9 feb. 2010

Matías y la máquina del tiempo (parte II)

Cuando en la ventanita apareció el uno-nueve-tres-cuatro, vio pasar por el cielo un globo gris gigantesco, con unas aletas en la cola que tenían dibujadas unas cruces negras inclinadas. Cuando apareció el uno-cinco-dos-cero, la playa quedó desierta, pero en el agua, muy lejos, Matías pudo ver cinco barcos con velas grandes, parecidos al que su tío tenía adentro de una botella.

De repente hizo aparece el número dos-uno-cinco-cero. La playa apareció llena de personas que no tenían ninguna ropa, pero que estaban todos embadurnados con un bronceador plateado. El sol estaba fuertísimo; tanto, que Matías no se animaba ni a asomar una mano fuera de la sombrilla. Por el cielo pasaban volando muchísimos autos voladores buenísimos.

Al final se aburrió de su cajita mágica, así que la dejó a un costado y se propuso seguir haciendo pozos en la arena, a ver si aparecía alguna otra cosa. Pero no encontró ni el baldecito ni la palita. ¿Adónde estarían? Miró alrededor, pero lo único que había era mucha gente desnuda y plateada. Se acordó de que los había dejado al sol, fuera de la sombrilla; entonces era seguro que habían desaparecido con todo lo demás que había en la playa.

Tenía que hacerlos volver. Capaz que si en la cajita ponía el mismo número que había al principio, su balde y su palita aparecerían justo donde los había dejado. Pero… ¿qué número era ese? No se lo acordaba.

Con un puchero en la cara, estuvo a punto de pedirle a su mamá que lo ayude. Pero en cuanto miró la tapa de la revista Gente, vio que tenía un número: dos-cero-uno-cero. ¡Ese era el número!

Agarró de vuelta la cajita y empezó a mover la perilla, hasta que por fin apareció el número que decía la revista. El remolino dejó todo como estaba al principio. Matías vio contentísimo que su balde y su palita estaban otra vez allí.

–Matu, ¿qué es eso que agarraste? ¡Tirá esa porquería, querés! –dijo la mamá saliendo de abajo de la revista, al ver la cajita oxidada que su hijo había encontrado.

–Sí, Ma –contestó Matu, y se puso a cavar un pozo bien hondo para esconder la cajita mágica. No quería que nadie se pusiera a jugar con ella, a ver si todavía le hacían desaparecer de nuevo su balde y su palita.