16 mar. 2010

Historia de amor en un domingo de Pascua

Un breve cuento romántico que transcurre un domingo cualquiera de Pascua, en medio de la tradicional cacería de huevos de chocolate. 

Para niñas y niños de 6 años o más.

Los domingos de Pascua, Gonzalo sabía que al mediodía había que comer ese guiso de bacalao con garbanzos que siempre hacía su mamá. No le gustaba ni un poquito, pero lo comía igual, sabiendo que después del almuerzo se iniciaba la tradicional cacería de huevos de chocolate.

En una ocasión, cuando Gonzalo tenía más o menos once años (uno menos que su vecina, Catalina), ocurrió algo que quedó fuertemente grabado en su memoria. Obviamente, a esa edad, Gonzalo ya no creía en el conejo de Pascua, pero esa no era razón para perderse la búsqueda de huevos escondidos.

Ese domingo, en plena carrera con sus hermanas para encontrar la mayor cantidad posible de huevos, Gonzalo pudo ver un brillo metálico rojizo debajo de la ligustrina que separaba el jardín de su casa del de su vecina. Ese brillo seguramente provenía del envoltorio de un gran huevo. Gonzalo corrió hasta la ligustrina, se arrodilló junto a ella y deslizó su mano por debajo para buscar el preciado tesoro a puro tanteo, pues no podía mirar abajo del arbusto y a la vez extender el brazo por el mismo lugar.

De pronto, las yemas de sus dedos tantearon el frío papel metalizado. Extendió un poco más la mano para agarrar el huevo, y en ese preciso instante, otros dedos rozaron su mano.


Sobresaltado, Gonzalo instintivamente retiró su mano, pero enseguida arremetió de nuevo; ése huevo debía ser suyo, y no estaba dispuesto a dejarlo escapar. Tuvo que estirar el brazo un poco más, por que el huevo se estaba alejando. La misma mano que había rozado a la suya se lo estaba llevando. “De ninguna manera”, pensó, y aferró la mano y el huevo.

La mano se quedó inmóvil. Al tacto, pudo notar que era una mano pequeña, de piel suave y uñas pintadas. No cabía duda: era la mano de Catalina.

Gonzalo la soltó, aunque no del todo, y para su alegría, la mano de su vecinita no se retiró. En cambio, volteó su palma hacia arriba, permitiendo que las yemas de sus dedos acariciaran a los de Gonzalo por unos eternos instantes.


La voz autoritaria de la mamá de Catalina interrumpió ese momento celestial, ordenando a la niña que acudiera a la mesa para comer la rosca de Pascua. Ella tuvo que irse corriendo, sin poder llevar el huevo consigo. Al asomarme por debajo de la ligustrina, Gonzalo pudo ver sus pies alejándose. Al menos, el huevo quedó en su poder.

A la noche, después de comerse casi todos los huevos que había encontrado, a Gonzalo sólo le quedaba por abrir el de papel rojo metalizado que había arrebatado de las suaves manos de su vecinita. El origen de ese huevo era un misterio; nadie en su familia se había atribuido la colocación del mismo debajo de la ligustrina, y en la casa de Catalina no tenían por costumbre esconder los huevos de Pascua.


Tal misterio aumentaba su ansiedad por saber qué habría en su interior. Finalmente se decidió; retiró el envoltorio y lo abrió. Pero dentro del chocolate encontró una sorpresa algo decepcionante: ni confites ni juguetes, sólo dos anillos. “¿Para qué quiero dos anillos?”, pensó. Miró por la ventana, hacia la casa de Catalina, y la vio a ella asomada a su balcón, mirando hacia su casa.

Tal vez el conejo de Pascua sí existía, después de todo, y él mismo había dejado el huevo bajo la ligustrina para que Gonzalo y Catalina festejaran juntos las Pascuas y compartieran el regalo que había en su interior.

Para aprender sobre la historia y los detalles gastronómicos del huevo de Pascua:

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