7 feb. 2010

Matías y la máquina del tiempo (parte I)

(ilustraciones: Nachito)


Matías y su mamá iban a la playa en San Clemente. La mamá llevaba la sombrilla, la silla plegable, el bolso, los toallones y la Revista Gente. Matías llevaba el balde y la palita.

Al llegar a la arena, buscaron un lugar despejado y allí armaron su pequeño campamento. La mamá de Matías puso la sombrilla, desplegó la silla y se sentó a leer. Matías fue a buscar agua con su baldecito, se sentó en la arena al lado de su mamá y empezó a hacer un pocito. Al rato, la mamá reclinó el respaldo de la silla y se echó para atrás, tapándose la cara con la revista.

–Matu, no te vayas lejos, ¿si?

–No, Ma.

Después de cavar un rato en la arena, la palita de Matías chocó con algo duro. Intrigado, comenzó a sacar la arena de alrededor de ese objeto que parecía ser una cajita vieja de metal medio oxidado. Finalmente la descubrió del todo y la pudo sacar de la arena. La cajita tenía una perilla y una ventanita con un número. Se parecía a la radio que usaba el abuelo para escuchar los partidos de fútbol los domingos a la tarde.

En la ventanita se veía el número dos-cero-uno-cero (Matías iba al jardín; conocía los números sueltos, pero no sabía lo que significaban cuando estaban juntos).

Miró la cajita por arriba y por abajo, por un costado y por el otro, tratando de descubrir qué era. Al final, se animó a mover la perilla.

En eso, un remolino tremendo envolvió a la sombrilla. Por suerte duró nada más que un segundo. Después de que pasó el remolino, la sombrilla (con Matías y su mamá adentro) estaba lo más bien. Pero todo lo de alrededor había cambiado.

La playa y el mar eran los mismos, pero la gente era toda distinta. Las mujeres, en vez de usar mallas, tenían unos vestidos raros, como los que Matías había visto en las fotos de su bisabuela. Y llevaban como unos paraguas para taparse del sol. Los hombres tenían unos bigototes grandes y usaban unos trajes apretados y graciosos, como los de los luchadores de la tele, pero a rayas. El número en la cajita decía uno-nueve-tres-seis.

–¡Qué bueno que está esto! –dijo Matías re-contento.

–¿Qué pasa Matu? No hagas lío, eh –dijo su Mamá desde abajo de la revista.

–No, Ma.

Matías siguió moviendo la perilla para un lado y para el otro, haciendo cambiar el número en la ventanita. Con cada giro de la perilla, volvía el remolino y cambiaba todo alrededor de la sombrilla.


¡No se pierdan la segunda parte!