrault y los Hermanos Grimm, publicados en Bibliotecas Virtuales y en Grimm Stories:

Charles Perrault:

Caperucita Roja
Cenicienta
Pulgarcito
El gato con botas
Barba Azul
Riquet, el del copete
Las hadas
Piel de asno

Los hermanos Grimm:

Blancanieves
Hansel y Gretel
Rumpelstiltskin
La bella durmiente
El sastrecillo valiente
Verdezuela (Rapunzel)

28 may. 2010

La competencia de los animales (fábula)

Una fábula que ilustra la importancia de saber un poco de todo para poder desenvolverse mejor en la vida.

Para niñas y niños desde edad escolar

El águila, el perro, el pato y la tortuga marina estaban sumidos en un acalorado debate acerca de cuál de ellos era el animal más apto para la vida silvestre.

–¡Yo les gano a todos!–dijo el águila con mucha seguridad– Puedo volar más alto que cualquiera, tengo una vista muy poderosa y mi vuelo es rápido y certero.
–Sí, pero si hay que correr, yo seguro que les gano –desafió el perro–. Además, con mi olfato y mi oído, puedo seguir cualquier rastro y encontrar cualquier camino.
–Está bien, pero si hay que nadar, ¿qué? –quiso saber la tortuga– Cuando hay que meterse en el agua, ninguno de ustedes es muy hábil que digamos. En cambio yo, ando por arriba o por abajo del agua sin ningún problema.

Los tres se quedaron mirando al pato, esperando a que expusiera las razones por las que se consideraba el más apto, tal como habían hecho ellos. Pero el pato, que era más viejo y más sabio que los otros tres animales, en vez de hablar sobre sus virtudes, les propuso demostrar con hechos quién era el más apto.

–Para resolver este debate, ¿qué tal si nos medimos en una competencia? –propuso el pato– Hagamos una carrera hasta la gran piedra blanca que está del otro lado de las sierras. El camino hasta la piedra atraviesa geografías muy diversas: escarpadas elevaciones, extensas llanuras, grandes lagunas, espesos bosques, y hasta profundas cuevas y sinuosos ríos subterráneos. Veamos quién llega primero, y el que lo haga, será indiscutiblemente el más apto.

Todos estuvieron de acuerdo, y se largó la carrera.

El águila voló majestuosa a grandes alturas, indiferente a la extensión de las llanuras, la espesura de los bosques, la altura de las sierras y el tamaño de las lagunas. Pero cuando el camino atravesaba cuevas o ríos subterráneos, el ágila perdía el rumbo, y debía hacer un sinfín de vuelos de ida y venida (perdiendo valioso tiempo en la tarea) para volver a encontrar el camino luego de que éste se ocultaba.

El perro corrió a gran velocidad por las extensas llanuras, y con su olfato supo elegir los mejores caminos para conducirse ágilmente a través de bosques y cuevas. Pero cuando tuvo que cruzar lagunas o atravesar cursos de agua, su estilo de nado lo demoró bastante. Y le costó un trabajo enorme atravesar las elevaciones serranas.

La tortuga mostró gran soltura y velocidad nadando en ríos y lagunas, pero en las demás geografías, la pobre apenas si pudo avanzar algo.

El pato, en cambio, supo nadar, caminar y volar según lo ameritaba cada situación, sin mostrar una destreza especial en ninguna de esas habilidades, pero haciéndolo en forma efectiva. Y los demás animales, al llegar a la meta, se encontraron con que el pato había arribado allí antes que ellos, por lo cual debieron reconocer que sus múltiples habilidades lo hacían, sin lugar a dudas, el animal más apto de los cuatro.


Moraleja (para charlar con los chicos)

Para estar mejor preparados para la vida adulta, es más conveniente dominar (aunque sea modestamente) gran cantidad de habilidades y tener conocimientos diversos, que dominar a la perfección una única habilidad o tener un conocimiento profundo sobre una única cosa.

Es por eso que en la escuela nos enseñan matemáticas, lengua, ciencias sociales, ciencias naturales, gimnasia, música y artes plásticas. Aunque nos guste una sola de esas materias, debemos prestarle atención a todas para que, cuando seamos grandes, podamos decir que somos los más aptos para la vida adulta.

22 may. 2010

Cuentos infantiles y videojuegos

22/05/2010

on motivo de cumplirse 30 años de la creación del glorioso videojuego Pac-Man, se nos ocurrió buscar artículos que trataran sobre la influencia de los videojuegos en los chicos. Y encontramos algo que nos pareció sumamente interesante para comentar en este blog: un extenso y profundo tratado sobre los cuentos infantiles y los videojuegos.
Dicho tratado, escrito por el psicólogo Roberto Balaguer Prestes, compara los cuentos infantiles con los videojuegos desde el punto de vista de la psicología, detallando sus similitudes y diferencias. Por ejemplo, menciona que tanto unos como otros ofrecen satisfacciones que la vida real no ofrece. “Los videojuegos, al igual que el libro, permiten al sujeto habitar un espacio diferente al de su vida cotidiana”, dice el autor. “Muchas veces el regreso de ese mundo es vivido penosamente, con frustración”. Muy cierto, pero no está mal saber que uno puede distanciarse de vez en cuando de la vida cotidiana, ya sea recurriendo a un cuento o a un videojuego.

En cuanto a las diferencias, menciona que el videojuego tiene un mayor poder magnético, ya que desviar la vista de la pantalla es más difícil que desviarla del libro. Y, por supuesto, la mayor diferencia es la interactividad del juego, contra el desarrollo estático de la trama del cuento. Dicho de otra forma: en el cuento, el final está escrito, pero en el videojuego, no. La interactividad del videojuego permite, además, que quien lo juega obtenga recompensas por hacerlo bien (puntos extra, bonos, pasar de nivel, etc.). En el cuento, la recompensa es la sastisfacción de haber disfrutado de una linda historia y, a lo sumo, de haber recibido alguna enseñanza.

El tratado de Balaguer Prestes continúa abundando en cuestiones psicológicas que hacen algo difícil la lectura para quienes somos ajenos a la materia. Pero vale la pena rescatar la conclusión: “La infancia actual ha sido señalada como una generación carente de adultos guía. Los cuentos infantiles surgían del adulto, desde sus manos, su lectura. Los cuentos reforzaban la seguridad y la estabilidad. En el caso de los videojuegos los pares son referencia ineludible para obtener trucos, atajos, información, conocimiento que permita al individuo seguir adelante por las pantallas. El trabajo en equipo, la exploración son pilares de la supervivencia en la sociedad actual, donde navegar ‘e precisso’ y el dominio de la tecnología, el poder dar ‘vuelta el juego’ resulta imprescindible”.

No seremos psicólogos pero somos padres. Sin implicar que los videojuegos sean malos o perjudiciales para los chicos (al fin y al cabo, uno también fue niño... mi videojuego favorito era el Asteroids), lo cierto es que no queremos que nuestros hijos carezcan de adultos guía. ¿Qué podemos hacer? Contarles cuentos. Y hacerlo tan bien que, cuando nuestros hijos estén embobados en la play o en la compu interactuando con seres imaginarios, baste con decirles: “vengan que les voy a contar un cuento” para que larguen todo y acudan a disfrutar de nuestra habilidad como narradores.

Claro está que no es fácil competir contra el videojuego. Pero un buen narrador puede hacerlo, dotando al cuento de algunos valores agregados, tales como interactividad (haciendo participar a los chicos de la narración) y recompensas, en la forma de sorpresas, risas y sobresaltos. Y, por qué no, tramas que no están escritas, sino que se van creando e improvisando en el momento.

Por último, el cuento infantil casi siempre culmina con un final feliz. En cambio, el videojuego termina casi siempre con un frustrante cartel de “Game Over”.

15 may. 2010

Vargas Llosa y Pérez-Reverte también escriben para niños

onchito y la luna”, del peruano Mario Vargas Llosa (ilustrado por Marta Chicote) y “El pequeño hoplita”, del español Arturo Pérez-Reverte (ilustrado por Fernando Vicente), son el puntapié inicial con que la editorial Alfaguara arranca una colección de libros infantiles escritos por autores más bien ajenos a ese género. Próximamente se sumarán a la colección, con sus propios textos infantiles, los escritores Javier Marías, Antonio Muñoz Molina y Eduardo Mendoza.

El propio Vargas Llosa dijo, en una entrevista con el periódico español El País previa a la presentación de “Fonchito…”, que el cuento infantil “es el género más difícil, porque no es escribir para niños, es escribir como lo haría un niño. Hay que entrar dentro de esa visión no enteramente racional”. Si un gigante como Vargas Llosa hace semejante declaración, ¿qué queda para un humilde cuenterete que publica los cuentos que le inventa a sus hijos para que se duerman por las noches…?

Por otro lado, Pérez-Reverte hace una declaración con la que podemos sentirnos un poco más identificados (en nuestra calidad de aspirantes a escritores de cuentos infantiles): “Hay un tipo de literatura infantil que habla a los niños como si fueran torpes o bobos. Y los niños tienen una lucidez y una lógica que ya quisiéramos los mayores. La idea de la colección era hacer cuentos para niños con la visión del mundo de un novelista adulto”.

Está bien que quieran alejarse de los clichés “bobos” de los cuentos infantiles, pero habrá que ver qué opinan los lectores más jóvenes sobre los cuentos de estos grandes novelistas a los que les cuesta ponerse en la óptica de un niño. Ellos mismos dicen que sus cuentos son “políticamente incorrectos” para los chicos; el de Vargas Llosa habla de un niño que quiere besar a una niña, mientras que en el de Pérez-Reverte se habla de muerte, de luchas y de guerras.

El español se justifica diciendo que “no todo debe ser blandito: el globito de colores y el monstruito simpático. Lo importante es que la vida real se le acerque a los niños de manera tamizada y calculada”. Y el peruano, por su parte, explica su intención de “salvar a la lectura para que no desaparezca. Hay una lectura utilitaria, para formarse, que no va a desaparecer, pero a la literaria podría pasarle. Se trata de enganchar a las nuevas generaciones”. En eso estamos cien por ciento de acuerdo.

Como dos niños con libro nuevo (artículo del periódico El Pais)

14 may. 2010

La amistad es para siempre

Esta es la historia de Fernando, Lionel y Germán, tres amigos que un día juraron que su amistad duraría para siempre.

Para amigas y amigos de 6 años o más

Hace como treinta años, Fernando, Lionel y Germán eran compañeros de clase. Todos los días, a la salida del colegio, pasaban rápidamente por sus casas para cambiarse e inmediatamente después se encontraban en la plaza del barrio para jugar.

Al llegar a la plaza, comenzaba el ritual de todas las tardes:
–¿A qué jugamos? –preguntaba Lionel, quien era el mayor de los tres, y por eso asumía el rol de líder del grupo.
–¡Al metegolentra! –sugería invariablemente Fernando, el dueño de la pelota y, por lejos, el más futbolero.
–No, mejor a las escondidas –proponía Germán, quien a veces optaba por la mancha o un simple partido de payana.
–Juguemos un rato a la pelota y después a las escondidas –decidía finalmente Lionel.

Así pasaban las tardes, alternando entre distintos juegos en la plaza, hasta que venía la mamá de Fernando a buscarlo para tomar la leche; señal de que cada uno debía ir a su casa.


Una tarde, los tres estaban medio cansados como para jugar, entonces simplemente se sentaron en un banco de la plaza y se pusieron a charlar.

–Saben –tomó la posta Lionel–, ayer le pregunté a mi papá si él, cuando era chico, tenía un grupo de amigos como nosotros.
–¿Y qué te dijo? –preguntó Fernando.
–Me dijo que sí, que tenía muchos amigos, pero con el tiempo, cuando fueron creciendo, se dejaron de ver, por “las cosas de la vida”.
–¿Qué son “las cosas de la vida”?
–¡Qué sé yo! Son cosas que le pasan a la gente.

Los tres se quedaron un rato callados, preocupados, pensando.

–¡A nosotros no nos va a pasar eso! –dijo Germán, cortando el silencio– Tenemos que jurar que vamos a ser amigos para siempre.
–¡Dale! –se entusiasmó Fernando.
–Sí, pero mejor que jurar, escribámoslo en un papel y firmémoslo –ordenó Lionel–. Eso es lo que hacen los grandes.

Entonces entre los tres redactaron un contrato de amistad perpetua, lo escribieron en tres hojas igualitas y las firmaron. Cada uno se guardó una copia, atesorándola como símbolo de esa amistad perdurable.

Pero a pesar del entusiasmo inicial, esa amistad no pudo contra “las cosas de la vida” y Fernando, Lionel y Germán dejaron de verse. Hoy ya son hombres grandes, con sus trabajos, sus casas y sus familias.

El otro día, Lionel estaba poniendo orden en su casa, revolviendo cosas viejas, y por casualidad (aunque las casualidades no existen) encontró, todo arrugado y amarillento, el papel que, treinta años atrás, había firmado junto con Fernando y Germán. Él no es de los que se emocionan fácilmente, pero no pudo evitar que unas lágrimas cayeran de sus ojos. Resolvió inmediatamente que debía retomar el contacto con sus dos amigos de la infancia.

No tuvo que hacer mucho esfuerzo para encontrarlos; gracias a Internet y a las tecnologías modernas, un par de días después ya habían logrado ponerse en contacto. Y resolvieron hacer una cita para encontrarse después del trabajo en la plaza del barrio; la misma a la que solían ir después del colegio, hace como treinta años.


Claro que la plaza ya no es la misma. Antes estaba rodeada de árboles frondosos, y el sol se veía prácticamente desde el alba hasta el atardecer. Ahora está rodeada de edificios, y el sol sólo la ilumina entre las once y las tres de la tarde, más o menos. Antes había hamacas, calesita, tobogán, arenero y un pequeño potrero con un arco de fútbol. Hoy los juegos para chicos han sido reemplazados por los monumentos de un par de próceres, y el potrero cedió su lugar a una serie de canteros con delicados arreglos florales.

Sin dar importancia a todos esos cambios, Fernando, Lionel y Germán acudieron a la cita.

–¿A qué jugamos? –preguntó Lionel, con su voz gruesa de hombre grande.
–¡Al metegolentra! –sugirió Fernando.
–No, mejor a la mancha –propuso Germán.
–Empecemos por jugar a la pelota y después a la mancha –decidó Lionel.

Al terminar el ritual, los tres amigos se quedaron ahí, de pie, mirándose, observando cómo las canas prolijamente peinadas se transformaban en pelos alborotados y de colores intensos; cómo las arrugas desaparecían, al igual que las barbas y los bigotes; cómo los pantalones largos se volvían cortos, las camisas se transformaban en remeras algo sucias y arrugadas, y el maletín de Fernando, en pelota de fútbol.

Los edificios desaparecieron, viéndose reemplazados por árboles frondosos. El sol iluminó la plaza en todo su esplendor, y volvieron las hamacas, el tobogán, el arenero, la calesita y el potrero. Los tres amigos jugaron a todo lo que quisieron, hasta quedar completamente agotados.

De pronto se escuchó sonar un celular.

–Es Marisa –dijo Fernando–. Creo que ya me voy a tener que ir.

Sentados en el banco de la plaza, justo frente a los canteros con los arreglos florales, los tres hombres se quedaron un rato en silencio, contemplando los edificios de alrededor de la plaza.

–¿Mañana a la misma hora? –preguntó Lionel.
–¡Dale! –contestaron a coro sus dos eternos amigos.

8 may. 2010

Pedrito, el prestigioso prestidigitador

La historia de un aprendiz de mago que, al descubrir que puede hacer magia de verdad, aprende que los poderes deben usarse en forma responsable.

Recomendado para chicas y chicos de 5 años o más.

Pedrito soñaba con ser mago. Si hasta se había inventado un nombre artístico: “El gran Chow-fan” (él no sabía que chow-fan, en chino, significa arroz saltado, o algo así). En cada fiesta, cumpleaños o reunión familiar, Pedrito se aparecía con su galera de cotillón, su capa negra, un mantel también negro con el texto “El Gran Chow-fan” bordado por su mamá en letras blancas y doradas, y su caja de trucos, con la intención de deleitar a familiares y amigos con su acto de magia. El problema era que los familiares y amigos ya conocían de memoria los trucos del Gran Chow-fan; los cuales eran, por cierto, bastante fáciles de adivinar. El repertorio de trucos incluía a la copa con la bolita que desaparece, la varita mágica que se hace de goma, las cartas mágicas, y un par más de esos trucos que vienen en todos los juegos de magia para chicos.

Un día, en el cumpleaños de uno de sus compañeros de colegio, en medio del show de magia de Pedrito, uno de los chicos gritó: “¿No te sabés algún truco nuevo? ¡Ese ya sabemos cómo lo hacés!”. ¡Para qué! El pobre Pedrito se puso mal. Realmente se entristeció.

Esa noche estaba tirado en su cama, mirando el cielo estrellado, cuando de pronto vio pasar una estrella fugaz. “¿Y si pido un deseo?”, pensó. Él no creía en esas cosas, pero se dijo: “Total, ¿qué podría perder?”. Entonces le pidió a la estrella su máximo deseo: convertirse en un mago de verdad.

Unos días después, en una reunión familiar, le pidieron a Pedrito que hiciera algún truco, como para animarlo un poco, ya que seguía algo tristón. Y Pedrito empezó a hacer el ya conocido truco de la copa y la bolita que desaparece. El asunto fue que, esta vez, la bolita desapareció de verdad. Y no hubo forma de encontrarla.


Pedrito se sintió muy emocionado y (para qué negarlo) un poquito asustado también. Decidió probar con su otro truco: la varita que se hace de goma. Y la varita se hizo de goma de verdad, doblándose entre sus dedos como una cáscara de banana. “¡Epa! ¡Esa no me la esperaba!”, dijo Pedrito, realmente emocionado. Se entusiasmó y empezó a hacer toda clase de trucos: hizo salir conejos y palomas de adentro de una galera, adivinó cuanta carta sacaban del mazo los voluntarios del público, y mucho más. Sus familiares estaban admirados de la destreza del Gran Chow-fan; hasta que hizo desaparecer a su propia hermana y no hubo forma de hacerla aparecer.

Al terminar el truco, todos aplaudieron, pero al ver que Camila (la hermanita de Pedrito) no aparecía, empezaron a preocuparse. Y ni hablar de la angustia que le agarró a Pedro... Empezó a buscar por todos lados, y ni rastro había de su hermanita. Estaba sudando la gota gorda, cuando se le ocurrió agarrar la galera y la varita mágica, e intentar un truco para que Camila apareciese dentro del sombrero.

El truco le salió bien a Pedrito y su hermana apareció, pero el aprendiz de mago entendió que la magia de verdad no era para andar jugando. Por eso fue que, las noches siguientes, esperó hasta ver una estrella fugaz, y le pidió que le quitara los poderes mágicos. Así fue: Pedrito perdió su magia, pero no las ganas de ser mago. Entonces estudió para ser un verdadero prestidigitador y aprendió (e inventó) nuevos y geniales trucos con los que asombró no sólo a su familia y sus amigos, sino a miles de espectadores.