18 feb. 2010

La curiosidad de Griselda

riselda sentía siempre tanta curiosidad por todo, que no podía controlarse. Cada vez que veía un grupito de sus compañeros de colegio cuchicheando, ella tenía que meterse a ver de qué hablaban. Cuando la seño les pedía que investigaran algo para el día siguiente, ella se aparecía con hojas y hojas de información que había sacado de enciclopedias y de Internet.
Quería saberlo todo. Siempre le hacía preguntas a la seño, y le pedía que les enseñara más cosas.
Tanta curiosidad molestaba un poco a sus compañeros, por lo que un día decidieron hacerle una broma pesada para que aflojara un poco. Agarraron una caja de zapatos, la llenaron de tizas pulverizadas, la taparon, le pusieron un cartel en la tapa que decía “SECRETO. NO TOCAR” y la dejaron arriba de un armario con la tapa para el costado. La curiosidad de Griselda no podría resistirse a ese misterio.
La trampa estaba lista, pero Griselda no mordía el anzuelo. Es que estaba muy preocupada, por que ese día debía entregar a la seño su maqueta sobre el cruce de los Andes, y a sus montañas les faltaba algo importante: la nieve en la punta. Había probado con algodón y con témpera blanca, pero ninguna de las dos cosas parecía nieve.
Para acelerar la travesura, Camila, su compañera de banco, la codeó y le dijo:
–Grisel, ¿qué es esa caja que está arriba del armario?
Griselda miró hacia donde le indicaba Camila y vio la caja con el cartel. Instantáneamente se olvidó de todo lo demás. Esa indicación de “SECRETO. NO TOCAR” era muy fuerte para ella. Preguntó a todos los nenes y las nenas de la clase a ver si sabían qué tenía la caja, y todos le respondían lo mismo: “no sé, pero estaría bueno averiguarlo, ¿no?”.
Cuando sonó el timbre del recreo, Griselda esperó a que todos los chicos salieran al patio y se quedara sola en el aula. Entonces, arrimó una silla al ropero, se trepó a ella, se estiró todo lo que pudo, y con la punta de los dedos, abrió la caja.
Una avalancha de tiza pulverizada cayó sobre ella. Inmediatamente, todos los chicos entraron a la sala matándose de risa.
Pero Griselda era muy orgullosa (además de inteligente). En lugar de enojarse, llorar, o salir corriendo, se bajó de la silla muy tranquila, sin siquiera sacudirse la tiza, se acercó hasta su pupitre y echó sobre la maqueta todo el polvo de tiza que tenía en su cabeza y en sus hombros. Miró a sus compañeritos y, con una gran sonrisa, les dijo:
–¡Gracias chicos! Era justo lo que me estaba faltando para terminar mi maqueta.
Cuando la seño vio esa Cordillera de los Andes con sus majestuosos picos nevados, y ese ejército de San Martín cruzándola heroicamente, puso a Griselda un Muy Bien Diez Felicitado. Hasta la directora la felicitó al ver la maqueta.
La broma les salió al revés a los chicos, pero al menos Griselda entendió que tanta curiosidad podía molestar a los demás y, desde ese día, tuvo que aprender a controlar un poco esas ganas de saberlo todo.